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La Revolución de 1905 no fue sólo el ensayo general de 1917 sino también el laboratorio del cual salieron todos los agrupamientos fundamentales del pensamiento político ruso, donde se conformaron o delinearon todas las tendencias y matices del marxismo ruso. El centro de las polémicas y diferencias lo ocupaba naturalmente la cuestión del carácter histórico de la revolución rusa y los caminos que tomaría su desarrollo en el futuro. En sí y de por sí esta guerra de concepciones y pronósticos no se relaciona directamente con la biografía de Stalin, quien no tuvo en ella ninguna participación independiente. Los pocos artículos de propaganda que escribió sobre este tema carecen en absoluto de interés teórico. Docenas de bolcheviques que manejaban la pluma popularizaron las mismas ideas y lo hicieron muchísimo mejor. Toda exposición de conceptos revolucionarios del bolchevismo, tiene por naturaleza un sitio adecuado en una biografía de Lenin.
Pero las teorías tienen su propio destino. Aunque durante el período de la primera revolución, y también más tarde, cuando se elaboraron y aplicaron las doctrinas revolucionarias, Stalin no sostuvo ninguna posición independiente, desde 1924 en adelante la situación cambia abruptamente. Se abre la etapa de la reacción burocrática y de la revisión drástica del pasado. La película de la revolución se proyecta al revés. Se someten las viejas doctrinas a nuevos enfoques y nuevas interpretaciones. De manera a primera vista bastante inesperada se traslada el centro de la atención a la concepción de “la revolución permanente”, a la que se presenta como fuente de todos los desatinos del “trotskismo”. Durante varios años la crítica de esta concepción conforma el contenido principal del trabajo teórico —sit venio verbo [si es que se puede usar tal palabra]— de Stalin y sus colaboradores. Se puede decir que todo el estalinismo, considerándolo en el plano teórico, se desarrolló a partir de la crítica a la teoría de la revolución permanente tal como fue formulada en 1905. En esta medida, no puede dejar de aparecer en este libro, aunque sea en forma de apéndice, la exposición de esta teoría en sus diferencias con las de los bolcheviques y mencheviques.
Lo que caracteriza en primer lugar el desarrollo de Rusia es el atraso. El atraso histórico, sin embargo, no significa la mera reproducción del desarrollo de los países avanzados con una simple demora de uno o dos siglos. Engendra una formación social combinada totalmente nueva, en la que las conquistas más recientes de la técnica y la estructura capitalista se entrelazan con relaciones propias de la barbarie feudal y prefeudal, transformándolas, sometiéndolas y creando una relación peculiar entre las clases. Lo mismo se aplica al terreno de las ideas. Precisamente a causa de su retraso histórico, Rusia fue el único país europeo en el que el marxismo como doctrina, y la socialdemocracia como partido, alcanzaron antes de la revolución burguesa un poderoso desarrollo. Es entonces natural que precisamente en Rusia se haya sometido al más profundo análisis teórico el problema de la relación entre la lucha por la democracia y la lucha por el socialismo.
Los demócratas idealistas, especialmente los narodnikis2, se negaban supersticiosamente a reconocer que la revolución inminente sería burguesa. La rotulaban de democrática, tratando, con una fórmula política neutral, de ocultar a los demás y a sí mismos su contenido social. Pero, en lucha contra el narodnismo, Plejánov, el fundador del marxismo ruso, planteó ya a principios de la década del 80 del siglo pasado que no había razón alguna para suponer que Rusia seguiría un camino privilegiado. Igual que otras naciones “profanas”, tendría que atravesar el purgatorio del capitalismo; así precisamente lograría la libertad política indispensable para la lucha posterior del proletariado por el socialismo. Plejánov no sólo separaba como tareas la revolución burguesa de la socialista, a la que posponía para un futuro indefinido; suponía que en cada una de ellas se darían combinaciones de fuerzas totalmente diferentes. El proletariado conquistaría la libertad política en alianza con la burguesía liberal; después de varias décadas, y con un nivel superior de desarrollo capitalista, realizaría la revolución socialista en lucha directa contra la burguesía.
Lenin, por su parte, escribía a fines de 1904: “Al intelectual ruso siempre le parece que reconocer nuestra revolución como burguesa significa desteñirla, degradarla, rebajarla (...) Para el proletariado la lucha por la libertad política y la república democrática en la sociedad burguesa es simplemente una etapa necesaria en la lucha por la revolución socialista”.
“Los marxistas están absolutamente convencidos” —escribía en 1905— “del carácter burgués de la revolución rusa. ¿Qué significa esto? Significa que las transformaciones democráticas que se han vuelto indispensables en Rusia (...) no implican, por sí mismas, la liquidación del capitalismo, del gobierno burgués. Por el contrario, abonarán el terreno, por primera vez y de manera real, para un desarrollo del capitalismo amplio y rápido, europeo y no asiático. Permitirán por primera vez el gobierno de la burguesía como clase (...) No podemos saltar por encima del marco democrático burgués de la revolución rusa” —insistía— “pero podemos extender este marco en grado colosal”. Es decir, podemos crear dentro de la sociedad burguesa condiciones mucho más favorables para la lucha futura del proletariado. Dentro de estos límites Lenin seguía a Plejánov. El carácter burgués de la revolución fue el punto de partida de las dos fracciones de la socialdemocracia rusa.
