La Fundación Federico Engels acaba de publicar la edición más completa en castellano del clásico de Lenin, Las Tesis de Abril. Con una nueva traducción y un amplio aparato crítico, incluye los textos fundamentales de la batalla que el dirigente bolchevique libró dentro del partido contra las políticas de conciliación y colaboración de clases: Cartas desde Lejos, los discursos ante los diputados bolcheviques y mencheviques, Las Tesis de Abril publicadas en Pravda, Cartas sobre Táctica, los materiales de la Conferencia Pan Rusa de los bolcheviques del mismo mes, entre otros muchos.
Las Tesis de Abril. El camino a la revolución · 308 páginas · 20 euros
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A continuación, os dejamos con la introducción escrita por nuestro compañero Juan Ignacio Ramos.
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Lenin y la lucha ideológica dentro del bolchevismo
El levantamiento de los obreros y soldados de San Petersburgo en el mes de febrero de 1917 marcó el inicio de la revolución y el derrumbe del régimen zarista. Un cambio histórico tan trascendental solo podía responder a poderosas razones sociales, económicas y políticas, y a una transformación general de la conciencia de los oprimidos.
La guerra y la revolución sostuvieron una íntima relación en aquellos años: millones de soldados rusos triturados como carne de cañón, generales y políticos aristocráticos cargados de una ruina moral que paseaban públicamente, la escasez crónica y el hambre de la retaguardia… todo confluyó atizando el espíritu de la rebelión.
Después de siglos de tiranía y opresión, el zarismo fue derrocado con una rapidez extraordinaria y sin apenas derramamiento de sangre. Un hecho que entrañaba una enorme gravedad para la burguesía rusa: la caída del absolutismo podía ser la antesala del hundimiento del capitalismo.
La reacción se encontraba arrinconada, y por mucho que los carcamales monárquicos y la élite cortesana se empeñaran en trazar planes para aplastar a los insurrectos, las tropas estaban contagiadas de la euforia revolucionaria. En esas circunstancias recurrir a un baño de sangre contra el pueblo habría sido una tarea suicida. Se necesitaban otras opciones para contener el vendaval, y esa poderosa razón propulsó la hipocresía política a la escena.
Cuando las cabezas de la intelligentsia «de izquierdas» ofrecieron su colaboración como hombres de Estado, la burguesía liberal, espectadora pasiva de las grandes movilizaciones armadas contra el zar, respiró aliviada. Los llamamientos a la conciliación encontraron un terreno adecuado en esa atmósfera de entusiasmo popular, permitiendo a los arribistas y los oportunistas vender su «unidad revolucionaria» con los capitalistas.

Estos personajes, que llenaban la dirección de los partidos eserista y menchevique,[1] constituían el punto de apoyo más importante para la política de colaboración de clases. Presentada como un santo grial por la izquierda sensata, se conjuraron para arrimar el hombro e impedir que las cosas se salieran de madre. Atrás quedaban las disputas doctrinarias, el pasado anarquista, incluso terrorista, de unos y los orígenes marxistas de los otros. Todos se encontraban sólidamente unidos por el espíritu del socialpatriotismo y por la misma opinión sobre el carácter «burgués» de la Revolución Rusa.
Pero esta última cuestión no estaba tan clara.
El zarismo fue barrido por la huelga general y la insurrección armada, aunque el poder no fue retenido por los protagonistas del levantamiento. Un Gobierno Provisional, integrado en exclusiva por los representantes políticos de la burguesía y los terratenientes, si exceptuamos al socialrevolucionario Kérenski, asumió el poder o, mejor dicho, una parte del poder.
El nuevo Ejecutivo estaba encabezado por el príncipe Lvov y contó como ministro de Asuntos Exteriores con el líder del partido kadete,[2] Pável Miliukov, y con el viejo reaccionario Aleksandr Guchkov en el Ministerio de la Guerra. Eran enemigos obstinados de la revolución, de los trabajadores y de los campesinos, y odiaban todo lo que pudiera oler a socialismo.
Por supuesto, los dirigentes mencheviques y socialrevolucionarios no pusieron ningún impedimento a la constitución de ese Gobierno fraudulento, al que ofrecieron todas las garantías. Eso sí, le instaron a reconocer los derechos que el pueblo armado ya había conquistado en los hechos: libertad de partidos, de prensa, de sindicatos, de huelga, y el «compromiso» de convocatoria inmediata de una Asamblea Constituyente por sufragio universal.
Respecto a la forma y a los organismos institucionales que se pretendían crear no cabía duda de que la Revolución de Febrero era burguesa, pero no bastaba solo con la apariencia externa.
En primer lugar, las masas habían triunfado paralizando la actividad económica y social mediante la huelga y ganando a su causa a los soldados de la guarnición. Esta forma de lograr la libertad quedó grabada en su conciencia: su determinación acabó con el zarismo. En segundo lugar, sin esperar órdenes de arriba, los trabajadores y soldados de la capital se organizaron en sóviets, los órganos de poder obrero que hicieron su aparición durante la Revolución de 1905[3] y a los que el pueblo oprimido reconocía como su auténtico Gobierno.
Este poder dual ponía sobre la mesa contradicciones muy difíciles de conciliar.
Lenin entra en escena
La burguesía ejerce su poder en la sociedad mediante el control de los medios de producción y del aparato del Estado, pero este dominio necesita de otros elementos para asegurar la estabilidad política y neutralizar la lucha de clases por vías diferentes a las de la represión abierta y permanente. Uno de los más importantes es moldear la “opinión pública” recurriendo a los grandes medios de comunicación que posee, a la Iglesia, las universidades, las escuelas y, no menos importante, comprando a los dirigentes de la izquierda política y sindical.
Pensar que la conciencia de millones de hombres y mujeres, sometidos a una brutal explotación y a la maquinaria ideológica del capital, se puede transformar solo con propaganda es ilusorio. Se necesita de grandes acontecimientos y experiencias, de amargas lecciones, para sacudir las falsas certezas.
Las revoluciones pocas veces observan un curso rectilíneo, ni son organizadas siguiendo un plan prefijado, como piensan los doctrinarios. Pero eso no quiere decir que puedan triunfar por generación espontánea. No, las revoluciones necesitan de una dirección consecuente, resuelta y a la altura del desafío. La victoria es una tarea estratégica.
