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ÍNDICE

 

Francia 1934-1937

Prefacio a la presente edición en castellano                 

Prefacio del autor a la edición francesa de 1936                      

¿Adónde va Francia?              

Una vez más ¿Adónde va Francia?                  

            I.          ¿Cómo se llega a una situación revolucionaria?           

            II.         Las reivindicaciones inmediatas y la lucha por el poder            

            III.         La lucha contra el fascismo y la huelga general            

            IV.        Socialismo y lucha armada                  

            V.         El proletariado, los campesinos, el ejército, las mujeres, los jóvenes               

            VI.        Por qué la Cuarta Internacional             

Conclusión                  

Frente Popular y comités de acción                 

Francia en la encrucijada                     

La etapa decisiva                    

La revolución francesa ha comenzado             

Ante la segunda etapa             

 

Francia, 1934-1937

 

Los trabajadores franceses poseen grandes tradiciones revolucionarias. En el curso de la historia han intentado acabar, con el impulso y la audacia extraordinaria de la que son capaces, con la explotación capitalista. Ocurrió así durante la Comuna de París en 1871, en las grandes huelgas y ocupaciones de 1936, en la situación revolucionaria de 1944-1947 y en la revolución de 1968. Las enseñanzas de estos acontecimientos tienen una importancia crucial para aquellos que participamos en la lucha contra el capitalismo. Incluso hoy en día, la gran amplitud de las luchas en Francia llama regularmente la atención de los trabajadores en todo el mundo. La curva ascendente de movilizaciones de los jóvenes y del movimiento obrero francés, desde 1995 pero sobre todo desde 2002, demuestra que este país pronto conocerá una nueva e importante confrontación entre las clases, o más exactamente, toda una serie de enfrentamientos, en el transcurso de los cuales el derrocamiento del capitalismo se colocará en el orden del día como la tarea práctica inmediata del movimiento sindical, socialista y comunista.

El movimiento revolucionario cuyo punto culminante fue la huelga general de mayo-junio de 1936, comenzó como reacción al levantamiento contra el parlamento de las ligas fascistas el 6 de febrero de 1934. ¿Adónde va Francia? y otros textos de Trotsky relacionados con este período constituyen un análisis marxista de estos acontecimientos de una riqueza y claridad excepcionales. Aquella fue una oportunidad histórica para derrocar al capitalismo francés y asestar un golpe devastador al fascismo en Alemania, Italia y España. Una oportunidad perdida por los dirigentes socialistas y comunistas de la época, con consecuencias trágicas para los trabajadores de Francia y de toda Europa.

La crisis económica mundial anunciada por el desplome de la bolsa de Wall Street, en octubre de 1929, se propagó casi inmediatamente a la mayoría de los países europeos. Francia se salvó, relativamente, de los primeros envites de la recesión mundial. Pero finalmente, entre 1931 y 1932 la producción industrial cayó bruscamente un 22%, estancándose en este nivel hasta 1940 e incluso más allá.

La crisis industrial afectó de lleno a la clase obrera. El número de parados sobrepasó los 350.000 en 1932, para alcanzar los 826.000 en 1936. El poder adquisitivo se hundió. Tanto en el campo como en la ciudad, se extendía la miseria. Las clases medias (pequeños campesinos, pequeños propietarios, comerciantes, etc.), arruinadas o amenazadas con la ruina, se alejaban en masa del Partido Radical —el principal partido capitalista de la época—, girando hacia las organizaciones fascistas que se aprovechaban de la parálisis del parlamento de la Tercera República, llevando a cabo una intensa agitación por su disolución.

