INICIO

 

ÍNDICE

    

PRIMERA PARTE

 

El método oportunista 

La adaptación del capitalismo   

Implantación del socialismo por medio de reformas sociales    

Política aduanera y militarismo

Consecuencias prácticas y carácter general del revisionismo  

          

SEGUNDA PARTE

 

El desarrollo económico y el socialismo

Sindicatos, cooperativas y democracia política 

La conquista del poder político

El hundimiento

El oportunismo en la teoría y en la práctica    

  

Prólogo de los editores

La edición de Reforma o revolución* por parte de la Fundación Federico Engels supone dar satisfacción a una vieja deuda que teníamos contraída. A fin de contribuir al rearme político de la izquierda, la publicación de textos de los clásicos marxistas (además de obras de autores modernos, como Ted Grant o Alan Woods) ha ocupado un lugar central en nuestra actividad. Así, hemos editado algunos de los trabajos más sobresalientes de Marx, Engels, Lenin y Trotsky, pero nos faltaba una de las grandes obras marxistas de comienzos del siglo pasado, Reforma o revolución, de Rosa Luxemburgo, libro de enorme actualidad para los tiempos que corren y que contesta la mayoría de los argumentos que hoy en día siguen utilizando los llamados teóricos del reformismo socialdemócrata**.

Con Reforma o revolución, muchos activistas de la izquierda y jóvenes que se inician en la teoría marxista descubrirán el genio político de la autora, su fidelidad a la causa de la clase obrera y su calidad como revolucionaria.

Rosa Luxemburgo fue una destacada protagonista de los grandes acontecimientos de la lucha de clases de su época. Su participación en las disputas políticas y teóricas en el seno de la socialdemocracia alemana, sus estudios de la obra del marxismo y su propia producción teórica, así como la gran batalla contra la degeneración oportunista de la II Internacional y la construcción de un nuevo partido y una nueva Internacional marxista de masas, jalonaron su vida revolucionaria. En todos estos acontecimientos, Rosa Luxemburgo puso su sello vital, su impronta original y propia, convirtiéndose por méritos propios en uno de los mayores talentos del pensamiento marxista.

 

Los orígenes

 

Rosa Luxemburgo nació en 1871 en Zamosc, una pequeña ciudad polaca, en el seno de una familia judía abierta al mundo. Los vínculos familiares con la asfixiante fe ortodoxa judaica habían desaparecido hace tiempo, hecho que permitió a Rosa educarse en un ambiente de tolerancia y curiosidad intelectual.

En aquel entonces, Polonia estaba sometida al yugo de la reacción zarista, lo que en su familia creó simpatías hacia los movimientos de liberación nacional.

Cuando Rosa tenía tres años de edad, la familia se trasladó a Varsovia, donde sufrió de forma directa la imposición rusificadora en la escuela, que obligaba a la presencia mayoritaria de hijos de funcionarios o militares rusos. Tan sólo se admitía a un reducido número de jóvenes polacos, procedentes de las familias más acaudaladas, y por supuesto a ningún judío. Como señala Paul Frölich en su monumental obra sobre Rosa Luxemburgo*, es casi seguro que el régimen escolar de la oprimida Polonia la arrastró al camino de la lucha.

Poco tiempo después de abandonar el liceo, en 1887, Rosa militaba en el Partido Revolucionario Socialista “Proletariado”, fundado en 1882 por diferentes círculos y comités de trabajadores revolucionarios.

Su actividad política pronto la llevó a enfrentarse a la persecución policial, lo que motivó su primer exilio en Zúrich (Suiza). Rosa Luxemburgo pudo contrastar el ambiente sofocante de Varsovia con la libertad de pensamiento en su universidad, donde estudió intensamente a los clásicos de la economía política, Adam Smith, David Ricardo y, por supuesto, Marx. Junto a los estudios, Rosa no descuidó su militancia revolucionaria y entró en contacto con los círculos obreros de la ciudad y con los marxistas rusos más destacados del momento: Paul Axelrod, Vera Zasúlich y Plejánov. Pero especialmente, de esta etapa data su relación con su gran camarada de armas Leo Jogiches, incansable organizador revolucionario, agudo polemista y uno de los fundadores del comunismo alemán.