En palabras de Trotsky:
El proletariado solo puede adquirir esa confianza en sus propias fuerzas —indispensable para la revolución— cuando descubre ante él una clara perspectiva, cuando tiene la posibilidad de verificar activamente la relación de fuerzas que cambia a su favor y cuando se siente liderado por una dirección perspicaz, firme y audaz. Esto nos conduce a la condición, última en su enumeración, pero no en su importancia, de la conquista del poder: al partido revolucionario como vanguardia estrechamente unida y templada de la clase.[4]
Respecto a esta última cuestión. La historia del bolchevismo es la de una escuela extraordinaria de debates y controversias, de choques ideológicos que sirvieron para educar a toda una generación de revolucionarios. La imagen de un partido forjado de una sola pieza desde el primer momento no se compadece con la verdad histórica.

En los tiempos que Lenin vivió, que el partido bolchevique tomó el poder, fundó la URSS y la Tercera Internacional, las discrepancias jamás se resolvieron con purgas, fusilamientos ni campos de concentración. Pensar que la vitalidad del bolchevismo provenía de un régimen interno monolítico y autoritario es una falsificación propagada por el estalinismo, un descomunal fraude que el movimiento comunista internacional ha pagado duramente.
En realidad, Lenin tuvo que librar luchas políticas muy intensas en diferentes momentos. Durante 1905, contra los «hombres de comité», los apparátchik, que cargaron contra los sóviets porque no querían someterse a la «línea del partido». Posteriormente a la derrota de la primera revolución polemizó contra los ultraizquierdistas y su rechazo a participar en la Duma. Lo mismo en la guerra imperialista, desnudando la posición pacifista de muchos «marxistas» que renunciaron a combatir el socialpatriotismo.
En un periodo tan turbulento como el año 1917, cuando todas las organizaciones y líderes fueron puestos a prueba, las disputas políticas dentro del bolchevismo volvieron a tomar cuerpo, y de qué manera.
Durante las jornadas revolucionarias de febrero la organización bolchevique en el interior de Rusia se encontraba en condiciones difíciles, con una gran cantidad de cuadros vistiendo el uniforme de soldado y con sus activistas en Petrogrado, Moscú y otras ciudades actuando en la batalla callejera, pero con una orientación política muy confusa.
El Buró del Comité Central de Petrogrado, encabezado por Aleksandr Shliápnikov, Pyotr Zalutsky y Viacheslav Mólotov, se vio superado por la vorágine. Con un enfoque ultimatista, muy parecido al comportamiento que tuvieron los «hombres de comité» de 1905, el primer llamamiento bolchevique a constituir un sóviet en la capital fue realizado el 27 de febrero, una respuesta tardía considerando la convocatoria previa de los mencheviques.
Esa debilidad no fue compensada con la llegada de Stalin, Kámenev y Muránov para hacerse cargo de la dirección del partido en la capital. Más bien al contrario: el sectarismo de los dirigentes anteriores fue reemplazado por una actitud conciliadora que se dejó traslucir en las declaraciones publicadas en el periódico del partido.
El primer editorial escrito por Kámenev para Pravda tenía un rimbombante título, «El Gobierno Provisional y la socialdemocracia revolucionaria»:
Y nosotros, los socialdemócratas revolucionarios, ni siquiera tenemos que decir que, en la medida en que el Gobierno Provisional realmente luche contra los restos del antiguo régimen, en tal medida, recibirá el decidido apoyo del proletariado revolucionario. Siempre y en todas partes, donde el Gobierno Provisional, obediente a la democracia revolucionaria representada en los sóviets de los diputados de trabajadores y soldados, enfrente a la reacción o a la contrarrevolución, el proletariado revolucionario debe estar dispuesto a apoyarlo. Pero este es un apoyo a la causa, no a las personas, un apoyo no a la composición del Gobierno Provisional, sino a las medidas objetivas y revolucionarias que este se ve obligado a tomar y en la medida en que realmente las toma.
Por lo tanto, nuestro apoyo no debe en modo alguno aprisionarnos. Con la misma decisión con la que apoyamos la eliminación final del antiguo régimen y de la monarquía, la implementación de las libertades, etc., criticaremos y expondremos con toda firmeza cualquier incoherencia del Gobierno Provisional, cualquier desviación de la lucha resuelta, cualquier intento de atar las manos del pueblo o de apagar el furioso fuego revolucionario.
En otro artículo publicado en este órgano central el 16 de marzo y titulado «Acerca de la guerra», Stalin insistió en que el lema «¡Abajo la guerra!» era totalmente inadecuado y saludó el manifiesto de los mencheviques y eseristas, publicado el 14 de marzo, con estas palabras:
No podemos dejar de dar la bienvenida al manifiesto de ayer del Sóviet de diputados de trabajadores y de soldados en Petrogrado a los pueblos del mundo entero pidiéndoles que insten a sus propios gobiernos a detener la carnicería. Este manifiesto, si llega a las grandes masas, sin duda hará retornar a cientos y a miles de obreros al olvidado eslogan «¡Proletarios de todos los países, uníos!».[5]
Los dirigentes bolcheviques de la capital se ataban al carro de los conciliadores de manera pública, y con esas manifestaciones de apoyo y confraternización con eseristas y mencheviques, incluso al Gobierno provisional, contagiaban a las diferentes esferas del partido. En el periódico bolchevique de Járkov se podía leer: «hasta que la democracia alemana tome el poder en sus manos, nuestro ejército debe ponerse de pie como una pared de acero armada de pies a cabeza contra el militarismo prusiano». En el de Moscú se repetía lo mismo: «hasta que no se haya logrado la paz, no arrojamos nuestras armas». [6]
Estas voces tenían su contrapunto en otras secciones bolcheviques, como el comité del distrito obrero de Víborg, que reunido el 1 de marzo aprobó una resolución exigiendo «la formación inmediata de un Gobierno revolucionario provisional de los trabajadores y soldados insurgentes, y la proclamación del Sóviet de Petrogrado como Gobierno revolucionario provisional». Una propuesta que sería rechazada tanto por el Buró Ruso del Comité Central del POSDR(b), la dirección en el interior del país, como por el Comité de Petrogrado, alegando «que el peligro más grave para la revolución era todavía la posibilidad de la restauración del zarismo y que, desde el punto de vista objetivo, el Gobierno Provisional estaba ayudando a los trabajadores a destruir el poder zarista».[7]
Alarmado y conmocionado por lo que escribían los dirigentes del partido en Petrogrado y las informaciones que recibía del interior, Lenin, que todavía se encontraba exiliado en Zúrich, se revolvió contra estas posiciones. No podía creer lo que leía.