Es bastante natural que en estas condiciones Koba [Stalin] no haya ido en su propaganda más allá de esas fórmulas populares que forman parte del patrimonio común de bolcheviques y mencheviques. “La Asamblea Constituyente —escribió en enero de 1905— electa en base al sufragio igualitario, directo y secreto: por esto tenemos que luchar ahora. Sólo esta asamblea nos dará la república democrática, que tan urgentemente necesitamos en nuestra lucha por el socialismo”. La república burguesa como escenario de una postergada lucha de clases por la meta socialista; ésa es la perspectiva.
En 1907, es decir, después de innumerables discusiones publicadas en la prensa de San Petersburgo y en la del extranjero, y después de un serio análisis de los pronósticos teóricos en base a las experiencias de la primera revolución, Stalin escribía:
“Parece que todos están de acuerdo en nuestro partido en que nuestra revolución es burguesa, que concluirá con la destrucción del orden feudal y no del orden capitalista, que culminará sólo con la república democrática”. Stalin no se refería a cómo comienza la revolución sino a cómo termina, y de antemano y bastante categóricamente la limitaba a “sólo la república democrática”. En vano buscaríamos en sus escritos siquiera un indicio de alguna perspectiva de revolución socialista ligada a un vuelco democrático. Esta seguía siendo su posición, todavía a comienzos de la Revolución de Febrero de 1917, hasta la llegada de Lenin a San Petersburgo.
Para Plejánov, Axelrod y en general todos los líderes del menchevismo, la caracterización sociológica de la revolución como burguesa era políticamente válida sobre todo porque prohibía de antemano provocar a la burguesía con el espectro del socialismo y “echarla” en brazos de la reacción. “Las relaciones sociales han madurado en Rusia solamente para la revolución burguesa”, decía el principal táctico del menchevismo, Axelrod, en el Congreso de Unidad [abril de 1906]. “Ante la liquidación generalizada de los derechos políticos en nuestro país ni hablar se puede siquiera de una batalla directa entre el proletariado y otras clases por el poder político [...] El proletariado lucha por lograr las condiciones que permitirán el desarrollo burgués. Las condiciones históricas objetivas determinan que sea el destino de nuestro proletariado colaborar inevitablemente con la burguesía en la lucha contra el enemigo común”. De esa manera, se limitaba de antemano el contenido de la revolución rusa a las transformaciones compatibles con los intereses y posiciones de la burguesía liberal.
Es precisamente en este punto que comienza el desacuerdo básico entre las dos fracciones. El bolchevismo se negaba absolutamente a reconocerle a la burguesía rusa la capacidad de llevar hasta el fin su propia revolución. Con una fuerza y una coherencia infinitamente superiores a las de Plejánov, Lenin planteó la cuestión agraria como el problema central del vuelco democrático en Rusia. “El eje de la revolución rusa” — repitió— “es la cuestión agraria (de la propiedad de la tierra). Las conclusiones respecto a la derrota o la victoria de la revolución tienen que basarse en el cálculo (...) de la situación en que se hallan las masas para luchar por la tierra”. Igual que Plejánov, Lenin consideraba al campesinado como una clase pequeñoburguesa; su programa agrario como un programa de progreso burgués. “La nacionalización es una medida burguesa” —insistía en el Congreso de Unidad–. “Dará impulsos al desarrollo del capitalismo; agudizará la lucha de clases, favorecerá la movilidad de la propiedad de la tierra, provocará la inversión de capitales en la agricultura, hará bajar los precios de los cereales”. Pese al indudable carácter burgués de la revolución agraria, la burguesía rusa seguía siendo hostil a la expropiación de los latifundios; precisamente por eso tendía al compromiso con la monarquía basado en una constitución de tipo prusiano. Lenin contraponía a la idea de Plejánov de una alianza entre el proletariado y la burguesía liberal, la de una alianza entre el proletariado y el campesinado. Proclamó como tarea de la colaboración revolucionaria de estas dos clases la implantación de una “dictadura democrática”, único medio de limpiar radicalmente a Rusia de toda la basura feudal, crear un sistema de campesinos libres y allanar el camino al desarrollo del capitalismo según el modelo norteamericano, no el prusiano.
“El triunfo de la revolución” —escribía— “puede culminar solamente en una dictadura, ya que la realización de las transformaciones que el proletariado y el campesinado necesitan inmediata y urgentemente provocará la resistencia desesperada de los terratenientes, la gran burguesía y el zarismo. Sin la dictadura será imposible quebrar esta resistencia y rechazar los ataques contrarrevolucionarios. Pero no será, por supuesto, una dictadura socialista sino una dictadura democrática. No podrá afectar (antes de una serie de etapas transicionales del proceso revolucionario) los fundamentos del capitalismo. Podrá, en el mejor de los casos, realizar una repartición radical de la propiedad agraria en favor del campesinado, introducir una democracia coherente y plena hasta instituir la república, hacer desaparecer todas las características asiáticas y feudales tanto de la vida cotidiana de la aldea como de la fábrica, comenzar a mejorar seriamente la situación de los trabajadores y a elevar su nivel de vida, y, lo que es muy importante, trasladar la conflagración revolucionaria a Europa”.