La primera organización política

En 1883, “Proletariado” se había convertido en la espina dorsal del movimiento de masas polaco, superando a Narodnaya Volia (Voluntad del Pueblo, el partido populista ruso), tanto en comprensión de la realidad del capitalismo ruso y polaco como en el programa político. “Proletariado” entendía la lucha por la liberación del régimen autoritario como una lucha de las masas trabajadoras, tenía una visión internacionalista y despreciaba la posición demagógica e hipócrita de la nobleza y la pequeña burguesía en la lucha por la liberación nacional. “Proletariado” veía a los trabajadores rusos como los principales aliados para conseguir la libertad de las masas oprimidas de Polonia, entendiendo que la resolución de la cuestión nacional polaca se realizaría en el marco de la revolución socialista internacional. Anticipando otros debates cruciales que surgirían en el seno de la socialdemocracia rusa, “Proletariado” consideraba que la revolución debería derrocar al zarismo y a la burguesía, y llevar al poder al proletariado, es decir, no contemplaba la revolución burguesa rusa como una etapa necesaria en el camino al socialismo.

Víctima de la represión policial tras liderar numerosas huelgas, “Proletariado” se fusionó con la Federación de Trabajadores Polacos y dos grupos menores del Partido Socialista Polaco (PPS). El órgano público del nuevo partido estaba dirigido por Leo Jogiches, Adolf Warsky y la joven Rosa Luxemburgo.

Durante este período, el objetivo era establecer sin ambigüedades el programa marxista en la nueva organización, lo que significó una batalla contra las tendencias blanquistas, que en el momento de mayor ofensiva policial habían penetrado en las filas de “Proletariado”, y contra el economicismo y el reformismo, que provenían de la antigua Federación de Trabajadores.

 

La cuestión nacional

 

Durante esos años, Rosa Luxemburgo realiza sus primeros trabajos teóricos sobre la cuestión nacional y las tareas del proletariado polaco en su lucha contra la opresión zarista.

Para ella, la cuestión nacional polaca había sufrido profundas transformaciones desde que Marx la considerara un poderoso factor revolucionario. La pequeña nobleza polaca, que había luchado contra el despotismo zarista y por las causas democráticas en las revoluciones de 1848 hasta 1871, estaba influida por una vuelta al pasado precapitalista, que al fin y al cabo representaba un punto de vista reaccionario. Por otro lado, la burguesía polaca se había desarrollado como clase al calor del crecimiento del capitalismo ruso y amparada por el gobierno de los zares, que le aseguraba fabulosos negocios en territorio ruso. Además, tenía múltiples vínculos con el aparato del Estado zarista y había renunciado definitivamente a la unidad y la independencia de la nación. Para Rosa Luxemburgo, sólo entre los intelectuales polacos perduraban las ideas nacionalistas. En ese sentido, la clase obrera difícilmente podía crear un Estado polaco burgués contra la propia burguesía y contra la dominación extranjera. Si la clase obrera tuviese la fuerza necesaria para lograr esto, afirmaba Rosa Luxemburgo, también la tendría para la revolución socialista, la única solución a la cuestión nacional polaca admisible para los trabajadores.

En opinión de Rosa, la independencia nacional no podría ser un objetivo inmediato del proletariado. Toda su posición en esta cuestión estaba recorrida por la idea de que la lucha emprendida por la clase obrera no resultase falseada y absorbida por las aspiraciones nacionalistas. El énfasis se debía poner en la lucha común de los trabajadores rusos y polacos.