En pocos días envió a los militantes que volvían a Rusia numerosos telegramas instando a mantener una completa oposición al Gobierno Provisional, a los eseristas y a los mencheviques. En uno, fechado el 6 de marzo, escribía: «Nuestra táctica: desconfianza absoluta, ningún apoyo nuevo Gobierno, sospechemos fundamentalmente de Kérenski, armamento proletariado única garantía, ninguna aproximación otros partidos».[8]
Estos temores de Lenin, completamente fundados, quedaron plasmados en un material de enorme trascendencia, pero al que no se ha prestado suficiente atención: las cinco Cartas desde lejos que remitió a Pravda, y de las que Stalin y Kámenev solo publicaron, mutilada, la primera; las otras cuatro fueron censuradas totalmente y no verían la luz hasta 1924.

En ellas, Lenin advertía al partido contra la deriva de conciliacionismo y ofrecía una reorientación programática y táctica. En este material se percibe ya la fisonomía de sus Tesis de Abril, escritas pocas semanas después.
En la primera carta, del 7 de marzo, entraba de lleno en el quid de la cuestión:
Quien diga que los obreros deben apoyar al nuevo Gobierno en nombre de la lucha contra la reacción zarista traiciona a los trabajadores, traiciona la causa del proletariado, la causa de la paz y la libertad. Porque precisamente este nuevo Gobierno ya está atado de pies y manos por el capital imperialista, por la política imperialista belicista y de rapiña, porque ya ha comenzado a negociar (¡sin consultar al pueblo!) con la dinastía, ya trabaja para restaurar la monarquía zarista, ya auspicia la candidatura de Mijaíl Románov como nuevo reyezuelo, ya está tomando medidas para apuntalar el trono y sustituir la monarquía legítima (legal, basada en la antigua ley) por una monarquía bonapartista, plebiscitaria (basada en un sufragio popular fraudulento).
Si realmente se quiere combatir a la monarquía zarista y asegurar de verdad la libertad —no solo de palabra, no con las promesas simplistas de Miliukov y Kérenski— los obreros no deben apoyar al nuevo Gobierno, ¡es el Gobierno quien debe «apoyar» a los trabajadores! Porque la única garantía de libertad y de destrucción completa del zarismo consiste en armar al proletariado, fortalecer, ampliar y desarrollar el papel, la importancia y el poder del Sóviet de diputados obreros.
Todo lo demás son mentiras y palabrería, ilusiones de políticos del campo liberal y radical, maniobras fraudulentas.
Ayudad al armamento de los obreros —o al menos no lo obstaculicen— y la libertad en Rusia será invencible, nadie podrá restaurar la monarquía y la república estará asegurada.[9]
En la segunda carta, fechada el 9 de marzo, insistía:
El proletariado no puede ni debe apoyar al Gobierno de la guerra y de la restauración. Lo que hace falta para combatir a la reacción, para rechazar todos los posibles y probables intentos de los Románov y sus amigos de restaurar la monarquía y formar un ejército contrarrevolucionario, no es apoyar a Guchkov y compañía, sino organizar, ampliar y fortalecer una milicia proletaria, armar al pueblo bajo la dirección de los obreros.[10]
En la tercera carta, del 11 de marzo, desarrollaba el programa bolchevique partiendo de consideraciones teóricas:
Gracias a su instinto de clase, los obreros se han dado cuenta de que en tiempos revolucionarios necesitan una organización completamente distinta, no solo la habitual, y han emprendido el camino señalado por la experiencia de nuestra Revolución de 1905 y de la Comuna de París de 1871.[11] Han creado el Sóviet de diputados obreros, han comenzado a desarrollarlo, ampliarlo y fortalecerlo, atrayendo a diputados de los soldados y, sin duda, a los diputados de los asalariados rurales y, luego (de una u otra forma), de todos los campesinos pobres (…)
Necesitamos un poder revolucionario, necesitamos (durante un periodo de transición) un Estado. En esto nos distinguimos de los anarquistas. La diferencia entre los marxistas revolucionarios y los anarquistas no solo consiste en que los primeros son partidarios de la gran producción comunista centralizada, y los segundos, de la pequeña producción dispersa. La diferencia en la cuestión del poder, del Estado, consiste en que nosotros estamos a favor de utilizar formas revolucionarias del Estado de manera revolucionaria en la lucha por el socialismo, y los anarquistas están en contra.
Necesitamos un Estado. Pero no el tipo de Estado que la burguesía ha creado en todas partes, desde las monarquías constitucionales hasta las repúblicas más democráticas. Y en esto nos diferenciamos de los oportunistas y kautskianos, de los viejos y decadentes partidos socialistas que han deformado u olvidado las lecciones de la Comuna de París y el análisis que de ellas hicieron Marx y Engels (…)
Necesitamos un Estado, pero no el que necesita la burguesía con órganos de poder en forma de policía, ejército y burocracia (cuerpo de funcionarios) separados y opuestos al pueblo. Todas las revoluciones burguesas se han limitado a perfeccionar esta máquina estatal, a transferir esta máquina de las manos de un partido a las de otro.
El proletariado debe «destruir» —usando la expresión de Marx— esa máquina estatal «ya existente» y sustituirla por otra nueva, fusionando la policía, el ejército y la burocracia con todo el pueblo armado, si quiere salvaguardar los logros de la presente revolución y conquistar la paz, el pan y la libertad. Siguiendo el camino señalado por la experiencia de la Comuna de París de 1871 y de la Revolución rusa de 1905, el proletariado debe organizar y armar a todos los sectores pobres y explotados de la población con el objetivo de que ellos mismos constituyan y tomen directamente en sus manos los órganos del poder estatal.