 

‘Dictadura democrática del proletariado y el campesinado’

 

La concepción de Lenin representaba un enorme paso adelante en la medida en que preconizaba, no reformas constitucionales, sino la reforma agraria como tarea principal de la revolución, e indicaba para su realización la única combinación realista de fuerzas sociales. Sin embargo, el punto flaco de la concepción de Lenin estaba en la contradicción interna que comportaba la idea de “dictadura democrática del proletariado y el campesinado”. El propio Lenin restringía los límites fundamentales de esta “dictadura” al calificarla abiertamente de “burguesa”. Quería decir con ello que el proletariado, en el curso de la futura revolución, se vería obligado, para salvaguardar su alianza con el campesinado, a renunciar a emprender directamente las tareas socialistas. Pero esto significaría para el proletariado renunciar a su propia dictadura. La situación implicaría, por consiguiente, la dictadura del campesinado, aunque se realizara con participación de los obreros.
Esto es precisamente lo que Lenin decía algunas veces. En la Conferencia de Estocolmo, por ejemplo, refutando los argumentos de Plejánov, que se había manifestado contra la “utopía” de la toma del poder, Lenin declaró: “¿Qué programa estamos discutiendo? El programa agrario. ¿Quién asumirá la toma del poder según este programa? El campesinado revolucionario”.
¿Acaso mezcla Lenin el poder del proletariado con este campesinado? No, responde, refiriéndose a sus propias consignas. Lenin diferencia completamente el poder socialista del proletariado del poder democrático burgués del campesinado. “¡Pero vamos a ver!”, exclama, “¿acaso es posible una revolución campesina sin la toma del poder por el campesinado revolucionario?”. En esta fórmula polémica, Lenin revela con particular claridad la vulnerabilidad de su posición.
El campesinado está disperso sobre la superficie de un país inmenso cuyos puntos de reunión son las ciudades. El campesinado es incapaz de formular por sí mismo sus propios intereses, ya que sus intereses tienen, en cada distrito, un aspecto distinto. El vínculo económico entre las provincias está dado por el mercado y por los ferrocarriles, pero uno y otros están en manos de las ciudades. Tratando de emanciparse de las limitaciones de la aldea y de generalizar sus propios intereses, el campesinado cae ineluctablemente bajo la dependencia de la ciudad. Por último, el campesinado también es heterogéneo en sus relaciones sociales: la capa de los kulaks intenta, lógicamente, arrastrarlo a una alianza con la burguesía de las ciudades, mientras que las capas de campesinos pobres se inclinan hacia los trabajadores urbanos. En estas condiciones, el campesinado como tal es completamente incapaz de conquistar el poder.
Cierto que en la China antigua hubo revoluciones que llevaron al poder al campesinado o, más exactamente, que otorgaron el poder a los jefes militares de las sublevaciones campesinas. Esto condujo cada vez a un nuevo reparto de la tierra y a la instauración de una nueva dinastía “campesina”; una vez se llegaba a este punto, la historia volvía a comenzar por el principio. La nueva concentración de la tierra, la nueva aristocracia, el nuevo sistema de usura provocaban una nueva sublevación. Mientras la revolución conserve su carácter puramente campesino, la sociedad es incapaz de escapar de este círculo vicioso.
Esta es la base de la historia antigua de Asia, incluyendo la historia rusa antigua. En Europa, desde el comienzo de la decadencia de la Edad Media, cada sublevación campesina victoriosa llevaba al poder, no a un gobierno campesino, sino a un partido urbano de izquierda. Una sublevación campesina resultaba victoriosa exactamente en la misma medida en que lograba reforzar la posición de la sección revolucionaria de la población urbana. En la Rusia burguesa del siglo XX no podría ni hablarse de la toma del poder por el campesinado revolucionario.

 

Lenin y la burguesía liberal

 