 

Tormenta en el SFIO

 

En el congreso del SFIO1 que tuvo lugar en Tours en diciembre de 1920, el ala de derechas del partido se encontraba en minoría. De los 180.000 militantes con que contaba el partido, más de 90.000 habían ingresado después de 1918. Los nuevos militantes eran jóvenes, rebelados ante el horror de la guerra imperialista que acababa de terminar, animados por una hostilidad implacable hacia los dirigentes “socialistas” que habían avalado la carnicería en nombre de la “Sagrada Unión” con la burguesía. La mayoría de estos militantes socialistas estaban entusiasmados con la Revolución Rusa y la Internacional Comunista, y habían participado en la poderosa oleada de huelgas y agitación social que había sacudido a Francia nada más terminar la guerra. La escisión que tuvo lugar en el congreso de Tours, privó al ala de derechas del partido de tres cuartas partes de la militancia, de sus medios económicos y de su periódico, L’Humanité, que se convirtió en el órgano del naciente Partido Comunista Francés. No obstante, la dirección de derechas del SFIO siguió conservando 55 de los 68 diputados elegidos a la Asamblea Nacional en 1919, además de todos los alcaldes, concejales y jefes de federaciones. Fueron los burócratas preocupados esencialmente por conservar sus posiciones los que permanecieron en la “casa”, sostenidos por una fracción de militantes minoritaria y ampliamente desmoralizada.

Incluso después de la escisión, el SFIO conoció toda una larga serie de crisis internas dividiéndose entre un ala de izquierdas, hostil a todo entendimiento con el Partido Radical, y un ala de derechas, a favor de un gobierno de coalición con los radicales. En 1924, el dirigente radical Edouard Herriot2 llegó a proponer al SFIO una coalición de gobierno. Las negociaciones entre los dos partidos fracasaron, aunque la dirección del SFIO, en torno a León Blum3, se comprometió a apoyar sin reservas al gobierno radical. “Estabamos convencidos”, escribiría posteriormente Blum, “de que seríamos de más ayuda al Partido Radical apoyándolo desde fuera y por unanimidad, que colaborando con él en nombre de un partido inestable y dividido”.

A raíz de la toma del poder de Hitler en Alemania, los neosocialistas del SFIO (el ala más de derechas), en torno a Marcel Déat y Adrien Marquet, defendieron una política de “orden y autoridad” porque estas consignas, según decían, explicaban el éxito de los fascistas. Más tarde, ellos mismos se convertirían en notorios fascistas, ofreciendo sus servicios a los nazis después de la ocupación alemana en 1940: Marquet como ministro de Justicia y Déat como ministro de Trabajo. Los neosocialistas, con 22 diputados, 7 senadores y aproximadamente 20.000 militantes, rompieron con el SFIO en octubre de 1933. Algunos meses más tarde, el “látigo de la contrarrevolución” del 6 de febrero de 1934 impulsó precipitadamente a la clase obrera francesa al escenario de la historia.

 

El PCF y el ‘tercer período’

 

Apenas un año después del ascenso al poder de los nazis en Alemania, la manifestación de los fascistas franceses en febrero de 1934, armados y numerosos, provocó una auténtica conmoción en las filas de la clase obrera francesa. En Alemania, la división de los trabajadores había facilitado, en gran medida, la victoria de los fascistas. La política estalinista del tercer período —inaugurada por la Internacional Comunista en su V Congreso de 1928— significó, en la práctica, que los dirigentes comunistas alemanes se opusieran a toda acción común entre los trabajadores comunistas y los socialdemócratas. Estos últimos fueron considerados, a partir del citado congreso de la IC, como socialfascistas. Los jefes de la Internacional Comunista rechazaron toda posibilidad de acuerdo de lucha entre las organizaciones obreras.

En Francia, el PCF siguió una política similar hasta 1934. Después de 1924 la política del partido se caracterizó por una serie de zigzags, y la posición del tercer período no podía sino empeorar la desorientación de los militantes. En 1929, Trotsky resumía así la situación: “Los primeros pasos del partido habían estado llenos de promesas. La dirección de la Internacional Comunista unía entonces la perspicacia revolucionaria con la audacia y la atención más profunda a las peculiaridades concretas de cada país. Sólo a través de esta vía era posible el éxito. Los cambios de dirección en la URSS […] se reflejaron perniciosamente sobre la vida de toda la Internacional Comunista, incluido el partido francés. Se rompió automáticamente la continuidad del desarrollo y la experiencia. Los que dirigían el PCFen la época de Lenin no sólo fueron expulsados de la dirección, sino también del partido. Ya no se podía permitir más que a aquellos que mostrasen la suficiente voluntad de reproducir todos los zigzags de la dirección de Moscú”.