Los trabajadores de Rusia ya han emprendido ese camino en la primera etapa de la primera revolución, en febrero-marzo de 1917. La tarea ahora es comprender claramente cuál es este nuevo camino, en seguir adelante con valentía, firmeza y perseverancia (…)
Es importante comprender que en tiempos de revolución la situación objetiva cambia tan rápida y bruscamente como la vida misma. Y debemos ser capaces de adaptar nuestras tácticas y tareas inmediatas a las particularidades de cada situación. Hasta febrero de 1917 la tarea era realizar una audaz propaganda revolucionaria e internacionalista, llamar a las masas a luchar, despertarlas. Las jornadas de febrero a marzo exigieron el heroísmo de la lucha abnegada para aplastar al enemigo inmediato: el zarismo. Ahora nos encontramos en un periodo de transición de esta primera etapa de la revolución a la segunda, de «enfrentarnos» con el zarismo a la de «enfrentarnos» con los terratenientes Guchkov y Miliukov y el imperialismo capitalista. La tarea del momento es la organización. No solo en el sentido de trabajar en la formación de organizaciones habituales, sino agrupando a las amplias masas de las clases oprimidas en una organización que asuma las funciones militares, políticas y económicas del Estado.[12]
El pensamiento de Lenin, siguiendo el curso de los acontecimientos desde el exilio en Suiza, ofrecía ya una línea estratégica bastante clara. Pero los argumentos expresados en esas cartas sirvieron de muy poco para modificar la actitud de los dirigentes bolcheviques en Petrogrado.
El 27 de marzo, en Pravda, Stalin expuso indirectamente los motivos de su censura contra Lenin:
El Gobierno Provisional ha asumido, de hecho, la misión de consolidar las conquistas del pueblo revolucionario. El sóviet moviliza las fuerzas, controla al Gobierno Provisional que, tropezando, liándose, asume la tarea de consolidar las conquistas del pueblo, que este último realmente ya ha logrado.[13]

Las Tesis de Abril
La irrupción de Lenin en Rusia a principios del mes de abril trastocaría la situación dentro del partido. Cuando en la noche del 3 llegó a la estación de Finlandia, en el corazón proletario de Víborg, fue recibido por una multitud de obreros y soldados, y por los dirigentes de las diferentes facciones del Sóviet de Petrogrado.
El historiador menchevique de la Revolución, Nikolái Sujánov, describe así lo que ocurrió:
Lenin se burló de la política de «paz» del Sóviet: no, las Comisiones de «enlace» [entre el Gobierno Provisional y el Sóviet] nunca liquidarían una guerra mundial. En general, la democracia soviética, dirigida por Tsereteli, Chjeídze y Steklov, habiendo adoptado el punto de vista del «defensismo revolucionario», era impotente para hacer cualquier cosa por una paz general (…)
El manifiesto del Sóviet se jactaba ante Europa de los éxitos que había logrado; hablaba de la «fuerza revolucionaria de la democracia», de la «libertad política total». Pero ¿qué clase de fuerza era esta, cuando la burguesía imperialista estaba a la cabeza del país? ¿Qué clase de libertad política, cuando no se publicaban los documentos diplomáticos secretos? ¡Qué clase de libertad de expresión, cuando todos los medios de impresión estaban en manos de la burguesía y custodiados por un Gobierno burgués!...
El Sóviet «revolucionario‐defensista», dirigido por oportunistas y socialpatriotas, solo podía ser un instrumento de la burguesía. Para que sirviera como un instrumento de la revolución socialista mundial, todavía debía ser conquistado y hecho proletario en lugar de pequeñoburgués. La fuerza bolchevique era inadecuada para eso ahora. Bueno, ¿y qué? Aprenderían a ser una minoría, a iluminar, a explicar, a persuadir...
Pero ¿con qué metas, con qué programa? (...) «No necesitamos una república parlamentaria, no necesitamos una democracia burguesa, no necesitamos ningún Gobierno excepto los sóviets de diputados obreros, soldados y campesinos».[14]
Lenin no temía decir la verdad, en efecto.
Otros testimonios confirman lo anteriormente descrito, como las memorias del marinero bolchevique Fiódor Raskólnikov. Tras pronunciar su discurso en la estación Finlandia y de varias arengas más en la calle, Lenin se trasladó a la mansión Kshesinskaia, ocupada por los bolcheviques. Raskólnikov recordó así el impacto de sus palabras:
Cuando la lista de oradores se agotó, Ilich inmediatamente volvió a la vida, se puso de pie y comenzó a trabajar. Lenin atacó resueltamente la táctica que los líderes del partido y compañeros individuales habían estado siguiendo antes de su regreso. Cáusticamente ridiculizó la famosa fórmula de apoyo al Gobierno Provisional «en la medida en que...», y levantó la consigna «Ningún apoyo al Gobierno de los capitalistas», al mismo tiempo que llamó al partido a luchar por la toma del poder por los sóviets, por una revolución socialista.
Usando algunos ejemplos destacados, el camarada Lenin demostró brillantemente toda la falsedad de la política del Gobierno Provisional, la contradicción evidente entre sus promesas y sus acciones, entre las palabras y los hechos, haciendo hincapié en que era nuestro deber exponer implacablemente sus pretensiones y su conducta contrarrevolucionaria y antidemocrática. El discurso del camarada Lenin duró casi una hora. El público lo siguió atentamente, con una atención intensa. Los trabajadores más responsables del partido estaban presentes allí, pero incluso para ellos lo que Ilich dijo constituyó una verdadera revelación. Se había cruzado un Rubicón entre las tácticas de ayer y las del presente.
El camarada Lenin planteó clara y nítidamente la pregunta: «¿Qué hay que hacer?», y nos alejó de nuestra antigua posición de semirreconocimiento y semiapoyo al Gobierno Provisional, instándonos a adoptar una política de no reconocimiento y de lucha irreconciliable.
El triunfo del poder soviético, que muchos veían como algo en la distancia nebulosa de un futuro más o menos indefinido, fue colocado por el camarada Lenin en el plano de una conquista urgentemente necesaria de la revolución, que debía alcanzarse en un plazo muy corto.