Durante años, los socialdemócratas polacos mantuvieron un encarnizado combate contra los dirigentes nacionalistas pequeñoburgueses del PPS, combate que contó con la solidaridad explícita de Lenin. Así se expresaba Rosa Luxemburgo respecto a esta cuestión: “Desear que estalle una guerra solamente para la liberación de Polonia supondría ser un nacionalista de la peor clase y anteponer los intereses de unos pocos polacos a los de cientos de millones de hombres que padecerían la guerra. Y así piensan, por ejemplo, los miembros del ala derecha del PPS, que solamente son socialistas de boquilla y frente a los cuales los socialdemócratas polacos tienen mil veces razón. Establecer ahora la consigna de la independencia de Polonia, en la situación actual de las relaciones entre los estados imperialistas vecinos, supone verdaderamente ir tras una utopía, caer en un nacionalismo minúsculo y olvidar los requisitos de la revolución europea e incluso de las revoluciones rusa y alemana”.

Rosa Luxemburgo tenía una posición internacionalista, pero olvidaba que en la práctica las demandas democráticas nacionales tenían un poderoso atractivo revolucionario para las masas polacas, incluido el proletariado. En su polémica con Lenin, este incidió una y otra vez en que la defensa del derecho de autodeterminación de las naciones y nacionalidades oprimidas no significa hacer agitación a favor del separatismo o la independencia. En esta cuestión, los marxistas no anteponemos una reivindicación democrática a los intereses del proletariado y la revolución mundiales. La defensa de este derecho, que Rosa Luxemburgo se negaba a incluir en el programa de la socialdemocracia polaca, permite arrancar a las masas de cualquier nacionalidad oprimida de la nefasta influencia de su burguesía y su pequeña burguesía nacionalistas, que siempre explotan en su beneficio las ansias de liberación del proletariado y los campesinos pobres.

En la Revolución de Octubre se demostró el enorme potencial revolucionario de esta consigna, vinculada a la lucha por el poder obrero y la expropiación de la burguesía y los terratenientes. Lenin dedicó a esta cuestión uno de sus trabajos más brillantes, El derecho de las naciones a la autodeterminación, que hoy en día sigue manteniendo toda su vigencia.

 

La socialdemocracia alemana

 

Después de años de conflictos dentro del movimiento socialista polaco, el viejo PPS estalló, permitiendo a los partidarios del marxismo ganar una influencia mayoritaria en el movimiento obrero polaco. Rosa Luxemburgo y Leo Jogiches se convertirían a partir de ese momento en los líderes de la nueva organización, que adoptó el nombre de Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia, que posteriormente se fusionaría con los socialistas lituanos, dirigidos por Dzierzynski, fieles seguidores de los postulados de Rosa, dando lugar al Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia y Lituania (SDKPL).

Sin embargo, Rosa Luxemburgo pronto emprendería nuevas tareas militantes que la llevarían al centro del movimiento obrero europeo de aquella época, Alemania, donde entró en contacto con los cuadros más destacados de la socialdemocracia alemana: Clara Zetkin, a la que le uniría una estrecha amistad hasta su muerte, August Babel, Paul Singer, Franz Mehring y Karl Kautsky.

Desde sus orígenes, en el seno de la socialdemocracia alemana (SPD), como en la mayoría de los partidos obreros de la época, coexistían dos tendencias bien delimitadas: la reformista, adaptada a las nuevas formas “democráticas” del Estado capitalista, y la marxista, que abogaba por la transformación socialista de la sociedad con métodos revolucionarios.

En el caso del SPD, las tendencias reformistas habían calado hondo, especialmente entre sus cuadros dirigentes, en el grupo parlamentario, en la dirección de los sindicatos y entre los centenares de funcionarios de las diferentes organizaciones del partido. Lenin describió este proceso de degeneración reformista de la socialdemocracia alemana en su libro La revolución proletaria y el renegado Kautsky. El espectacular crecimiento de la influencia y el poder de la socialdemocracia alemana entre los trabajadores tuvieron lugar en el período de auge económico más importante que el capitalismo había experimentado hasta ese momento. Los triunfos electorales, el aumento de concejales y de parlamentarios regionales y estatales, la influencia de los sindicatos en las nuevas relaciones económicas, favorecieron que una capa cada vez más nutrida de funcionarios, cuadros provenientes de la aristocracia obrera y la intelectualidad pequeñoburguesa, se fuese haciendo con el control de la organización.