La actitud respecto a la burguesía liberal era, como se ha dicho más arriba, la piedra de toque en la diferenciación entre los revolucionarios y los oportunistas en las filas de la socialdemocracia. ¿Cuál sería el carácter del futuro gobierno provisional revolucionario? ¿Ante qué tareas se encontraría? ¿En qué orden? Estas cuestiones importantísimas no podían plantearse correctamente sino en base al carácter fundamental de la política del proletariado, y el carácter de esta política estaba a su vez determinado ante todo por la actitud respecto a la burguesía liberal.
Plejánov, de manera evidente y cobarde, cerraba obstinadamente los ojos ante la conclusión fundamental de la historia política del siglo XIX: cada vez que el proletariado avanza como fuerza independiente, la burguesía se refugia en el campo de la contrarrevolución; y cuanta más audacia despliegan las masas en su lucha, tanto más rápida es la degeneración reaccionaría del liberalismo. Nadie ha podido hasta ahora inventar un medio eficaz para detener los efectos de la ley de la lucha de clases.
“Debemos buscar el apoyo de los partidos no proletarios”, repetía Plejánov durante los años de la primera revolución, “y no repelerlos con acciones sin tacto”. Con monótonos sermones de esta especie, el filósofo del marxismo demostraba que la dinámica viva de la sociedad le resultaba inaccesible. Las “faltas de tacto” pueden repeler a un intelectual, susceptible como individuo. A las clases y los partidos los repelen los intereses sociales. “Puede decirse con seguridad”, respondía Lenin a Plejánov, “que los liberales y los terratenientes perdonarán millones de ‘faltas de tacto’, pero no perdonarán un solo intento de quitarles la tierra”. Y no tan sólo los terratenientes. Las cumbres de la burguesía están unidas a los terratenientes por la unidad de intereses de propiedad, y, más estrechamente, por el sistema bancario. Las eminencias de la pequeña burguesía y de la intelligentsia dependen material y moralmente de los propietarios grandes y medianos. Temen el movimiento independiente de las masas.
Sin embargo, para derrocar al zarismo, era preciso llevar a varias decenas de millones de oprimidos a un asalto revolucionario heroico, abnegado, que no se detuviera ante nada. Las masas sólo pueden levantarse por la insurrección, bajo la bandera de sus propios intereses y, por consiguiente, con un espíritu de irreconciliable hostilidad hacia las clases explotadoras, empezando por los terratenientes. La “repulsión” de la burguesía opositora respecto a los obreros y los campesinos revolucionarios era pues una ley inmanente a la revolución misma, y no podía evitarse con recursos diplomáticos ni con “tacto”.
Cada mes que pasaba confirmaba la apreciación leninista del liberalismo. En contra de las esperanzas de los mencheviques, los kadetes3 no sólo no estaban dispuestos a ocupar su puesto en cabeza de la revolución “burguesa” sino que, por el contrario, descubrían cada vez más en la lucha contra ella su misión histórica.
Después del aplastamiento de la sublevación de diciembre, los liberales, que ocupaban la primera fila política en la efímera Duma, intentaron con todas sus energías justificarse ante la monarquía y disculparse por la poca firmeza de su conducta contrarrevolucionaria en otoño de 1905, cuando el peligro amenazaba los más sagrados puntales de la “cultura”. El jefe de los liberales, Milyukov, que mantenía negociaciones secretas con el Palacio de Invierno, demostró perfectamente, en la prensa, que, a finales de 1905, los kadetes no podían aparecer siquiera ante las masas. “Los que ahora censuran al partido [kadete]” escribía, “porque no protestó, en su momento, organizando asambleas contra las ilusiones revolucionarias del trotskismo... sencillamente no comprenden, o no recuerdan, el clima que reinaba entonces en las reuniones democráticas públicas durante las asambleas”. Por “ilusiones del trotskismo”, el jefe liberal entendía la política independiente del proletariado, que atrajo a los sóviets las simpatías de las capas más bajas de las ciudades, de los soldados, de los campesinos y de todos los oprimidos, y que, por esto mismo, provocaba la repulsión de la “sociedad culta”.
La evolución de los mencheviques se desarrolló en líneas paralelas. Cada vez con mayor frecuencia tenían que justificarse ante los liberales por haber formado bloque con Trotsky en 1905. Las explicaciones de Mártov, el talentoso publicista de los mencheviques, se resumían en que era necesario hacer concesiones a las “ilusiones revolucionarias” de las masas.
En Tiflis, los agrupamientos políticos se formaron sobre la misma base de principios qué en Petersburgo. “Aplastar la reacción para obtener y consolidar la Constitución”, escribía Jordania, el jefe de los mencheviques del Cáucaso, “dependerá de la unificación consciente y de los esfuerzos hacia un mismo objetivo de las fuerzas del proletariado y de la burguesía... Cierto que el campesinado se verá arrastrado al movimiento, al que dará un carácter elemental, pero el papel decisivo lo desempeñarán sin embargo estas dos clases, mientras que el movimiento agrario les llevará el agua a su molino”.
Lenin se burlaba de los temores de Jordania en relación a que una política irreconciliable frente a la burguesía condenara a la impotencia a los obreros. “Jordania discute la cuestión de un posible aislamiento del proletariado en el curso de un vuelco democrático, y se olvida... del campesinado. Entre todos los aliados posibles del proletariado sólo conoce y flirtea con los terratenientes liberales. ¡Y no conoce a los campesinos! ¡Y eso en el Cáucaso!...”.
Las refutaciones de Lenin, aunque correctas en esencia, simplifican el problema en un punto. Jordania no había “olvidado” al campesinado, ni, como la insinuación del mismo Lenin deja adivinar, podía olvidarlo en el Cáucaso, donde, en aquel tiempo, el campesinado estaba rebelándose tumultuosamente bajo la bandera de los mencheviques. Jordania, sin embargo, no veía en el campesinado tanto a un aliado político como un ariete histórico que podía y debía ser utilizado por la burguesía aliada con el proletariado. No creía que el campesinado pudiera convertirse en una fuerza dirigente o siquiera independiente en la revolución, y en esto no se equivocaba; pero tampoco creía que el proletariado pudiera conducir a la victoria la sublevación campesina, y éste era su fatal error. La teoría menchevique de alianza del proletariado y la burguesía significaba en realidad el sometimiento de los obreros y los campesinos a los liberales. El utopismo reaccionario de este programa venía determinado por el hecho de que el avanzado grado de desmembramiento de las clases paralizaba por anticipado a la burguesía como factor revolucionario. En esta cuestión fundamental, eran los bolcheviques los que tenían razón en toda la línea: tras una alianza con la burguesía liberal, los socialdemócratas se verían conducidos inevitablemente a oponerse al movimiento revolucionario de los obreros y los campesinos. En 1905, los mencheviques no tenían aún el valor suficiente para sacar todas las conclusiones necesarias de su teoría de la revolución “burguesa”. En 1917, llevaron sus ideas hasta su conclusión lógica, y se partieron la cabeza.
En la cuestión de la posición respecto a los liberales, Stalin, durante los años de la primera revolución, estuvo al lado de Lenin. Hay que decir que, en aquel período, incluso la mayoría de los mencheviques de base estaba más próxima a Lenin que a Plejánov en lo relativo a la burguesía opositora. Una actitud despectiva hacia los liberales era parte integrante de la tradición literaria del radicalismo intelectual. Pero en vano nos esforzaríamos por encontrar alguna contribución independiente de Koba a esta cuestión, un análisis de las relaciones sociales en el Cáucaso, argumentos nuevos o tan siquiera una nueva manera de formular los viejos. Jordania, el líder de los mencheviques del Cáucaso, era mucho más independiente respecto a Plejánov que Stalin respecto a Lenin. “En vano intentan los señores liberales” escribía Koba tras el 9 de enero, “salvar el trono tambaleante del zar. ¡En vano tienden al zar una mano salvadora! Las masas populares sublevadas se disponen a la revolución y no a reconciliarse con el zar... Sí, señores, vuestros esfuerzos son en vano. La Revolución Rusa es inevitable, tan inevitable como que salga el sol. ¿Podéis impedir al sol que salga? ¡Ahí está la cuestión!” Y así todo. Koba era incapaz de alcanzar un nivel más alto. Dos años y medio más tarde, imitando a Lenin casi literalmente, escribía: “La burguesía liberal rusa es contrarrevolucionaria. No podría ser la fuerza motriz, ni, mucho menos, el líder de la revolución. Es el enemigo jurado de la revolución, y debe librarse una lucha tenaz contra ella”. Sin embargo, precisamente alrededor de este problema fundamental Stalin iba a sufrir una metamorfosis total durante los diez años siguientes. Durante la Revolución de Febrero de 1917 se mostró partidario de hacer bloque con la burguesía liberal y, por consiguiente, como campeón de la unificación de mencheviques y bolcheviques en un solo partido. Tan sólo la llegada de Lenin del extranjero puso fin bruscamente a la política independiente de Stalin, a la que calificaba de burla del marxismo.