En consecuencia, de 1925 a 1929, los efectivos del PCF pasaron de 83.000 a 35.000 militantes. La mistificación política del tercer período y la asimilación de los trabajadores socialistas como socialfascistas aislaron cada vez más al partido de las masas de los trabajadores. En 1931-1932 no quedaban más que 10.000 militantes en las filas del partido comunista que corría el riesgo de convertirse en una secta. En un artículo publicado en La Vérité4 el 17 de noviembre de 1933, Trotsky explica cómo la teoría del socialfascismo estaba minando la credibilidad del movimiento comunista ante los ojos de los trabajadores:

“La fórmula ‘fascismo o comunismo’ es absolutamente justa, pero sólo en última instancia. La fatal política de la Internacional Comunista, respaldada por la autoridad del Estado obrero, no sólo comprometió los métodos revolucionarios sino que dio a la socialdemocracia, manchada por crímenes y traiciones, la posibilidad de levantar de nuevo sobre la clase obrera la bandera de la democracia burguesa como la bandera de la salvación.

“Decenas de millones de trabajadores están alarmados hasta lo más recóndito de su conciencia ante el peligro del fascismo. Hitler les ha mostrado de nuevo lo que significa el aplastamiento de las organizaciones obreras y los derechos democráticos más elementales. Los estalinistas afirmaban durante estos últimos años que entre el fascismo y la democracia burguesía no había diferencia, que el fascismo y la socialdemocracia eran gemelos. Los obreros del mundo entero se convencieron por la trágica experiencia alemana de lo absurdamente criminales que eran tales discursos”.

A partir de febrero de 1934, los dirigentes del PCF acometen un cambio brusco de orientación. Frente a la amenaza mortal del fascismo, la clase obrera francesa aspiraba instintivamente a la unidad de acción. En las manifestaciones antifascistas del 12 de febrero en París, el cortejo de los comunistas se mezclaba entusiasmado, al grito de “¡unidad!”, “¡unidad!”, con el de los socialistas a los que según la línea oficial del PCF se calificaba como socialfascistas. Los dirigentes del partido no podían hacer nada para impedir esta unión de la base. La teoría del socialfascismo, rechazada por la militancia comunista, ya no podía sostenerse.

Sin embargo, la política sectaria del PCF no fue sustituida por el programa del frente único revolucionario de las organizaciones obreras, sino por la política de colaboración de clase dictada por Moscú, cuyas consecuencias iban a resultar desastrosas para los trabajadores franceses. Maurice Thorez5 y la dirección del PCF predicaron una nueva “unión sagrada”, rebautizada para la ocasión como “Frente Popular”. El Frente Popular incluía no sólo a los socialdemócratas, sino también a la clase capitalista, encarnada por el Partido Radical. Así pues, los socialfascistas y radical-fascistas de ayer, se convertían a partir de ese momento en aliados de primera importancia en la lucha contra el fascismo.

El abandono de la teoría del socialfascismo respondía también a las exigencias del nuevo cambio de dirección en la política exterior de la URSS, dictada por la degeneración burocrática de la Revolución Rusa. Con la llegada de Stalin al poder a partir de 1924, la política del Estado soviético atravesó toda una serie de zigzags, que eran la consecuencia de la afirmación progresiva del dominio de la casta burocrática conservadora, en el contexto de agotamiento y aislamiento de la revolución en un país atrasado. La teoría del “socialismo en un solo país”, mencionada por primera vez por Stalin en 1924 y luego ratificada como doctrina oficial de la Internacional Comunista en 1928, significaba el abandono del internacionalismo revolucionario a favor de una política al servicio de los intereses diplomáticos de la burocracia soviética. Trotsky, mientras tanto, predecía que la adopción de esta “teoría” por la Internacional Comunista conduciría inevitablemente a la degeneración reformista y nacionalista de sus secciones nacionales. El rumbo posterior de los acontecimientos, tanto en Francia como en otras partes, confirmarían este pronóstico de una manera trágica.