Este ambiente que inspiraba la acción del partido, cada vez más centrada en la actividad parlamentaria, favoreció la penetración de las ideas reformistas. Ya no se trataba de derrocar el capitalismo de forma revolucionaria, sino de transformarlo gradualmente a través de la acción institucional. Las reformas, que se impondrían gracias a los éxitos electorales, garantizarían un cambio cualitativo de la naturaleza de clase del Estado y la sociedad, hasta arribar pacíficamente a una sociedad socialista.

En el campo teórico, todo este proceso cristalizó con los escritos de Bernstein, que reclamaba el fin del método marxista de análisis de las contradicciones del capitalismo, al tiempo que proponía el cambio de la sociedad a través de reformas graduales en las relaciones económicas y en el propio Estado burgués. Para Bernstein, el boom del capitalismo alemán había supuesto, en la práctica, la negación de las previsiones de Marx: ni pauperización creciente de la sociedad, ni crisis de sobreproducción, ni necesidad de un cambio revolucionario. A través del crecimiento electoral y la acción parlamentaria sería posible transformar la realidad del capitalismo en una sociedad democrática avanzada, donde el control estatal de los medios de producción garantizase el fin del conflicto social.

La herencia teórica de Bernstein se ha proyectado a lo largo de la historia del movimiento obrero, hasta el punto de que los dirigentes socialdemócratas actuales beben de sus fuentes teóricas, repitiendo palabra por palabra lo dicho hace más de cien años por el jefe del revisionismo alemán.

Frente a esta posición política, reveladora de lo lejos que había llegado el proceso de degeneración reformista del SPD, se alzó Rosa Luxemburgo, la única dirigente del partido que fue capaz de presentar batalla en el terreno teórico de una forma consistente. Reforma o revolución fue un aldabonazo en el seno del SPD, polarizó completamente el debate político y permitió reagrupar las fuerzas de la izquierda marxista en su seno. Hoy en día, Reforma o revolución constituye un tesoro teórico de primer orden, un auténtico clásico de la literatura marxista y de la lucha contra la penetración de las ideas de clases ajenas en el seno del movimiento obrero.

La contradicción para Rosa no se situaba en que la lucha por las reformas fuera incompatible con la defensa de una estrategia revolucionaria, sino en que Berstein había abandonado por completo el análisis de clase de la sociedad capitalista, ofreciendo una alternativa que tan sólo serviría para perpetuar el mantenimiento del orden social burgués. “La reforma y la revolución”, señala Rosa Luxemburgo en esta obra que os ofrecemos, “no son, por tanto, distintos métodos de progreso histórico que puedan elegirse libremente en el mostrador de la historia, como cuando se eligen salchichas calientes o frías, sino que son momentos distintos en el desarrollo de la sociedad de clases, que se condicionan y complementan entre sí y al mismo tiempo se excluyen mutuamente, como el Polo Norte y el Polo Sur o la burguesía y el proletariado.

“Todo ordenamiento jurídico no es más que un producto de la revolución. En la historia de las clases, la revolución es el acto político creador, mientras la legislación sólo expresa la pervivencia política de una sociedad. La reforma legal no posee impulso propio, independiente de la revolución, sino que en cada período histórico se mueve en la dirección marcada por el empujón de la última revolución y mientras ese impulso dure. O dicho más concretamente: sólo se mueve en el contexto del orden social establecido por la última revolución. Este es el punto crucial de la cuestión.

“Es absolutamente falso y completamente ahistórico considerar las reformas como una revolución ampliada y, a su vez, la revolución como una serie de reformas concentradas. La reforma y la revolu­ción no se distinguen por su duración, sino por su esencia. (...)

“Por lo tanto, quien se pronuncia por el camino reformista en lugar de y en contraposición a la conquista del poder político y a la revolución social no elige en realidad un camino más tranquilo, seguro y lento hacia el mismo objetivo, sino un objetivo diferente (...)