 

El campesinado y el socialismo

 

Los narodnikis consideraban a los obreros y a los campesinos simplemente como “trabajadores” y “explotados”, interesados por igual en el socialismo. Los marxistas consideraban al campesino como un pequeño burgués, capaz de convertirse en socialista tan sólo en la medida en que, material o espiritualmente, deja de ser un campesino. Los narodnikis, con su sentimentalismo característico, veían en esta caracterización sociológica una condena moral del campesinado.
Fue en esta línea que durante dos generaciones se libró la lucha principal entre las tendencias revolucionarias de Rusia. Para la comprensión de las futuras divergencias entre el estalinismo y el trotskismo, es preciso subrayar una vez más que Lenin, conforme a toda la tradición marxista, ni por un instante consideró al campesinado como un aliado socialista del proletariado. Al contrario: para él, la imposibilidad de la revolución socialista en Rusia se deducía precisamente del colosal predominio del campesinado. Esta concepción se encuentra en todos aquellos de sus artículos que se refieren, directa o indirectamente, a la cuestión agraria. “Sostenemos el movimiento del campesinado”, escribía Lenin en septiembre de 1905, “en la medida en que es un movimiento democrático revolucionario. Estamos dispuestos (ahora, de inmediato) a entrar en combate contra él en la medida en que se muestre reaccionario, antiproletario. Toda la sustancia del marxismo se encuentra en esta doble tarea (…)”. Lenin veía al aliado socialista en el proletariado occidental y, en parte, en los elementos semiproletarios de la aldea rusa, pero en ningún caso en el campesinado como tal. “Sostenemos del comienzo al fin, con todos los medios, incluida la confiscación”, repetía con su insistencia característica, “al campesino en general contra el terrateniente, y después (y ni siquiera después, sino al mismo tiempo) sostenemos al proletariado contra el campesino en general”.
“El campesinado vencerá en el curso de la revolución democrática burguesa”, escribía en marzo de 1906, “y de esta manera agotará completamente su espíritu revolucionario. El proletariado vencerá en el curso de la revolución democrática burguesa, y de esta manera desplegará verdaderamente su genuino espíritu revolucionario socialista”. “El movimiento del campesinado”, repetía en mayo del mismo año, “es el movimiento de una clase distinta, no es una lucha contra las bases del capitalismo, sino orientada a barrer todos los residuos del sistema feudal”.
Este punto de vista puede encontrarse en Lenin de artículo en artículo, de año en año, de volumen en volumen. El lenguaje y los ejemplos varían; la idea fundamental es siempre la misma. No podía ser de otro modo. Si Lenin hubiera visto en el campesinado a un aliado socialista, no hubiera tenido el menor motivo para insistir en el carácter burgués de la revolución y circunscribir “la dictadura del proletariado y el campesinado” a los estrechos límites de unas tareas puramente democráticas. En los casos en que Lenin acusaba al autor de estas líneas de “subestimar” al campesinado, no se refería en absoluto a mi negativa a reconocer las tendencias socialistas del campesinado, sino, por el contrario, a mi reconocimiento inadecuado —según el punto de vista de Lenin— de la independencia democrática burguesa del campesinado, de su capacidad de crear su propio poder impidiendo con ello la instauración de la dictadura socialista del proletariado.
La reconsideración de esta cuestión no volvió a ponerse sobre la mesa sino en los años de la reacción termidoriana, cuyo inicio coincidió aproximadamente con la enfermedad y muerte de Lenin. A partir de entonces, se proclamó que la alianza de los obreros y los campesinos rusos era en sí misma una garantía suficiente contra los peligros de restauración y una prenda inmutable de la realización del socialismo dentro de los límites de la Unión Soviética. Al reemplazar la teoría de la revolución internacional por la teoría del socialismo en un solo país, Stalin se puso a designar la evaluación marxista del papel del campesinado bajo el término de “trotskismo”, y no sólo en relación al presente, sino a todo el pasado también.
Es admisible, naturalmente, plantear la cuestión de si el punto de vista marxista clásico sobre el papel del campesinado ha demostrado o no ser erróneo. Este tema nos llevaría mucho más allá de los límites de este estudio. Basta con constatar aquí que el marxismo nunca ha dado a su estimación del campesinado como clase no socialista un carácter absoluto y estático. El mismo Marx decía que el campesino no sólo tenía supersticiones, sino también capacidad de razonar. El régimen de dictadura del proletariado abrió posibilidades muy amplias de influir sobre el campesinado y reeducarlo. La historia no ha agotado aún los límites de estas posibilidades.
Sin embargo, queda ya claro que el papel cada vez más importante de la coerción estatal en la URSS no ha refutado, sino que, fundamentalmente, ha confirmado la posición respecto al campesinado que distinguía a los marxistas rusos de los narodniki. Sin embargo, cualquiera que sea hoy la situación en este terreno después de veinte años del nuevo régimen, sigue siendo indudable que, hasta la Revolución de Octubre, o, más exactamente, hasta 1924, no hubo nadie en el campo marxista —y menos Lenin que cualquier otro— que viera en el campesinado un factor socialista de desarrollo. Sin la ayuda de la revolución proletaria en Occidente, repetía Lenin, la restauración es inevitable. No se equivocaba: la burocracia estalinista no es otra cosa que la primera fase de la restauración burguesa en Rusia.

 

La revolución permanente

 

