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La Fundación Federico Engels acaba de publicar un nuevo número de su revista Marxismo Hoy, dedicada a Rosa Luxemburgo y la revolución alemana. Este trabajo forma parte de otro más amplio, que se editará en formato de libro en el mes de mayo con el título Bajo la bandera de la rebelión. Para conocer más en detalle el contenido y los motivos de  esta obra hemos entrevistado a su autor, Juan Ignacio Ramos, Presidente de la Fundación Federico Engels y dirigente de la Corriente Marxista El Militante.

El Militante.-. ¿Qué interés tiene editar ahora un nuevo estudio sobre la obra de Rosa Luxemburgo y la revolución alemana?

Juan Ignacio Ramos.- Este año se cumple el 95 aniversario del asesinato de Rosa Luxemburgo, de Karl Liebknecht y Leo Jogiches, los fundadores de la Liga Espartaquista y del Partido Comunista de Alemania. Su muerte, a manos de las bandas de los Freikorps, dirigidas por el socialdemócrata Gustav Noske, marcó la derrota del levantamiento obrero de Berlín en enero de 1919, y la liquidación posterior de los Consejos de Obreros y Soldados que se habían creado después de la insurrección de los marineros de Kiel y de la proclamación de la República alemana, el 9 de noviembre de 1918.

Para el conjunto de los activistas de izquierda de lengua castellana, la revolución socialista alemana y la obra de Rosa Luxemburgo no son tan conocidas como la revolución rusa y la aportación política de Lenin y Trostky. Hay una escasez de materiales al respecto, y muchos de los libros señeros sobre esta cuestión se agotaron y permanecen descatalogados. En cuanto a la obra de Rosa Luxemburgo ocurre lo mismo, tarea que está enmendando la Fundación Federico Engels con la publicación de sus trabajos más destacados. La aparición de un material de fondo sobre esta gran experiencia, y sobre el pensamiento y la acción militante de la gran revolucionaria polaco-alemana creemos que es una aportación de interés para la izquierda revolucionaria.

EM.- ¿Cuáles son características más relevantes de la revolución alemana?

JI.- Las fuerzas motrices de la revolución alemana comparten con la rusa un patrón común: la devastación de la guerra imperialista, los miles de muertos y mutilados, la escasez y las privaciones de la retaguardia, las derrotas en el frente y la insolencia de una burguesía y una casta militar ávidas de conquistas imperiales a la que no les importaba lo más mínimo el sufrimiento de su pueblo. En el caso de Alemania, este panorama se vio agravado por la traición de la socialdemocracia, pasada abiertamente al campo del “socialpatriotismo” y la colaboración gubernamental. Paralizada temporalmente por la propaganda chovinista, la clase obrera alemana aprendió mucho en la escuela de la guerra imperialista.

 La irrupción de los marineros de Kiel, a principios de noviembre de 1918, fue la señal para propagar un movimiento revolucionario incendiario. Los obreros y los soldados insurrectos conquistaron ciudad tras ciudad, abrieron cárceles, liberaron a los prisioneros políticos, izaron la bandera roja en calles, fábricas y cuarteles y formaron los Consejos de Obreros y Soldados. En sólo unos días, el Imperio y su Kaiser fueron barridos de la escena. La fuerza de la clase trabajadora demostró ser mucho más potente para derrocar al Imperio alemán que los obuses enemigos.

En una secuencia similar a las jornadas de febrero de 1917 en Rusia, en aquel mes de noviembre de 1918 la clase obrera alemana comenzó a disputar a la burguesía el derecho a dirigir la sociedad. Los obreros alemanes hicieron todo lo posible, y mucho más, por cambiar el curso de la historia. Esa es la idea que también queremos subrayar en este trabajo.

EM.- ¿Porque fracaso la experiencia consejista en Alemania?

JIR.- Es verdad que el poder encarnado por los Consejos de Obreros y Soldados alemanes no logró imponerse, a diferencia de lo que ocurrió en la Rusia revolucionaria. Los factores que determinaron este desenlace son diversos, pero uno destaca con fuerza; la revolución alemana fue traicionada y asesinada por los dirigentes del principal partido obrero, el SPD.

Ebert, Scheidemann, Noske, los jefes del SPD que habían sostenido los créditos de guerra y la política del imperialismo alemán desde el 4 de agosto de 1914, sellaron una coalición con el Alto Mando del Ejército, con los mismos que enviaron a la masacre a cientos de miles de soldados. Los socialpatriotas, como confesaron más tarde, detestaban la revolución como al pecado. Por eso no vacilaron en coaligarse con los criminales que se convertirían en la espina dorsal de las SA y las SS; al fin y al cabo, les movía el común objetivo de defender el orden capitalista de la amenaza revolucionaria.