“La necesidad de la conquista del poder político por parte del proletariado siempre estuvo fuera de toda duda para Marx y Engels. Quedó reservado para Bernstein el honor de considerar el gallinero del parlamentarismo burgués como el órgano destinado a realizar el cambio social más imponente de la historia: la transformación de la sociedad capitalista en otra socialista”.

La consideración de que el capitalismo es un sistema reformable a través del parlamentarismo y las instituciones políticas del propio régimen capitalista ha demostrado su bancarrota no sólo en la arena teórica, sino también en el terreno de la lucha de clases. La revolución rusa de 1917 o la alemana de 1918 demostraron que la burguesía jamás abandonará pacíficamente su posición dominante en la sociedad, y mucho menos se suicidará políticamente y como clase utilizando sus propios organismos de poder político. Al fin y al cabo, para la clase capitalista, las formas de la democracia burguesa no son más que una manera más aceptable de garantizar su dictadura, su control efectivo de todas las esferas de la vida social. Por eso, cuando las formas “democráticas” no convienen a sus intereses, nunca duda en abandonarlas y adoptar otras menos “civilizadas” pero más eficaces para garantizar la supervivencia de su orden social.

En Problemas del socialismo, Bernstein llega muy lejos a la hora de justificar su nuevo credo teórico. Para él, el desarrollo monopolístico del capital, con la aparición de los trust y los cárteles, supone la superación de la anarquía de la producción capitalista, de la misma forma que las sociedades por acciones facilitaban la democratización del capital. De esta manera, el socialismo perdía su justificación científica, pues si el propio capital era capaz de superar sus contradicciones y garantizar el equilibrio en la producción, no había necesidad de luchar por una subversión del orden capitalista.

Este punto de vista fue duramente combatido por Rosa. Al contrario de lo que pretendía Berstein, la tendencia monopolística en el desarrollo del capitalismo, lejos de suavizar sus contradicciones, suponía un incremento cualitativo en la lucha por los mercados y la explotación de los ya existentes. El monopolio surge como negación dialéctica de la libre competencia, pero no acaba con la anarquía de la producción —derivada de la contradicción entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la apropiación—, ni tampoco con las crisis de sobreproducción que asolaron al mundo capitalista durante las décadas siguientes, provocando dos guerras mundiales.

 

Los efectos de la revolución rusa de 1905

 

El estallido de la revolución rusa de 1905 convulsionó las filas de la socialdemocracia alemana. Desde el primer momento, Rosa Luxemburgo saludó entusiastamente el movimiento revolucionario de las masas obreras de San Petersburgo y trabajó sistemáticamente para esclarecer la naturaleza de la revolución, sus aspiraciones estratégicas y sus necesidades tácticas.

En aquella época, era un lugar común que Rusia se enfrentaba a una revolución burguesa. Esta posición, mantenida de forma rutinaria por los líderes oficiales de la II Internacional, era también la de la fracción menchevique del POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia). Para unos y otros, la actitud del movimiento obrero y sus organizaciones debía consistir en apoyar, como ala izquierda, a la burguesía en su lucha contra el despótico régimen zarista. De esta manera, Rusia encarrilaría su futuro hacia el desarrollo del capitalismo, una vez liberada de la pesada herencia feudal, creando las bases materiales para el fortalecimiento del proletariado y para una futura transformación socialista de la sociedad.

Este punto de vista fue criticado por numerosos revolucionarios rusos y por Rosa Luxemburgo. Para Trotsky, que jugó un papel fundamental en la revolución, como presidente del Sóviet de San Petersburgo, las relaciones de producción dominantes en Rusia eran indudablemente capitalistas, aunque muy desiguales y combinadas con la pervivencia de formas económicas heredadas del pasado feudal. Esta forma de desarrollo desigual y combinado también determinaba la propia estructura de las clases y su papel en el proceso revolucionario. La nobleza terrateniente imponía al campesino formas de dominación semifeudales, además de controlar el régimen político y ser el principal sostén del zarismo. Por otro lado, la burguesía rusa estaba vinculada a esta nobleza a través de negocios conjuntos en la exportación de grano y en la propia industria, conformando con ella una oligarquía similar a la de otros países capitalistas atrasados. Esta burguesía había demostrado una extrema debilidad política y una renuncia expresa a llevar adelante las tareas que la historia le había asignado. Por otra parte, los vínculos del Estado zarista y la burguesía rusa con el capital imperialista francés y británico eran evidentes.