Amenazado por la llegada al poder de Hitler y el rearme de Alemania, el Estado soviético buscó el apoyo diplomático de las “democracias” capitalistas europeas, de Gran Bretaña y Francia. Stalin tendió la mano a los partidos capitalistas seguidores de la “seguridad colectiva”. En mayo de 1935, el presidente del Consejo de Ministros francés, Pierre Laval6, visitó Moscú y firmó un pacto de ayuda franco-soviético. Stalin declaró entonces que aprobaba la política de defensa de Francia. Inmediatamente, el PCF cesó toda actividad y propaganda antimilitarista, adoptando la bandera tricolor y La Marsellesa.

Un mes más tarde, la dirección del PCF se declaró dispuesta a sostener a un gobierno capitalista dirigido por el Partido Radical “con tal de remediar la crisis económica y defender las libertades democráticas”. Esta declaración coincidió con un llamamiento a los radicales por parte de Blum, que les invitaba a formar “un gran movimiento popular […] contra los efectos económicos, políticos y sociales de la crisis capitalista”. El Partido Radical, sacrificado en cuerpo y alma a los intereses de los capitalistas, ¡debía luchar contra las doscientas familias7!

La alianza con los radicales implicaba la limitación del programa del Frente Popular a reformas superficiales, sin poner absolutamente en entredicho los intereses fundamentales de los capitalistas. El PCF, aún más que el SFIO, se negaba obstinadamente a integrar en el programa del Frente Popular aquellas medidas susceptibles de “alejar a los radicales”. Thorez hacía hincapié en el hecho de que la propiedad capitalista de la industria y los bancos se debía respetar escrupulosamente. La alianza con los radicales se consagró, el 14 de julio de 1935, al término de un desfile “patriótico” en las calles de París. Blum y Thorez marcharon junto al radical Daladier8. Un hecho significativo: en dicha fecha el Partido Radical todavía formaba parte del gobierno reaccionario de Pierre Laval, y no lo abandonó hasta enero de 1936. Laval, al igual que Déat y Marquet, participó en el régimen de Pétain. Sería fusilado en 1945.

 

De las elecciones a la huelga general

 

Finalmente, el Frente Popular ganó en las elecciones del 26 de abril y 3 de mayo de 1936. Los radicales fueron los grandes perdedores de los comicios, sufriendo un retroceso de 400.000 votos. Pero su derrota se dulcificó en la segunda vuelta debido a las renuncias de socialistas y comunistas a su favor, convirtiéndose así en los árbitros en la Cámara de Diputados: sin los radicales no era posible ninguna mayoría. Los comunistas, por el contrario, consiguieron 1.469.00 votos, lo que representaba 700.000 votos más que en las anteriores elecciones. En lo que respecta al SFIO, la ruptura con los neosocialistas apenas les costó 34.000 votos, y con un total de 1.977.000 votos sobrepasan a los radicales en 20.000 votos. Con 146 escaños, el SFIO se convierte, por primera vez en la historia del país, en el grupo más importante de la cámara. En cuanto a los radicales, consiguen 116 escaños, frente a los 159 que tenían anteriormente. El PCF pasa de 10 a 77 escaños.

La Constitución de la Tercera República preveía un plazo de un mes entre las elecciones y la toma de posesión del nuevo gobierno. Ese período se consagraba generalmente a la pacífica atribución de las carteras ministeriales y otras formalidades administrativas. Pero 1936 marcaría el principio del mayor movimiento revolucionario que había conocido Francia desde la Comuna de París. Mientras Blum, con el apoyo de Thorez y los dirigentes del PCF, se preparaba para velar por los intereses del capitalismo en colaboración con el principal partido capitalista del país, la clase obrera pasaba a la acción.