Este discurso fue histórico en el sentido más amplio. El camarada Lenin expuso en él por primera vez su programa político, que formuló al día siguiente en las famosas tesis del 4 de abril. Este discurso produjo una revolución completa en el pensamiento de los líderes del partido, y sentó las bases para todo el trabajo posterior de los bolcheviques. No fue por casualidad que las tácticas de nuestro partido no siguieron una línea recta, sino que después del regreso de Lenin dieron un giro brusco a la izquierda.
En efecto, el giro a la izquierda se hizo evidente para todos, tanto dentro como fuera del partido. Su crítica implacable a la línea de Pravda la reiteró en esas dos reuniones celebradas en el Palacio de Táurida el 4 de abril, y a las que se refiere Raskólnikov, una solo con bolcheviques y otra conjunta de delegados bolcheviques y mencheviques a la Conferencia de los sóviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia.

Lenin expuso en ambas la esencia de sus Tesis de Abril, redactadas probablemente en el tren que le condujo a Petrogrado:
No podemos permitir la más mínima concesión al defensismo en nuestra posición ante la guerra —explicó Lenin— que sigue siendo imperialista también bajo el nuevo Gobierno. Las masas tienen una visión práctica de las cosas, no teórica. Dicen: «queremos defender la patria, no conquistar las tierras de otros pueblos». ¿Cuándo se puede considerar la guerra como propia? Cuando se renuncia por completo a las anexiones.
Las masas adoptan un enfoque práctico de la cuestión, no teórico. Nuestro error está en abordarlo teóricamente. El proletariado con conciencia de clase puede estar de acuerdo con una guerra revolucionaria, que justifique de verdad el defensismo revolucionario. Pero ante los representantes de la masa de soldados el enfoque práctico es el único posible. No somos pacifistas en ningún sentido. Pero la pregunta principal es ¿qué clase hace la guerra? La clase capitalista, ligada a los bancos, no puede librar otra guerra que no sea imperialista. (…)
Dada la indudable existencia de un estado de ánimo defensista entre las masas, que admiten la guerra solo por necesidad y no por conquista, es preciso explicarles de la manera más minuciosa, perseverante y paciente que sin derrocar al capital es imposible poner fin a la guerra con una paz no impuesta por la violencia. Es necesario extender esta idea por todas partes. Los soldados exigen una respuesta concreta a cómo acabar con la guerra. Pero prometer que podemos ponerle fin con la buena voluntad de las personas es un fraude político. (…)
¿Por qué no se tomó el poder? Steklov dice que por tal o cual motivo. Es absurdo. El hecho es que el proletariado no está lo suficientemente organizado y no tiene la suficiente conciencia de clase. Es preciso reconocerlo. La fuerza material está en manos del proletariado, pero la burguesía se ha mostrado más consciente y mejor preparada. Es un hecho monstruoso, pero hay que admitirlo abierta y francamente, y se debe decir al pueblo que no hemos tomado el poder por falta de organización y de conciencia.
En la intervención habló sobre las tendencias conciliadoras:
Incluso nuestros bolcheviques muestran cierta confianza en el Gobierno. Esto solo puede explicarse por la embriaguez de la revolución. Es la muerte del socialismo. Camaradas, tenéis confianza en el Gobierno. Si es así, nuestros caminos se separan. Prefiero quedarme en minoría. Un Liebknecht vale más que ciento diez defensistas del tipo Steklov y Chjeídze. Si simpatizáis con Liebknecht y tendéis aunque solo sea un dedo a los defensistas será una traición al socialismo internacional. (…)
Pravda exige al Gobierno que renuncie a las anexiones. Exigir a un Gobierno de capitalistas que renuncie a las anexiones es una tontería, una burla flagrante (…) Desde el punto de vista científico esto es un engaño tan burdo (...) Es hora de admitir nuestro error. Basta ya de saludos y resoluciones, es hora de actuar. (…)
Mientras estemos en minoría, continuaremos con la labor de crítica para sacar del engaño a las masas. No queremos que confíen en nuestras palabras. No somos charlatanes. Queremos que las masas superen sus errores a través de la experiencia.
El manifiesto del Sóviet de diputados obreros [saludado y apoyado por Stalin en Pravda] no contiene una sola palabra impregnada de conciencia de clase. ¡Es palabrería! La palabrería, la adulación al pueblo revolucionario es lo que ha arruinado todas las revoluciones. El marxismo nos enseña a no dejarse llevar por la fraseología revolucionaria, sobre todo en los momentos en que su uso está más vigente.[16]
Un verdadero shock se extendió en las filas del partido. Los activistas de base recibieron estas ideas con entusiasmo, mientras las manifestaciones de hostilidad y rechazo se multiplicaron entre una capa de dirigentes.

Así fue como Las Tesis de Abril llegaron a conocimiento de los militantes revolucionarios. Aquel documento, con el subtítulo de Las tareas del proletariado en la revolución actual, fue publicado en el número 26 de Pravda del 7 de abril. Pero la redacción del periódico dejó constancia de que las tesis se publicaban «a título personal de Lenin» y Kámenev redactó una nota en la que afirmaba que ni el periódico ni el Buro de Comité Central del partido concordaban con sus ideas: «nos parecen inaceptables, por cuanto su punto de partida es considerar consumada la revolución democrático-burguesa y prevé la inmediata transformación de esta revolución en revolución socialista».[17]
Las Tesis de Abril, que tanto revuelo habían provocado, sistematizaban las posiciones planteadas anteriormente en las Cartas desde lejos, completadas con la experiencia práctica del mes de marzo. Sus puntos más sobresalientes son estos, citando literalmente el texto:
1. En nuestra actitud ante la guerra es intolerable la más mínima concesión al «defensismo revolucionario», porque bajo el nuevo Gobierno de Lvov y compañía la guerra sigue siendo indudablemente imperialista, de rapiña, debido a la naturaleza capitalista de ese Gobierno.
Dada la indudable honestidad de amplios sectores de defensistas revolucionarios que aceptan la guerra solo como una necesidad, no como un medio de conquista, y en vista de que están siendo engañados por la burguesía, es preciso explicarles su error con particular rigor, perseverancia y paciencia; explicarles la ligazón indisoluble del capital con la guerra imperialista, y demostrarles que sin derrocar al capital es imposible poner fin a la guerra con una paz verdaderamente democrática, una paz no impuesta por la violencia.