Hemos analizado hasta aquí los puntos de partida de las dos fracciones fundamentales de la socialdemocracia rusa. Pero desde el amanecer de la primera revolución se había formulado una tercera posición. Nos vemos obligados a exponerla ahora con toda la amplitud necesaria, no sólo porque encontró una confirmación en el curso de los acontecimientos de 1917, sino, sobre todo, porque siete años después de la Revolución de Octubre esta concepción, tras haber sido desvirtuada de arriba a abajo, se puso a desempeñar un papel totalmente imprevisto en la evolución de la política de Stalin y de la burocracia rusa en su conjunto.
A comienzos de 1905, se publicó en Ginebra un folleto de Trotsky. Este folleto contenía un análisis de la situación política tal como se presentaba en invierno de 1904. El autor llegaba a la conclusión de que la campaña independiente de los liberales de peticiones y banquetes había agotado todas sus posibilidades; de que la intelligentsia radical, que había puesto en los liberales todas sus esperanzas, había llegado junto con ellos a un callejón sin salida; de que el movimiento campesino estaba creando condiciones propicias de victoria, pero era incapaz de asegurarla; de que no podía llegarse a una solución decisiva más que con el levantamiento armado del proletariado, y de que la fase siguiente en esta vía seria la huelga general. El folleto se titulaba Antes del 9 de enero, porque había sido escrito antes del Domingo Sangriento de Petersburgo. La poderosa oleada de huelgas que se desencadenó después de esa fecha, junto con los conflictos armados iniciales que la acompañaron, eran una confirmación indiscutible del pronóstico estratégico del folleto.
El prefacio de mi trabajo lo había escrito Parvus, un emigrado ruso que por entonces había logrado convertirse en un escritor alemán eminente. La personalidad de Parvus estaba dotada de un don creador excepcional, y era tan capaz de verse influenciado por las ideas de los demás como de enriquecer a los demás con sus ideas. Le faltaban el equilibrio interior y el suficiente amor al trabajo para ofrecer al movimiento obrero una contribución digna de su talento como pensador y como escritor. Ejerció una indudable influencia sobre mi desarrollo personal, en particular en lo referente a la comprensión socialista revolucionaria de nuestra época. Algunos años antes de nuestro primer encuentro, Parvus había defendido apasionadamente la idea de una huelga general en Alemania. Pero como el país atravesaba una prolongada crisis industrial, la socialdemocracia se había adaptado al régimen de los Hohenzollern, y la propaganda revolucionaria de un extranjero no encontraba más que una indiferencia irónica. Cuando leyó, dos días después de los acontecimientos sangrientos de Petersburgo, mi folleto, aún manuscrito, Parvus se vio seducido por la idea del papel excepcional que el proletariado de la atrasada Rusia estaba destinado a desempeñar.
Los pocos días que pasamos juntos en Munich estuvieron dedicados a conversaciones que a los dos nos sirvieron para clarificar muchas cosas, y que nos acercaron personalmente el uno al otro. El prefacio a mi folleto, escrito en aquella época por Parvus, ha pasado a formar parte de la historia de la Revolución Rusa. En unas pocas páginas iluminó las particularidades sociales de la atrasada Rusia que, desde luego, ya se conocían antes pero de las que nadie había sacado las conclusiones necesarias.
“El radicalismo político de Europa Occidental”, escribía Parvus, “se apoyaba en su origen —es un hecho conocido— en la pequeña burguesía, es decir, en los artesanos y, en general, en la parte de la burguesía que había sido tocada por el desarrollo industrial pero que, al mismo tiempo, se veía expoliada por la clase capitalista (…) En Rusia, durante el período precapitalista, las ciudades se desarrollaron más según el modelo chino que según el europeo. Eran centros de funcionarios, con un carácter puramente administrativo, sin la menor significación política, y, en lo concerniente a las relaciones económicas, servían de centros comerciales, de bazares, para su entorno de terratenientes y campesinos. Su desarrollo era insignificante todavía cuando irrumpió el proceso capitalista, que comenzó a crear ciudades siguiendo su propio modelo, es decir, ciudades fabriles y centros del comercio mundial (...) El mismo elemento que obstaculizó el avance de la democracia pequeñoburguesa favoreció la conciencia de clase del proletariado ruso, es decir, el débil desarrollo de las formas de producción artesanales. El proletariado se concentró inmediatamente en las fábricas (...)
“Las masas campesinas se verán arrastradas al movimiento en proporción siempre creciente. Pero sólo son capaces de aumentar la anarquía política del país, debilitando así al gobierno; no podrían constituir ningún ejército revolucionario sólidamente cohesionado. Por lo tanto, con el desarrollo de la revolución, una parte cada vez mayor del trabajo político será incumbencia del proletariado, y, al mismo tiempo, su conciencia política irá ampliándose, su energía política aumentará (…)
“La socialdemocracia se encontrará ante este dilema: o asumir la responsabilidad del gobierno provisional, o mantenerse al margen del movimiento obrero. Los trabajadores considerarán a este gobierno como su gobierno, independientemente de cómo se comporte la socialdemocracia... El vuelco revolucionario no puede ser, en Rusia, más que obra del proletariado. El gobierno provisional revolucionario será en Rusia el gobierno de una democracia obrera. Si la socialdemocracia se pone a la cabeza del movimiento revolucionario del proletariado ruso, ese gobierno será entonces socialdemócrata (…) El gobierno provisional socialdemócrata no podrá realizar un vuelco socialista en Rusia, pero el mismo proceso de liquidación de la autocracia y la instauración de una república democrática proporcionará un terreno muy fértil para su trabajo”.