Tanto Trotsky como Lenin consideraban a la burguesía rusa una clase contrarrevolucionaria incapaz de llevar adelante las tareas de la revolución democrático-burguesa, es decir, la reforma agraria, la separación de la Iglesia y el Estado, la resolución de la cuestión de las nacionalidades o la industrialización de la nación, entre otras.

De este análisis se derivaba el papel del proletariado en la revolución. Para Trotsky no había duda: sólo la clase obrera en el poder, en alianza con el campesinado pobre, podría llevar a cabo estas tareas, pero eso mismo implicaría la liquidación del régimen autoritario del zarismo y la propiedad burguesa. Las tareas democráticas enlazarían sin interrupción con las socialistas, o lo que es lo mismo, para llevar a cabo las primeras se necesitaría de la democracia obrera y la expropiación del capitalismo ruso y de la propiedad imperialista. Esta postura política, conocida como la “revolución permanente”, fue también la de Rosa Luxemburgo en 1905. Lenin, que partía del mismo punto que Trotsky, estableció la formula de “dictadura democrático-revolucionaria de obreros y campesinos” para el futuro gobierno revolucionario. En cualquier caso, estas diferencias entre Trotsky y Rosa Luxemburgo, por un lado, y Lenin, por otro, se resolvieron durante la revolución de 1917: en sus famosas Tesis de abril, Lenin abandonó sin complejos su antigua definición, lo que le valió un duro enfrentamiento con una capa de los viejos dirigentes bolcheviques, y asumió completamente la posición de Trotsky. A partir de ese momento, las fuerzas del marxismo ruso encararon decisivamente la lucha por el poder socialista.

En 1905, Rosa Luxemburgo combatió sin ninguna vacilación la posición de los mencheviques y de sus aliados internacionales, demostrando su calidad como teórica marxista. Esto no impidió que mantuviese duras polémicas con Lenin, especialmente en lo referido a la estructura interna del partido y al papel de las masas en el movimiento. Muchas de estas polémicas y diferencias han sido deformadas por la escuela estalinista, que durante décadas no se cansó de distorsionar la auténtica posición de Rosa, estableciendo lugares comunes que han sido aceptados por amplios sectores del movimiento comunista sin crítica alguna.

En realidad, Lenin, que batallaba contra la indolencia y el reformismo de los mencheviques y para establecer las bases de un fuerte partido marxista de masas, presentaba sus argumentos de una forma extremadamente rígida, para enfatizar lo que él consideraba los puntos esenciales. Rosa, mucho mejor conocedora de la vida interna de la socialdemocracia alemana y del papel especialmente negativo en el desarrollo del reformismo que jugaba un aparato cada vez más crecido y liberado del control de la base, no podía sino aportar cautelas críticas a las ideas de Lenin sobre el carácter centralizado del partido. De igual manera, otras posturas que Lenin había vertido en escritos como Qué hacer —donde asignaba a la clase obrera una conciencia puramente sindical, para remarcar el papel fundamental del partido marxista como agitador y organizador del movimiento, lo que más tarde rectificaría— también fueron elemento de discrepancia con Rosa. Pero, en cualquier caso, las relaciones entre ambos revolucionarios fueron siempre óptimas, y jamás se tradujeron en calumnias ni difamaciones. Todavía quedaba lejos la época en que los métodos desleales y ponzoñosos de la escuela de falsificación estalinista se convertirían en norma dentro del movimiento comunista internacional.