Hay que organizar la propaganda más amplia de estas ideas en el ejército combatiente.
Confraternización en el frente.
2. El rasgo específico del momento actual en Rusia consiste en el paso de la primera etapa de la revolución —que ha dado el poder a la burguesía, debido a la insuficiente conciencia de clase y organización del proletariado— a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de los sectores más pobres del campesinado. (…)
3. Ningún apoyo al Gobierno Provisional; explicar la absoluta falsedad de todas sus promesas, en particular las relativas a la renuncia a las anexiones. Desenmascarar a este Gobierno, que es un Gobierno de capitalistas, en vez de crear ilusiones en la «exigencia» inadmisible de que deje de ser imperialista.
4. Reconocer que en la mayoría de los sóviets de diputados obreros nuestro partido está en minoría —por el momento, en una pequeña minoría— frente al bloque de todos los elementos oportunistas y pequeñoburgueses (…) que han cedido a la influencia de la burguesía, extendiéndola entre el proletariado. (…)
Mientras estemos en minoría, continuaremos con la labor de criticar y exponer los errores, propugnando al mismo tiempo la necesidad de que todo el poder del Estado pase a los sóviets de diputados obreros, para que el pueblo corrija sus errores sobre la base de la experiencia.
5. No una república parlamentaria (volver a ella desde los sóviets de diputados obreros sería un paso atrás), sino una república de los sóviets de diputados obreros, jornaleros y campesinos en todo el país, de abajo arriba.
Abolición de la policía, el ejército y la burocracia.
El salario de los funcionarios, todos elegibles y revocables en cualquier momento, no deberá exceder el salario medio de un obrero cualificado.
6. (…) Confiscación de todos los latifundios.
Nacionalización de todas las tierras del país, de las que dispondrán los sóviets locales de diputados jornaleros y campesinos. Creación de sóviets específicos de diputados campesinos pobres. (…)
7. Fusión inmediata de todos los bancos del país en un único banco nacional, bajo el control de los sóviets de diputados obreros.
8. No es nuestra tarea inmediata «implantar» el socialismo, sino establecer la producción social y la distribución de los productos bajo el control de los sóviets de diputados obreros.
9. Tareas del partido:
1- convocatoria inmediata de un congreso;
2- modificación del programa, principalmente:
a) sobre el imperialismo y la guerra imperialista,
b) sobre nuestra posición acerca del Estado y nuestra reivindicación de un «Estado-Comuna»,
c) modificación del programa mínimo, ya anticuado;
3- cambio de denominación del partido.
10. Una nueva Internacional. Iniciativa de constituir una Internacional revolucionaria.[18]
Lenin consiguió que la Conferencia del partido en Petrogrado, reunida el 14 de abril, respaldara sus opiniones, triunfo que se volvería a repetir en la Conferencia Panrusa del Partido Bolchevique que comenzó el 24 de abril; pero en ambas reuniones se registró también una oposición importante.[19]
Sería el propio Lenin quien detallaría todas estas vicisitudes en un folleto revelador. Bajo el título Cartas sobre táctica, descarga sus golpes contra aquellos «viejos bolcheviques» incapaces de orientarse ante una realidad que ya ofrece cambios trascendentales y suministra elementos claros para modificar la posición política.

La primera de estas cartas apareció publicada el 27 de abril, y los delegados a la Conferencia Panrusa la pudieron conocer antes de votar las Tesis, el día 29. Citamos algunos pasajes significativos:
Carta primera. Apreciación del momento actual.
El marxismo nos exige el análisis más exacto y objetivamente verificable de las relaciones de clase y de los rasgos concretos propios de cada momento histórico. Los bolcheviques siempre hemos procurado ser fieles a este requisito, imprescindible si se quiere dar un fundamento científico a la política.
Nuestra teoría no es un dogma, sino «una guía para la acción», decían siempre Marx y Engels[20], ridiculizando con razón la simple memorización y repetición de «fórmulas» que, en el mejor de los casos, solo sirven para trazar las tareas generales, que cambian necesariamente según las condiciones económicas y políticas concretas de cada fase particular del proceso histórico.
¿Cuáles son, entonces, los hechos objetivos exactamente establecidos que deben servir de guía al partido del proletariado revolucionario para determinar las tareas y las formas de su acción?
Ya en mi primera Carta desde lejos («La primera etapa de la primera revolución», publicada en Pravda, números 14 y 15, del 21 y 22 de marzo de 1917) y también en mis Tesis definía «el rasgo específico del momento actual en Rusia» como una fase de transición de la primera etapa de la revolución a la segunda. Por tanto, consideraba que la consigna fundamental, la «tarea del momento», era: «¡Obreros! Habéis hecho milagros de heroísmo proletario y popular en la guerra civil contra el zarismo. Tendréis que hacer milagros de organización del proletariado y de todo el pueblo para preparar su triunfo en la segunda etapa de la revolución» (Pravda, número 15).
¿En qué consiste la primera etapa?
En el paso del poder estatal a manos de la burguesía.
Hasta la Revolución de Febrero de 1917, el poder estatal en Rusia lo detentaba una vieja clase, a saber: la nobleza terrateniente feudal, encabezada por Nicolás Románov. Después de esta revolución, el poder está en manos de otra clase, una clase nueva: la burguesía.
El paso del poder estatal de una clase a otra es el primer rasgo, el principal, de una revolución, tanto en el sentido estrictamente científico como en el sentido político-práctico del término.
Con este criterio, la revolución burguesa o democrático-burguesa en Rusia está terminada.
Llegados a este punto oímos un clamor de protesta de aquellos que gustan llamarse «viejos bolcheviques». ¿Acaso, dicen, no hemos sostenido siempre que la revolución democrático-burguesa solo sería completada por la «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y los campesinos»? ¿Acaso la revolución agraria, también democrático-burguesa, ha terminado? ¿No es, por el contrario, un hecho que ni siquiera ha comenzado?
Esta es mi respuesta. Las consignas e ideas bolcheviques en general han sido confirmadas por la historia, pero en concreto las cosas han sucedido de modo distinto al esperado, son más originales, más peculiares, más variadas.