Volví a encontrarme con Parvus, esta vez en Petersburgo, en el tumulto de los acontecimientos revolucionarios de otoño de 1905. Manteniendo una independencia organizativa respecto a las dos fracciones, publicamos juntos un diario obrero de masas —el Russkoie Slovo— y, en coalición con los mencheviques, un gran diario político —Natchalo—. La teoría de la revolución permanente se ha asociado habitualmente a los nombres de “Parvus y Trotsky”. Sólo es parcialmente exacto. El período del apogeo revolucionario de Parvus corresponde a fines del pasado siglo, cuando se encontraba en cabeza de la lucha contra el “revisionismo”, es decir, contra la desviación oportunista de la teoría de Marx. El fracaso de las tentativas de empujar a la socialdemocracia alemana hacia la vía de una política más resuelta, minó su optimismo. Ante la perspectiva de la revolución socialista en Occidente, Parvus empezó a reaccionar con reservas cada vez más. En esa época consideraba que “el gobierno provisional socialdemócrata no podrá realizar un vuelco socialista en Rusia”. Sus pronósticos, por consiguiente, no señalaban la transformación de la revolución democrática en revolución socialista, sino tan sólo la instauración en Rusia de un régimen de democracia obrera de tipo australiano, en el que sobre la base de un sistema de economía agrícola se había establecido por primera vez un gobierno laborista que no rebasaba el marco de un régimen burgués.
Yo no compartía sus opiniones en cuanto a esta conclusión. La democracia australiana, que se había desarrollado orgánicamente sobre la tierra virgen de un continente nuevo, asumió en seguida un carácter conservador y subordinó a ella a un proletariado joven pero absolutamente privilegiado. La democracia rusa, por el contrario, sólo podía florecer como resultado de una grandiosa conmoción revolucionaria cuya dinámica no permitiría al gobierno obrero, en ningún caso, permanecer en el marco de la democracia burguesa. Nuestras divergencias, que empezaron poco después de la revolución de 1905, desembocaron en una total ruptura a comienzos de la guerra, cuando Parvus, en quien el escéptico había aniquilado al revolucionario, se colocó al lado del imperialismo alemán, convirtiéndose más tarde en consejero e inspirador del primer presidente de la República alemana, Ebert.
Tras haber empezado con el folleto Antes del 9 de marzo, volví más de una vez al desarrollo y justificación de la teoría de la revolución permanente. Dada la importancia adquirida más tarde por esta teoría en la evolución ideológica del héroe de esta biografía, se me hace necesario presentarla aquí citando con exactitud mis trabajos de 1905 y 1906.
“El conjunto de población de una ciudad moderna, al menos en el caso de las ciudades con una importancia económica y política, lo constituye la clase, netamente diferenciada, de los trabajadores asalariados. Es precisamente esta clase, esencialmente desconocida durante la revolución francesa, la que está destinada a desempeñar un papel decisivo en nuestra revolución. (…) En un país más atrasado económicamente, el proletariado puede tomar el poder antes que en un país capitalista avanzado. Pretender establecer una especie de dependencia automática de la dictadura proletaria respecto a las fuerzas técnicas y a los recursos de un determinado país es un prejuicio que se deriva de un materialismo ‘económico’ simplificado al máximo. Semejante punto de vista no tiene nada en común con el marxismo. Aunque las fuerzas productivas de la industria estuvieran diez veces más desarrolladas en los Estados Unidos que en nuestro país, el papel político del proletariado ruso, su influencia próxima sobre la política mundial, son incomparablemente mayores que el papel y la importancia del proletariado americano.
“La revolución rusa, en nuestra opinión, creará las condiciones en las que el poder pueda (y, con la victoria de la revolución, deba) pasar a manos del proletariado antes de que los políticos del liberalismo burgués encuentren ocasión de desarrollar plenamente su genio de hombres de Estado... La burguesía rusa está cediendo al proletariado todas las posiciones revolucionarias. También tendrá que ceder la dirección revolucionaria del campesinado. El proletariado en el poder aparecerá ante el campesinado como una clase emancipadora (…) El proletariado, apoyándose en el campesinado, se esforzará, con todos los medios a su alcance, en elevar el nivel cultural de la aldea y en desarrollar la conciencia política del campesinado (…) Pero ¿no puede quizá el mismo campesinado superar al proletariado y ocupar su lugar? Es imposible. Toda la experiencia histórica se levanta contra semejante suposición. Demuestra que el campesinado es completamente incapaz de desempeñar un papel político independiente (…) De acuerdo con lo dicho, nuestra manera de enfocar la idea de la ‘dictadura del proletariado y el campesinado’ está clara. La esencia de la cuestión no está en saber si la consideramos admisible en principio, en si creemos deseable o indeseable esta forma de cooperación. La consideramos irrealizable, al menos en un sentido directo e inmediato”.
Este pasaje demuestra ya hasta qué punto es errónea la afirmación, repetida más tarde hasta la saciedad, de que la concepción aquí expuesta “salte por encima de la revolución burguesa”. “La lucha por la renovación democrática de Rusia”, escribí en aquella época, “ha alcanzado su pleno desarrollo y está conducida por fuerzas que se desenvuelven sobre la base del capitalismo. Está dirigida, directamente y ante todo, contra los obstáculos feudales que obstruyen la vía de desarrollo de la sociedad capitalista”.
Sin embargo, la pregunta era: ¿Qué fuerzas y qué métodos son capaces, precisamente, de eliminar esos obstáculos? “Podemos poner punto final a las cuestiones que plantea la revolución afirmando que la nuestra es burguesa por sus fines objetivos y en consecuencia por sus resultados inevitables. Corremos entonces el peligro de cerrar los ojos ante el hecho de que el principal agente de esta revolución burguesa es el proletariado, y de que todo el proceso de la revolución empujará a éste al poder (...) Podemos tranquilizamos con la idea de que las condiciones sociales de Rusia no están maduras todavía para una economía socialista, y negarnos así a considerar el hecho de que el proletariado, una vez en el poder, se verá inevitablemente empujado, por la misma lógica de su situación, a introducir una economía controlada por el Estado (...) El mismo acto de entrar al gobierno no como huéspedes impotentes sino como fuerza dirigente permitirá a los representantes del proletariado quebrar los límites entre el programa mínimo y el máximo, es decir, poner el colectivismo a la orden del día. En qué punto se detendrá el proletariado dependerá de la relación de fuerzas, no de las intenciones originales de su partido (...)