Las enseñanzas políticas de la revolución de 1905 también supusieron un aldabonazo para el proletariado polaco y abrieron otros campos de batalla en el seno de la socialdemocracia alemana. Partiendo de las lecciones de la revolución en Rusia, Rosa Luxemburgo considera el papel de la huelga de masas como un instrumento de primer orden en la lucha revolucionaria por el poder. Su obra Huelga de masas, partido y sindicato constituyó el principal alegato contra las posiciones gradualistas y de colaboración de clases mantenidas por los dirigentes del SPD y de los sindicatos y abrió un profundo debate entre las bases socialistas. Gran parte de las ideas sobre la llamada “espontaneidad de las masas” provienen de ese debate, en el que Rosa Luxemburgo trata de sacar conclusiones de la experiencia de los trabajadores rusos, frente a la posición esclerótica y reformista de los dirigentes mencheviques. Para Rosa, el movimiento revolucionario de la lucha de clases no podía ser delineado como un plan preestablecido desde los despachos oficiales del partido. La vida era más compleja y rica en acontecimientos que cualquier manual burocrático. Obviamente, la espontaneidad que las masas pueden demostrar en la acción, como se ha demostrado en todas las revoluciones, desde la rusa a la española de 1936/39 o más recientemente en Argentina, no excluye la necesidad de una dirección revolucionaria experimentada que cuente con una táctica y un programa para garantizar el triunfo. Rosa explicó esto en numerosas ocasiones. Sin embargo, su profundo rechazo al papel conservador de los funcionarios socialdemócratas y al proceso de degeneración reformista del SPD le hizo infravalorar en más de una ocasión, especialmente durante la revolución alemana de 1918, la necesidad de establecer una sólida estructura de cuadros marxistas centralizada, disciplinada y con raíces en el movimiento obrero, que es la única manera de afrontar seriamente la tarea de eliminar la perniciosa influencia del reformismo en la clase obrera. Lenin tenía una posición mucho más correcta sobre la política de cuadros, el carácter del partido y sus tareas en la revolución.

 

La crisis del capitalismo y la guerra imperialista

 

Rosa Luxemburgo brilló con luz propia en el firmamento teórico del marxismo. Su producción política abarcó diferentes terrenos, desde la lucha contra el revisionismo a la cuestión nacional y especialmente la economía política, donde desarrolló una serie de tesis polémicas y, en nuestra opinión, equivocadas. Su teoría sobre la crisis y el hundimiento final del capitalismo, asignando a las esferas de territorios no capitalistas un papel clave, le llevó a considerar el fin del reparto colonial como la causa decisiva de la crisis. Estas posiciones de la revolucionaria polaca fueron contestadas por otros marxistas, como Trotsky, Lenin y Bujarin.

A medida que la crisis del capitalismo se agudizaba, después de un prolongado período de ascenso, el papel reaccionario del imperialismo se ponía cada vez más de manifiesto. La amenaza para millones de hombres y mujeres de todo el mundo, incluyendo la Europa avanzada, no se limitaba ya a la extrema explotación de la fuerza de trabajo, sino a la perspectiva de una guerra devastadora. Kautsky, que hasta el momento había conservado el marchamo de teórico ortodoxo del marxismo, elaboró su propia teoría, aprobando la expansión del capitalismo al tiempo que afirmaba que dicha expansión no era imperialismo. Sus ideas fueron contestadas por Rosa Luxemburgo en diferentes trabajos y por Lenin en su famoso libro El imperialismo, fase superior del capitalismo. Esta posición de Kautsky presagiaba la bancarrota política de la socialdemocracia ante la guerra imperialista.

Hay que señalar que, en las pugnas fundamentales en el interior de la socialdemocracia alemana, Rosa Luxemburgo siempre mantuvo el punto de vista del marxismo. El propio Lenin tuvo que reconocer posteriormente que en este asunto estaba equivocado, pues en no pocas ocasiones defendió a Kautsky frente a Rosa.