Olvidar o pasar por alto este hecho significaría parecerse a esos «viejos bolcheviques» que ya, más de una vez, han jugado un lamentable papel en la historia de nuestro partido al repetir fórmulas aprendidas de memoria, en vez de estudiar las peculiaridades de la nueva y viva realidad.
La «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y los campesinos» ya se ha realizado[21] en la revolución rusa, pues esta «fórmula» solo contempla una relación de clases y no una institución política concreta llamada a realizar esta relación, esta colaboración. El «Sóviet de diputados obreros y soldados» es la «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y los campesinos», impuesta ya por la realidad.
Esta fórmula ya está caducada. Los acontecimientos la han trasladado del reino de las fórmulas al de la realidad, haciéndola de carne y hueso, concretándola y, con ello, transformándola.
Nos enfrentamos ahora a una tarea nueva y diferente: escindir dentro de esta dictadura los elementos proletarios (antidefensistas, internacionalistas, «comunistas», partidarios del paso a la comuna) de los pequeños propietarios o pequeñoburgueses (Chjeídze, Tsereteli, Steklov, los socialistas revolucionarios y otros tantos defensistas revolucionarios, que se oponen a tomar el camino de la comuna y son partidarios del «apoyo» a la burguesía y al Gobierno burgués).
Quien hable ahora solo de la «dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y los campesinos» está rezagado. Por esta razón, en la práctica, se ha pasado a la pequeña burguesía en contra de la lucha de clases proletaria, y hay que enviarlo al museo de las curiosidades «bolcheviques» anteriores a la revolución (podría llamarse, el museo de los «viejos bolcheviques»).
La dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y los campesinos ya se ha realizado, pero de un modo muy original y con una serie de modificaciones sumamente importantes. Me ocuparé de ello específicamente en una de mis próximas cartas. Por ahora es necesario comprender la verdad indiscutible de que un marxista debe tener en cuenta la vida real, los hechos exactos de la realidad y no aferrarse a la teoría de ayer que, como toda teoría, en el mejor de los casos, solo traza lo principal y general, solo abarca de un modo aproximado la complejidad de la vida.
«La teoría es gris, amigo mío, pero el árbol de la vida es eternamente verde».[22]
Tratar la cuestión de la «culminación» de la revolución burguesa al viejo estilo es sacrificar el marxismo vivo en aras de la letra muerta.[23]

Se puede comparar el método de Lenin abordando las nuevas tareas planteadas por la revolución, su honestidad reconociendo la caducidad de las viejas fórmulas, con lo que prepararía tiempo después la «cocina ideológica» del estalinismo.
En aquellos momentos no pocos impugnadores de Lenin le acusaron directamente de pasarse a la teoría de la revolución permanente de Trotsky. Obviamente no era difícil ver que las Tesis de Abril suponían una confluencia política entre Lenin y Trotsky en un asunto de capital importancia.
El transcurso de la primera etapa de la revolución confirmaba que ni siquiera las reformas democráticas —la entrega de la tierra al campesinado, el derecho de autodeterminación, las mejoras laborales, una paz sin anexiones…— podían ser resueltas sin el derrocamiento del capitalismo y la toma del poder por parte de la clase obrera al frente de los oprimidos. Y esa era, precisamente, la esencia de la teoría de la revolución permanente que habían defendido tanto León Trotsky como Rosa Luxemburgo.[24]
No solo las Tesis de Abril, todos los artículos, declaraciones del partido y folletos de propaganda que Lenin redactó en 1917 fueron un aldabonazo contra la política de colaboración de clases y frentepopulista de los partidos conciliadores, y de aquellos que la defendieron en las filas bolcheviques.
Esta victoria política de Lenin, que entrañaría consecuencias tan importantes, fue explicada así por León Trotsky:
Lenin halló un punto de apoyo contra los viejos bolcheviques en otro sector del partido, ya templado, pero más lozano y más ligado con las masas. Como sabemos, en la Revolución de Febrero los obreros bolcheviques desempeñaron un papel decisivo. Estos consideraban cosa natural que tomase el poder la clase que había arrancado el triunfo (...) Lo que les faltaba a los obreros revolucionarios para defender sus posiciones eran recursos teóricos, pero estaban dispuestos a acudir al primer llamamiento claro que se les hiciese. Fue hacia ese sector de obreros, formados durante el auge del movimiento en los años 1912 a 1914, hacia el que se orientó Lenin.
Ya a comienzos de la guerra, cuando el Gobierno asestó un duro golpe al partido al destruir la fracción bolchevique de la Duma, Lenin, hablando de la actuación revolucionaria futura, aludía a los «miles de obreros conscientes» educados por el partido, «de los cuales surgirá, a pesar de todas las dificultades, un nuevo núcleo de dirigentes».
Separado de ellos por dos frentes, casi sin contacto alguno, Lenin no les perdió nunca de vista. «La guerra, la cárcel, la deportación, el presidio pueden diezmarlos, pero ese sector obrero es irreductible, se mantiene vivo, alerta, y se halla impregnado de espíritu revolucionario y antichovinista». Lenin vivía mentalmente los acontecimientos al lado de estos obreros bolcheviques, marchaba unido con ellos, sacando las conclusiones necesarias solo que de un modo más amplio y audaz. Para luchar contra la indecisión de la plana mayor y la oficialidad del partido, Lenin se apoyaba confiadamente en los suboficiales, que eran los que mejor expresaban el estado de ánimo del obrero bolchevique.[25]
La publicación de Las Tesis de Abril permitió al partido reorientar sus fuerzas y trazar una línea estratégica que culminó en el gran triunfo de Octubre. No es este el espacio para analizar cómo se logró esa victoria formidable que abrió el mundo a las ideas del bolchevismo. En cualquier caso, si se quiere conocer cómo Lenin registró sus planteamientos en aquel año decisivo, recomendamos la lectura de sus escritos editados por la Fundación Federico Engels.[26]
Una idea más antes de finalizar esta presentación. Las Tesis de Abril, y la dura controversia que provocaron, desmienten completamente esa liturgia de unanimidad, ausencia de polémicas y luchas políticas con la que el estalinismo pretendió pintar al bolchevismo en los tiempos del gran triunfo proletario. Esa construcción imaginaria, si bien era una completa falacia, tenía un fin: justificar la eliminación de la disidencia interna apelando a una tradición inexistente.