El 14 de mayo, los obreros metalúrgicos de la fábrica Bloch se ponían en huelga. Esa noche ocuparon la fábrica. Los vecinos de la ciudad les llevaron víveres y aliento. La dirección de la fábrica cedió al día siguiente, concediendo a los huelguistas un aumento salarial y vacaciones pagadas. En los días siguientes, se producen en el país otros movimientos huelguísticos que también terminan en victoria. Estos primeros triunfos despiertan la atención del conjunto de la clase obrera. Blum, que se esfuerza por tranquilizar a los medios capitalistas en cuanto a la “moderación” de sus intenciones, se asusta ante la amplitud del movimiento. Hace un llamamiento solemne a los trabajadores a observar paciencia, es decir, a la inacción. En vano. El 26 de mayo todas las fábricas del sector automovilístico, incluidos los 35.000 trabajadores de la fábrica Renault, y de la industria de la aviación del departamento del Sena se ponen en huelga. La dirección de la CGT, reunificada desde el mes de marzo bajo la dirección de Léon Jouhaux9, no está en absoluto a favor del desencadenamiento de este movimiento que se extiende rápidamente a las otras industrias, y que comprende a los obreros que trabajan en las obras de construcción de la Exposición Universal. Jouhaux incita a los trabajadores a que regresen al trabajo, pero no puede impedir la extensión del movimiento. Más allá de los trabajadores industriales, el movimiento huelguístico gana a capas de la clase obrera hasta ese momento desorganizadas e inertes, en general explotadas muy duramente.

Las señales del despertar revolucionario de la clase obrera se multiplican. El 24 de mayo, en la manifestación tradicional de conmemoración de la Comuna de París, en Père Lachaise, el número de manifestantes, que normalmente nunca sobrepasaba unos cuantos centenares, se aproxima ¡a los 600.000! Militares procedentes de un cuartel de Versalles llevaban una banderola en la que se podía leer: “La soldadesca versallesca de 1871 asesinó la Comuna. Los soldados versallescos de 1936 la vengarán”.

Los trabajadores reclamaban garantías de salario mínimo, la semana de 40 horas semanales (en lugar de las 48), aumento de las horas extraordinarias y vacaciones pagadas. Noche y día, ocupaban sus centros de trabajo, creaban piquetes, comités que velaban por la aplicación de las decisiones colectivas y la protección de la herramienta de trabajo contra los actos de sabotaje. El 31 de mayo, Le Temps, portavoz de la clase capitalista, constata con horror “el orden que reina en las fábricas”. Los trabajadores se implican, dice el diario, “como si las fábricas ya les pertenecieran”. El 4 de junio, la víspera de la toma de posesión del nuevo gobierno, las huelgas se extienden prácticamente a todas las industrias y comienzan a paralizar la economía nacional.

La huelga general de 1936 llevó la lucha de clases a un nivel que planteaba directamente la cuestión del poder. Como señaló Trotsky acertadamente: “es la unión clara de los oprimidos contra sus opresores”. Por su misma naturaleza, la huelga general obligó a la clase obrera a instaurar su control directo de los medios de producción y asumir progresivamente las funciones del Estado. A través de la acción vigorosa de los trabajadores, se creó una situación revolucionaria en la que tomó cuerpo —en una forma embrionaria— el futuro Estado socialista. Esta amenaza contra la existencia misma del Estado capitalista entró en absoluta contradicción con la colaboración de clase personificada por el Frente Popular. La huelga general asustaba no sólo a la clase capitalista y sus representantes en la dirección del Partido Radical, sino también a los arquitectos “socialistas” y “comunistas” del Frente Popular. Thorez insistía en que esto no afectase a la propiedad capitalista y los trabajadores, por su parte, ¡se apoderaban directamente de esta propiedad!

Los llamamientos a la calma, a la moderación y al regreso al trabajo, por parte de los dirigentes de la CGT, de Blum y de Thorez, no tenían ningún efecto. Thorez insistía en que la situación “no es revolucionaria” y ponía a los trabajadores en guardia contra el peligro de “hacer el juego al fascismo”. Pero los trabajadores no tenían en cuenta las consignas de sus “dirigentes”. Cuando Blum envió al dirigente sindical comunista Henri Reynaud, acompañado de Jules Moch (secretario general del gobierno), para conseguir que los huelguistas entregaran el combustible necesario a los panaderos de la capital, regresaron con las manos vacías: los trabajadores ni siquiera les abrieron la puerta.