La crisis prebélica afectó directamente a la socialdemocracia internacional. En el interior del SPD se dibujaron tres sectores: la derecha, que agrupaba a los organismos dirigentes del partido y de los sindicatos; el centro, donde a duras penas se situaba Kautsky, inclinado siempre a capitular ante la derecha en las cuestiones políticas fundamentales; y la izquierda, con Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Mehring, Liebknecht, Karski, Rádek y Pannekoek.

El estallido de la guerra imperialista en 1914 supuso la quiebra definitiva de la II Internacional como organización revolucionaria. Todos los manifiestos internacionales contra la carnicería imperialista aprobados en los congresos internacionales quedaron reducidos a cenizas. Las direcciones de los diferentes partidos socialdemócratas adoptaron una posición chovinista y de apoyo a sus respectivas burguesías, contribuyendo así a arrojar a millones de proletarios de toda Europa a las trincheras de una guerra reaccionaria.

El SPD no fue una excepción. Su dirección se puso en bloque tras el káiser, votando a favor de los créditos de guerra y justificando la política agresiva de la burguesía germana. Igual ocurriría en Francia o en Rusia. Tan solo una minoría de la Internacional se mantuvo fiel a los principios del internacionalismo proletario y a la bandera del marxismo. En esa minoría se encontraban Rosa Luxemburgo y sus camaradas de la izquierda del SPD, Lenin y los bolcheviques, Trotsky y unos pocos más.

Rosa Luxemburgo fue encarcelada desde 1916 hasta enero de 1918, cuando fue liberada durante los acontecimientos revolucionarios. Sus carceleros fueron el estado mayor alemán y la dirección socialdemócrata. En la cárcel nunca desesperó, al contrario, contribuyó decididamente a organizar la lucha contra la guerra imperialista y dar forma a la oposición marxista en el seno del SPD. Con la formación de la Liga Espartaquista, Rosa, Clara Zetkin, Liebknecht, Mehring, Jogiches y muchos otros intervinieron en los grandes acontecimientos de la lucha de clases, levantando la bandera del marxismo del barro por el que la socialdemocracia oficial la había arrastrado.

La revolución alemana de 1918 pudo haber cambiado completamente la situación de Europa. Su profundidad y desarrollo, sólo comparables a la Revolución Rusa, provocó el pavor de la clase dominante en todo el continente. El papel de Rosa Luxemburgo en la revolución fue inmenso, participando en primera línea de la lucha como organizadora de la Liga Espartaquista y, posteriormente, del recién constituido Partido Comunista Alemán (KPD). Finalmente, el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht a manos de la guardia contrarrevolucionaria del socialdemócrata Noske decapitó la revolución y privó al proletariado alemán y del mundo entero de dos de sus dirigentes más preciados. Pero su sacrificio no fue en vano, pues su pensamiento sigue vivo en la actividad de todos los marxistas y revolucionarios de los cinco continentes.

Hoy es el momento de rescatar el pensamiento político de Rosa Luxemburgo y su contribución decisiva a la lucha por el socialismo y de limpiar su memoria de las calumnias con que el estalinismo cubrió durante décadas su figura. Coincidimos por ello completamente con Lenin cuando, a propósito de la publicación de su fragmentario escrito sobre la revolución rusa, escribió en febrero de 1922: “Vamos a contestar a esto con dos líneas de una estupenda fábula rusa: Un águila puede en ocasiones descender más bajo que una gallina, pero una gallina jamás podrá ascender a la altura que puede hacerlo un águila. Rosa Luxemburgo se equivocó en la cuestión de la independencia de Polonia; se equivocó en 1903 cuando enjuició al menchevismo; se equivocó (...) Pero a pesar de todas esas faltas, fue y sigue siendo un águila; y no solamente su recuerdo será siempre venerado por los comunistas de todo el mundo, sino que su biografía y la edición de sus obras completas (con las que los comunistas alemanes se retrasan en forma inexplicable, lo que parcialmente se puede disculpar pensando en la insólita cantidad de víctimas que han registrado en su lucha) representarán una valiosa lección para la educación de muchas generaciones de comunistas de todo el mundo” (Pravda nº 87, 16/4/1924).

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