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La intensa y rica experiencia de aquellos años fue una escuela de la que ambos sacarán lecciones teóricas, políticas y prácticas fundamentales para asentar y desarrollar el socialismo científico.

Una de las ideas centrales que recorre el libro es la de que la burguesía europea, que en la época de lucha contra el régimen feudal desempeñó un papel fundamentalmente progresista, en la medida que afianzaba su dominio económico y político iba perdiendo su faceta revolucionaria, convirtiéndose en la nueva clase opresora y adoptando posiciones abiertamente contrarrevolucionarias. Su naturaleza reaccionaria la señaló Marx tan temprano como en 1848. En la Nueva Gaceta Renana incidía, precisamente, en no idealizar a los republicanos burgueses, sino en entender que una vez instaurada la república burguesa, rápidamente estos se pondrían enfrente de la revolución.

 

República burguesa versus república socialista

 

Y así ocurrió. La monarquía de Luis Felipe, que de 1830 a 1848 representó los intereses de un sector de la burguesía francesa, la aristocracia financiera (la gran banca y los grandes terratenientes vinculados a ella), se encontraba cada vez más cuestionada. Los sectores de la burguesía despojados de poder político, la burguesía industrial, no pretendían más que una reforma electoral que ampliara el censo y les permitiera obtener su cuota de poder. Sin embargo, el malestar social imperante, el empobrecimiento masivo, azuzado por varios años de malas cosechas y muy especialmente por la crisis general del comercio y de la industria que se manifestó a partir de 1847, aceleró los acontecimientos, sacudiendo a todas las clases sociales. El proletariado, armado y levantando barricadas en las calles de París en febrero de 1848, fue determinante para acabar con la monarquía, imponer el sufragio universal y para la formación del gobierno provisional que proclamó la república. Como apunta Marx, el apoyo de la burguesía a la revolución fue “pasivo”. Enseguida el choque de intereses se hizo patente.
“La república de Febrero, antes que nada, tenía que completar la dominación de la burguesía, incorporando a la esfera del poder político, junto a la aristocracia financiera, a todas las clases poseedoras”. En esa medida, la aspiración de emancipación de la clase obrera, su reivindicación de una república social, entró en abierta confrontación con los límites que la burguesía quería poner a la revolución.
Desde el minuto uno de la revolución la burguesía se convirtió en enemiga acérrima del proletariado revolucionario, al que masacró sin piedad en las calles de París durante la insurrección de Junio del 48, dejando un sangriento legado de más de 3.000 asesinados y más de 15.000 deportados sin juicio. Marx enfatiza en que se había producido “la primera gran batalla entre las dos clases de la sociedad moderna”, la primera guerra civil entre el proletariado y la burguesía.
Comparando el papel de la burguesía en la revolución francesa de 1789 y en la de mediados del siglo XIX, Marx concluye en El 18 Brumario de Luis Bonaparte:
“En la primera revolución francesa, a la dominación de los constitucionales le sigue la de los girondinos, y a esta la de los jacobinos. Cada uno de estos partidos se apoya en el que se halla delante. Tan pronto como ha impulsado la revolución lo suficiente para no poder seguirla, y mucho menos para poder encabezarla, es desplazado y enviado a la guillotina por el aliado que está detrás de él. La revolución se mueve en sentido ascendente.
“En la revolución de 1848 es al revés. (…) la revolución se mueve en sentido descendente. (…) Cada partido da coces al que empuja hacia adelante y se apoya en el que impulsa hacia detrás”*.

 

Dictadura del proletariado y revolución permanente

 

La derrota de junio eliminó de un plumazo las ilusiones de la clase obrera revolucionaria en los republicanos burgueses, contribuyó como ningún otro factor a que el proletariado adquiriera conciencia de sus propios intereses de clase: “…fue su derrota la que le convenció de que hasta la más mínima mejora de su situación es, dentro de la república burguesa, una utopía; y una utopía que se convierte en crimen tan pronto como quiere transformarse en realidad. Y sus reivindicaciones, (…) cedieron el puesto a la consigna audaz y revolucionaria: ¡Derrocamiento de la burguesía! ¡Dictadura de la clase obrera!”.
En este fragmento de Las luchas de clases en Francia Marx emplea por primera vez el concepto “dictadura del proletariado”, defiende que la única manera de llevar hasta el final y de manera consecuente la revolución democrático-burguesa es con la conquista del poder político por parte del proletariado. Y también, por primera vez, se señala que la tarea del proletariado es la apropiación de los medios de producción: “Detrás del derecho al trabajo está el poder sobre el capital, y detrás del poder sobre el capital la apropiación de los medios de producción, su sumisión a la clase obrera asociada, y por consiguiente la abolición tanto del trabajo asalariado como del capital y de sus relaciones mutuas”.
Como observa Engels en su prólogo de 1895 este programa es un rasgo distintivo “del socialismo obrero moderno” frente a “todos los distintos matices del socialismo feudal, burgués, pequeñoburgués, etc., al igual que de la confusa comunidad de bienes del comunismo utópico y del comunismo obrero espontáneo”. En Las luchas de clases en Francia Marx defiende el socialismo como “la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que estas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales”.

 

Independencia de clase

 

Marx desarrolló no sólo aspectos ideológicos o programáticos del socialismo científico, sino también temas relacionados con la estrategia revolucionaria, como la política de alianzas. Para derrotar al capital es fundamental la alianza con los campesinos y la pequeña burguesía urbana, pero en esta alianza la clase obrera es la clase más decisiva y más resuelta y la que tiene que determinar el rumbo fundamental de la revolución. La necesidad de esta alianza con otros sectores sociales oprimidos no sólo no elimina la crítica a los partidos pequeñoburgueses, sino que la hace especialmente necesaria. Marx explica que los representantes políticos de la pequeña burguesía, con su actitud temerosa y sus vacilaciones ante la gran burguesía francesa, demostraron en junio de 1849 su impotencia histórica para dirigir la revolución.
De ahí se desprende la necesidad de que el proletariado se organice de forma independiente, que cree su propio partido. “En vez de descender una vez más al papel de coro destinado a jalear a los demócratas burgueses, los obreros, y ante todo la Liga, deben procurar establecer junto a los demócratas oficiales una organización propia del partido obrero”, así se expresan Marx y Engels en el Primer Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas, de marzo de 1850, y esta sería la tarea central a la que dedicarían sus esfuerzos, la construcción de una herramienta que permitiera la emancipación real de los oprimidos del mundo.

* Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Fundación F. Engels, Madrid, 2015, pp. 51-52.

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