El 6 de junio, el número de huelguistas superaba los 500.000. El 7 de junio se acercaba al millón. La patronal temía que la continuación del movimiento huelguístico llevara a una revolución y al final de la propiedad capitalista. Presa del pánico, y para ayudar a los dirigentes de la CGT a poner fin al movimiento, el gobierno Blum organizó las negociaciones en el Hotel Matignon el 7 de junio. Es una ley de la historia que cuando los capitalistas se encuentran ante la amenaza de perderlo todo, siempre hacen concesiones, recuperándose después cuando ha desaparecido la amenaza. Con este estado de ánimo, la patronal, representada por la CGPF, abordó las negociaciones de Matignon. Blum intentó limitar las concesiones a materias salariales, que finalmente fue del orden de un incremento entre el 7% y el 12% en el sector privado. La patronal concedió también la semana de 40 horas y 2 semanas de vacaciones pagadas, así como el principio de los acuerdos colectivos y de nuevos derechos sindicales.

En su discurso en la Cámara de los Diputados, Blum dijo “confiar” en los acuerdos de Matignon, pero destacó lo que todo el mundo ya sabía: “La crisis no ha terminado”. Era necesario promulgar rápidamente leyes relacionadas con las reformas prometidas. “Estamos, lo sabéis, caballeros, en unas circunstancias donde cada hora cuenta”. En efecto, los acuerdos de Matignon no pusieron fin al movimiento huelguístico, no permitió restablecer la autoridad de los dirigentes sindicalistas, comunistas y sindicales. Todo lo contrario, las huelgas redoblaron su intensidad. La CGT vio como su número de militantes pasaba de un millón a ¡5.300.000! Los metalúrgicos de la región parisina rechazaron el acuerdo y votaron a favor de seguir la huelga. El número de huelguistas aumentó no sólo en la industria y el comercio, sino también en el medio rural, donde millares de trabajadores agrícolas ocuparon las grandes explotaciones. En París y en numerosas ciudades de las provincias, los cafés, los hoteles y los restaurantes fueron ocupados por los asalariados. En este momento comenzaron a surgir organizaciones comparables a los sóviets de la Revolución Rusa. Por ejemplo, el 8 de junio, en la fábrica Hotchkiss, en Levallois un barrio al noroeste de París, una asamblea que agrupaba a los delegados de 33 fábricas de los alrededores votó una resolución exigiendo la elección de un “comité central de huelga”. El 11 de junio, todas las principales industrias de París, en el departamento del Sena, estaban en huelga y en una nueva asamblea en la capital se reunieron 587 delegados representando a 243 fábricas de la región parisina. El número total de huelguistas, según datos del gobierno, se acercaba al 1.200.000. Blum puso en alerta a las tropas de la guardia móvil dispuestas para salir hacia París a reprimir a los huelguistas, y no dejaba de repetir que su gobierno quería respetar “el orden”.

Los trabajadores chocaban constantemente con las direcciones de sus propias organizaciones, comprometidas como estaban en la defensa de la propiedad privada y en poner fin al movimiento huelguístico. El 11 de junio, Thorez se dirigió a los metalúrgicos. Los puso en guardia contra el riesgo, según su opinión, de asustar a la pequeña burguesía y romper el Frente Popular, “empeorando el desorden”. “Es necesario saber ceder en las transacciones, es necesario saber terminar una huelga (…) no ha llegado la hora de la revolución”. Los nuevos sectores de la clase obrera como, por ejemplo, las empleadas de los grandes almacenes de París, se lanzan a la lucha inmediatamente después de la intervención de Thorez, quién pretendía poner fin a esa situación. Sin embargo, durante las dos semanas siguientes, debido al comportamiento traidor de los dirigentes de las organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores, el movimiento huelguístico fue agotándose.