La burguesía alemana había asimilado seriamente las lecciones de la revolución rusa y los éxitos de Lenin, Trotsky y los bolcheviques. No se dejaron intimidar por los acontecimientos y se concentraron en asegurar la derrota revolucionaria. Para lograrlo utilizaron dos caminos complementarios; por un lado, pusieron todos los medios para sabotear la revolución desde dentro, valiéndose del SPD y de la autoridad que todavía conservaba entre vastos sectores de las masas. El objetivo era claro: controlar los Consejos de Obreros y Soldados y someterlos en el tiempo más breve posible a la legalidad burguesa. Por otro, se pusieron manos a la obra para crear una fuerza armada de absoluta confianza que pudiese ser lanzada contra los obreros revolucionarios, sus organizaciones y sus dirigentes. La contrarrevolución no dejo de preparar sus grupos de choque desde el mismo día en que la República alemana fue proclamada el 9 de noviembre de 1918.

Las fuerzas de la contrarrevolución —la dirección del SPD y los militares monárquicos—, apoyados y financiados generosamente por los grandes capitalistas, se enfrentaron a una resistencia feroz por parte de los obreros de Berlín y de sus organizaciones combatientes. De entre ellas destaca, por derecho propio, la Liga Espartaquista (la tendencia marxista revolucionaria alemana) dirigida por Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y Leo Jogiches, que finalizando el mes de diciembre de 1918 se transformaría en el Partido Comunista de Alemania (KPD).

Enfrentados a un enemigo con medios muy considerables, la Liga Espartaquista trató de emular el ejemplo de los bolcheviques. Pero la heroicidad, el valor y el sacrificio en vidas humanas de los obreros comunistas de Berlín no fueron suficientes. En el transcurso de aquellos acontecimientos no lograron crear un partido marxista de masas, y la contrarrevolución aplastó la insurrección de enero de 1919 asesinando vilmente a sus dos dirigentes más carismáticos. Inmediatamente, los dirigentes socialpatriotas y los militares monárquicos comenzaron una cruel guerra civil para liquidar el poder de los consejos en todo el territorio, asesinando a miles de comunistas. Sobre estas bases, y no sobre una supuesta legalidad democrática, se levantó la república de Weimar, que al cabo de 14 años entregaría el poder a Hitler.

EM.- En tu trabajo se trata ampliamente la aportación de Rosa Luxemburgo al marxismo ¿Qué relevancia tiene hoy el pensamiento de Rosa para los que luchamos por el socialismo?

JIR.- Nuestro afán ha sido intentar establecer un hilo conductor entre el pensamiento de Rosa Luxemburgo y la revolución. Sus aportaciones han trascendido en el tiempo, y sus obras se han convertido en clásicos del marxismo. Basta recordar Reforma o revolución o Huelga de masas, partido y sindicato, textos realmente sobresalientes de la literatura socialista. Pero Rosa no sólo fue una teórica de la clase obrera que denunció con energía el reformismo y libró una batalla contra la degeneración de la socialdemocracia alemana y la Segunda Internacional; sobre todo era una revolucionaria entregada a la tarea práctica de la emancipación de los trabajadores.

En el trabajo también denunciamos los reiterados intentos de manipular las ideas de Rosa Luxemburgo por parte de la socialdemocracia y de los estalinistas. Los primeros, queriendo presentar a una Rosa Luxemburgo defensora de una visión “democrática” del socialismo frente al supuesto autoritarismo leninista. Un intento patético para cubrir la claudicación de la socialdemocracia ante la democracia burguesa con el legado de la revolucionaria polaca. Desde el campo estalinista, los esfuerzos por desacreditar a Rosa Luxemburgo también han sido tenaces, exagerando las polémicas que mantuvo con Lenin, descontextualizándolas, y acusándola de desviacionista y derechista.

En la revista, y más ampliamente en el libro, tratamos a fondo con esta manipulaciones aclarando que, a pesar de las controversias teóricas que mantuvieron, existe una auténtica convergencia en los aspectos de principio entre el pensamiento de Lenin y el de Rosa Luxemburgo. Ambos coincidieron en la doctrina y la estrategia revolucionaria, y Rosa Luxemburgo evolucionó de una manera muy clara hacia el bolchevismo en sus últimos escritos, a partir de su propia experiencia en la revolución alemana.

Queremos advertir que constreñir la riqueza de las ideas de Rosa Luxemburgo en una síntesis, por extensa y amplia que esta sea, es una tarea harto difícil y no es esa nuestra intención. Nos conformamos con que esta nueva edición de Marxismo Hoy anime al estudio de su obra, sin prejuicios y sin ideas preconcebidas. Porque Rosa Luxemburgo jamás se avino a la rutina de despacho, a la disciplina burocrática, a la mutilación de la crítica.

Una cosa está clara. Si la revolución socialista hubiese triunfado en Alemania, el destino de la humanidad podría haber sido muy diferente. La construcción del socialismo no habría tenido que vérselas sólo en un país atrasado sino en una de las principales potencias industriales del continente y con el proletariado más fuerte y mejor organizado del mundo. Conocer esta experiencia revolucionaria, aprender de sus lecciones, es una obligación para todos los que estamos empeñados en acabar con el capitalismo.

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