“Pero no es demasiado pronto para plantearse este problema: ¿debe inevitablemente restringirse a los límites de la revolución burguesa la dictadura del proletariado? ¿No puede plantearse, sobre las bases histórico-mundiales existentes, alcanzar la victoria rompiendo esos límites? (...) De una cosa podemos estar seguros: sin la ayuda directa del proletariado europeo la clase obrera de Rusia no podrá permanecer en el poder ni convertir su gobierno tmporal en una dictadura socialista prolongada…”. De aquí, sin embargo, no se desprende en absoluto un pronóstico pesimista: “La emancipación política encabezada por la clase obrera de Rusia la eleva como dirigente a alturas históricas sin precedentes, le otorga fuerzas y recursos locales y la convierte en pionera de la liquidación mundial del capitalismo, para la que la historia creó todos los requisitos objetivos necesarios…”.
Respecto a la medida en que la socialdemocracia internacional fuera capaz de cumplir su papel revolucionario, escribía en 1906: “Los partidos socialistas europeos —y ante todo el más poderoso de ellos, el partido alemán— están todos aquejados de conservadurismo. A medida que masas cada vez mayores se incorporan al socialismo y que aumentan la organización y la disciplina de estas masas, ese conservadurismo aumenta también. Por esto la socialdemocracia, como organización que encarna la experiencia política, puede, en un momento dado, convertirse en un obstáculo directo en la vía del conflicto abierto entre los obreros y la reacción burguesa...”. En la conclusión de mi análisis expresaba, sin embargo, la seguridad en que “la revolución en el Este de Europa dotará de idealismo revolucionario al proletariado de Occidente y engendrará en él el deseo de hablar ‘en ruso’ a su enemigo...”.
Recapitulemos. El narodnismo, siguiendo la huella de los eslavófilos, nació de ilusiones acerca de las vías totalmente originales que seguiría el desarrollo de Rusia, al margen del capitalismo y de la república burguesa. El marxismo de Plejánov se esforzó en demostrar la identidad de principio entre las vías históricas de Rusia y Occidente. El programa derivado de ahí ignoró las particularidades, reales y en absoluto místicas, de la estructura social de Rusia y de su desarrollo revolucionario. La actitud de los mencheviques ante la revolución, abstracción hecha de incrustaciones episódicas y desviaciones individuales, puede resumirse así: la victoria de la revolución burguesa sólo es concebible bajo la dirección de la burguesía liberal, y debe poner el poder en sus manos. El régimen democrático permitirá entonces al proletariado ruso alcanzar a sus hermanos mayores de Occidente en la vía de la lucha por el socialismo, con posibilidades de éxito incomparablemente mayores que antes.
La perspectiva de Lenin puede exponerse brevemente del modo siguiente: la retrasada burguesía de Rusia es incapaz de consumar su propia revolución La victoria completa de la revolución mediante la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado” depurará al país de residuos medievales, imprimirá al desarrollo del capitalismo ruso el ritmo del capitalismo americano, reforzará al proletariado de la ciudad y del campo, y abrirá amplias posibilidades a la lucha por el socialismo. Por otra parte, la victoria de la revolución rusa dará un poderoso impulso a la revolución socialista de Occidente, la cual no sólo protegerá a Rusia de los peligros de restauración, sino que también permitirá al proletariado ruso lograr la conquista del poder en un plazo histórico relativamente breve.
La perspectiva de la revolución permanente puede resumirse como sigue: la victoria completa de la revolución democrática en Rusia sólo puede concebirse bajo la forma de una dictadura del proletariado apoyado sobre el campesinado. La dictadura del proletariado, que inevitablemente pondrá a la orden del día no sólo tareas democráticas, sino también tareas socialistas, dará al mismo tiempo un poderoso impulso a la revolución socialista internacional. Sólo la victoria del proletariado de Occidente garantizará a Rusia contra una restauración burguesa y le proporcionará la posibilidad de llevar a cabo la edificación socialista.
Estas fórmulas concisas revelan, con igual claridad, tanto la homogeneidad de las dos últimas concepciones en cuanto a su irreconciliable contraposición a la perspectiva liberal —menchevique—, como la diferencia esencial entre ellas respecto a la cuestión del carácter social y las tareas de la “dictadura” nacida de la revolución. La objeción, tantas veces repetida por los actuales teóricos de Moscú, de que el programa de la dictadura del proletariado era “prematuro” en 1905, está completamente desprovista de base. En un sentido empírico, el programa de la dictadura democrática del proletariado y el campesinado demostró igualmente ser “prematuro”. La relación de fuerzas, desfavorable en la época de la primera revolución, hacía imposible, no ya la dictadura del proletariado en cuanto tal, sino, en general, la victoria misma de la revolución. Sin embargo, todas las tendencias revolucionarias tenían la esperanza de una victoria completa: sin esta esperanza, la lucha revolucionaria hubiera sido imposible. Las diferencias se referían a las perspectivas generales de la revolución y a la estrategia que de ellas se derivaba. La perspectiva de los mencheviques era completamente errónea. Llevaba al proletariado por un camino totalmente equivocado. La perspectiva de los bolcheviques era incompleta: señalaba correctamente la dirección general de la lucha, pero caracterizaba incorrectamente sus etapas. La insuficiencia de la perspectiva de los bolcheviques no se reveló ya en 1905 por la sencilla razón de que la revolución misma no conoció un desarrollo más amplio. Pero a principios de 1917, Lenin se vio obligado, en lucha directa contra los cuadros más viejos del partido, a cambiar de perspectiva.
Un pronóstico político no puede pretender la misma exactitud que un pronóstico astronómico. Resulta satisfactorio sólo con que señale correctamente la línea general de desarrollo y permita orientarse en la dirección del proceso real de los acontecimientos, cuya línea fundamental habrá de desviarse inevitablemente a derecha o izquierda. En este sentido, no es posible dejar de reconocer que la concepción de la revolución permanente ha soportado con éxito la prueba de la historia. Durante los primeros años del régimen soviético nadie lo negaba. Al contrario: el hecho se reconocía en numerosas publicaciones oficiales. Pero cuando, en las cumbres apacibles y fosilizadas de la sociedad soviética, estalló la reacción burocrática contra Octubre, estuvo dirigida desde el comienzo contra esta teoría que, de forma más completa que ninguna otra, reflejaba la primera revolución proletaria de la historia, y al mismo tiempo revelaba claramente su carácter parcial, incompleto y limitado. Así fue como nació, por reacción, la teoría del socialismo en un solo país, el dogma fundamental del estalinismo.

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