El gobierno del Frente Popular sólo se mantuvo doce meses, hasta junio de 1937. El capitalismo francés le debe su supervivencia. Más tarde, Blum mencionaría su papel en 1936 con los siguientes términos: “En aquella época, entre la burguesía y particularmente los medios patronales, se contaba conmigo como un salvador. La situación era angustiosa y el país se dirigía a la guerra civil así que sólo se podía esperar una intervención presidencial, la llegada de un hombre a quien se le atribuyera el poder de persuasión e influencia sobre la clase obrera, para hacerla entrar en razón y que terminara con ese abuso de su fuerza”. En los hechos, Blum jamás podría haber salvado al capitalismo francés, en 1936, sin el comportamiento igualmente traidor de Maurice Thorez.

* * *

León Trotsky llegó a Francia en julio de 1933, después de haber dejado su lugar de exilio en la isla de Prinkipo, frente a la costa de Estambul. Expulsado de Francia por segunda vez en junio de 1935 —ya lo fue en 1916 a causa de su actividad política contra la Primera Guerra Mundial— fue enviado en primer lugar a Noruega y después a México.

En aquellos momentos, la reacción levantaba la cabeza en Francia. Las concesiones conseguidas en junio de 1936 fueron eliminadas una tras otra. Blum abandonó a los trabajadores españoles a su suerte y sus sucesores no ocultaron su apoyo a las fuerzas franquistas. En Francia, los huelguistas y los manifestantes eran violentamente reprimidos por la policía y las bandas reaccionarias. Los banqueros y los grandes industriales financiaban y armaban a las organizaciones fascistas, en particular al PPF, dirigido por el ex comunista Jacques Doriot. En junio de 1940, el régimen dictatorial de Pétain coronó el triunfo de la contrarrevolución. Algunas semanas más tarde Trotsky fue asesinado en México por un agente estalinista. En un texto inacabado publicado después de su muerte, se encuentran las siguientes líneas sobre la situación en Francia:

“En Francia no hay fascismo en el sentido real del término. El régimen del senil mariscal Pétain representa una forma senil del bonapartismo de la época de declive imperialista. Pero este régimen fue posible sólo después de que la prolongada radicalización de la clase obrera francesa, que condujo a la explosión de junio de 1936, falló en encontrar una salida revolucionaria. La Segunda Internacional y la Tercera, la reaccionaria charlatanería de los ‘frentes populares’, engañaron y desmoralizaron a la clase obrera. Después de cinco años de propaganda en favor de una alianza de las democracias y de la seguridad colectiva, después del súbito pasaje de Stalin al bando de Hitler, a la clase obrera francesa se la pilló desprevenida. La guerra provocó una terrible desorientación y un estado de derrotismo pasivo, o para decirlo más correctamente, la indiferencia de un callejón sin salida. De esta maraña de circunstancias surgió la catástrofe militar sin precedentes y luego el despreciable régimen de Pétain.

“Precisamente porque el régimen de Pétain es bonapartismo senil no contiene ningún elemento de estabilidad y puede ser derribado mucho más pronto que un régimen fascista por un levantamiento revolucionario de masas”. El levantamiento que Trotsky esperaba tuvo lugar en agosto de 1944.

 

Setenta años después

 

El desarrollo industrial de Francia después de la Segunda Guerra Mundial ha supuesto una profunda modificación de las relaciones entre la clase capitalista y la asalariada, que constituye hoy el 86% de la población activa. Los trabajadores garantizan todas las funciones esenciales de la sociedad. Nunca, en la historia de Francia, la clase trabajadora ha sido tan fuerte incluso desde el punto de vista de su peso numérico. El aumento de la tecnología en el proceso productivo y la evolución correspondiente de la división del trabajo, hacen que las distintas formas de actividad económica y social alcancen un grado de interdependencia sin precedentes, de modo que una huelga en un sector determinado, incluso aunque implique a un número relativamente pequeño de asalariados, rápidamente puede provocar la parálisis de sectores enteros de la economía. La concentración de los medios de producción y la división del trabajo que acompaña al desarrollo del capitalismo, se traducen en un aumento del peso social y económico de los trabajadores y, en consecuencia, de su poder potencial, en detrimento de todas las demás clases sociales.

En los años treinta, la población urbana sólo constituía la mitad de la población total. En la actualidad, la población “rural” propiamente dicha, no representa más del 6% de la población, y entre los activos de esta pequeña minoría, el 85% son asalariados. La erosión de las capas intermedias de la sociedad significa que la forma más extrema de reacción capitalista, la instauración de un régimen fascista, hoy es imposible en Francia. La base social necesaria para el desarrollo de un movimiento fascista de masas hoy ya no existe.

Marx decía que Francia era el país dónde la lucha de clases en siempre lleva hasta el final. En su época, el lugar aún preponderante del campesinado en la economía y el ejército, significaba que un movimiento revolucionario urbano que no era capaz de atraer rápidamente el apoyo de las capas inferiores de la pequeña burguesía, inevitablemente, era aplastado. Los acontecimientos de junio de 1848 y la experiencia de la Comuna de París en 1871, ilustran bien esta trágica realidad.

A partir de junio de 1936, no se necesitó más de doce meses para que la correlación de fuerzas cambiara radicalmente a favor de la clase capitalista. En las condiciones contemporáneas de Francia, sin embargo, el paso social aplastante de la clase obrera hace que en cuanto se inicia en serio el proceso revolucionario, los trabajadores no sólo dispongan de una, sino toda una serie de oportunidades para tomar el poder, sin que, en el tiempo de reflujo, la clase capitalista pueda invertir de manera decisiva la situación a su favor. La revolución de 1968, como la de 1936, fue abortada por la dirección estalinista del PCF. Pero el curso de los acontecimientos que siguió a la derrota de 1968, ilustra los límites impuestos a la reacción por la nueva correlación de fuerzas entre las clases. Estos límites son aún más grandes hoy en día.

Así pues, hoy, el movimiento obrero francés se enfrenta al capitalismo en un contexto nacional e internacional infinitamente más favorable que en los años treinta. Las premisas fundamentales para la próxima revolución francesa residen en la incapacidad del capitalismo para desarrollar la economía, en su decadencia como potencia mundial y en la regresión social permanente que ha impuesto a la masa de la población. La huelga general del transporte en 1995, la derrota de la derecha en las elecciones legislativas de 1997, la oleada de huelgas por la aplicación de la jornada laboral de 35 horas semanales, las huelgas en la educación pública, las colosales manifestaciones contra el Frente Nacional en las elecciones presidenciales de 2002, las movilizaciones contra la reforma de las pensiones, contra la Constitución Europea y contra el “Contrato de Primer Empleo” (CPE) en 2003, 2005 y 2006, son señales precursoras de la inmensa confrontación entre las clases que se avecina.

La próxima revolución será “solamente nacional” en el sentido en que su tarea inmediata será poner fin a la influencia de la clase capitalista francesa sobre la economía, sobre la administración, sobre las fuerzas armadas y la policía, sobre todos los instrumentos de su poder. Pero será, desde el primer día, un acontecimiento internacional, tanto en sus causas fundamentales como en sus consecuencias a corto plazo. Sacudirá el orden capitalista y provocará un entusiasmo masivo en toda Europa y en el mundo entero.

El estudio de las lecciones de 1936 no tiene nada que ver con un ejercicio académico. Debe servir para preparar a la nueva generación de revolucionarios para las pruebas que les esperan en el próximo futuro. La victoria no está garantizada por anticipado. Al igual que un ejército tiene necesidad de generales, teóricos y estrategas que asimilen las lecciones de las últimas guerras, los trabajadores tendrán la necesidad también, en el enfrentamiento decisivo entre las clases que se presagia, de dirigentes que personifiquen esta experiencia histórica del movimiento obrero internacional, dotados de un temperamento revolucionario intransigente y de una confianza inquebrantable en la capacidad de la clase obrera para apoderarse del poder, para organizar la sociedad sobre una bases nuevas y para abrir una nueva era en la historia de la humanidad, la del socialismo internacional.

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