Como sabemos, el estalinismo no se detuvo en las expulsiones, pasó al exterminio físico de los elementos críticos. Algo inconcebible en los tiempos en que Lenin se mantuvo al frente, cuando los debates, incluso en los momentos más delicados, constituían el modo de vida del partido y le conferían su fuerza y vitalidad.
Notas:
[1] Los eseristas, llamados así por su acrónimo (SR), eran los miembros del Partido Social-Revolucionario, una organización con una base de masas entre el campesinado surgida de la unificación de diferentes grupos provenientes del populismo, que en el pasado se habían destacado por el heroísmo de sus acciones terroristas contra el zarismo. Sus concepciones eran una amalgama de anarquismo y reformismo. Los mencheviques eran la tendencia reformista y conciliadora de la socialdemocracia rusa. Recibieron su nombre en el II Congreso del POSDR (1903), dado que en las votaciones para elegir el Comité Central quedaron en minoría (menshinstvó), mientras que el ala revolucionaria, encabezada por Lenin, obtuvo la mayoría (bolshinstvó), es decir, bolcheviques.
[2] El Partido Demócrata Constitucionalista, conocido como «kadete» por su acrónimo en ruso (KDT), era el principal partido de la burguesía monárquico-liberal rusa. Aspiraba a un entendimiento con el zarismo y defendía una monarquía constitucional y la propiedad terrateniente. Apoyó la represión zarista contra la Revolución de 1905. Durante la Primera Guerra Mundial respaldó la política imperialista del zar. Después de la Revolución de Febrero desempeñó un importante papel en el Gobierno Provisional burgués. Tras el triunfo de Octubre participó en todas las acciones armadas contrarrevolucionarias y en las campañas militares de los imperialistas. Su principal dirigente fue Miliukov, ministro de Asuntos Exteriores en el primer Gobierno Provisional.
[3] Para un análisis detallado de la primera revolución rusa se puede consultar el libro de Trotsky, 1905. Resultados y perspectivas. Fundación Federico Engels, Madrid, 2005.
[4] León Trotsky, Ibíd., Vol. II, pp. 407, 410 y 413.
[5] Ambas citas de Pravda, en el artículo de Kevin Murphy y Daniel Gaido, De la dictadura democrática a la dictadura del proletariado: El debate en el Partido Bolchevique sobre las Tesis de Abril de Lenin (sinpermiso.info, bit.ly/47GONwn).
[6] K. Murphy y D. Gaido, Ibíd.
[7] Tsuyoshi Hasegawa, The February Revolution, Petrograd, 1917: The End of the Tsarist Regime and the Birth of Dual Power. Historical Materialism Book Series, Vol. 149, pp. 583-584.
[8] Citado en Jean-Jacques Marie, Lenin. Ediciones POSI, Madrid, 2008, p. 141.
[9] Lenin, Primera carta | La primera etapa de la primera revolución
[10] Lenin, Segunda Carta | El nuevo Gobierno y el proletariado
[11] Para un conocimiento más amplio de las posiciones de Marx, Engels y Lenin sobre la Comuna, se puede consultar El cielo por asalto. La Comuna de París. Fundación Federico Engels, Madrid, 2024.
[12] Lenin. Tercera Carta | Acerca de la milicia proletaria
[13] Citado en Jean-Jacques Marie, op. cit., p. 142.
[14] Sujánov, Nikolái N. The Russian Revolution, 1917: A Personal Record. London, New York: Oxford University Press, 2 vols. Vol. I, pp. 281-282.
[15] Raskólnikov, Fiódor. Kronstadt and Petrograd in 1917. New Park Publications, London, 1982, pp. 76-77.
[16] Lenin, Discurso en la reunión de delegados bolcheviques a la Conferencia de los sóviets de diputados obreros y soldados de toda Rusia, 4 de abril de 1917.
[17] K. Murphy y D. Gaido, op. cit.
[18] Lenin, Las Tesis de Abril. Incluido en esta edición
[19] «Lenin parece triunfar en cuanto se refiere a los puntos fundamentales, oponiéndose alternativamente a mayorías de diferente importancia: sobre la cuestión de la guerra consigue, salvo 7 abstenciones, la unanimidad de la conferencia; en la resolución de “iniciar un trabajo prolongado” con el fin de “transferir a los sóviets el poder del Estado” consigue 122 votos a favor, 3 en contra y 8 abstenciones; sin embargo, en la resolución en que se afirma la necesidad de emprender la vía de la revolución socialista, solo reúne 71 de un quorum de 118. En las resoluciones que se refieren al partido es vencido, siendo el único en votar a favor de su moción de abandono del nombre de “socialdemócratas”; a pesar de su advertencia de que la “unidad con los defensistas supondría una traición”, la conferencia acepta la constitución de una comisión mixta de bolcheviques y mencheviques para el estudio de las condiciones de unificación en los términos en que, hacía un mes, había sido defendida por Stalin. A pesar de los viejos bolcheviques, aferrados a antiguos análisis, Lenin ha conseguido “enderezar” al partido; su victoria empero dista mucho de ser total, ya que de los ocho camaradas que, como él, han sido elegidos para formar parte del Comité Central, uno de ellos, Stalin, ha adoptado sus tesis a última hora, cuatro más, Kámenev, Noguín, Miliutin y Fedorov, son miembros de la oposición de viejos bolcheviques y solo Zinóviev, Sverdlov y el jovencísimo Smilga han apoyado a Lenin desde la apertura de la discusión» (Pierre Broué, El Partido Bolchevique, Editorial Ayuso, Madrid, 1973, pp. 117-18).
[20] Carta de F. Engels a F. A. Sorge del 29 de noviembre de 1886.
[21] En cierta forma y hasta cierto grado. (N. del A.)
[22] Lenin cita unas palabras de Mefistófeles de la tragedia Fausto, de Goethe.
[23] Lenin, Cartas sobre táctica
[24] León Trotsky, La revolución permanente, Fundación Federico Engels.
[25] León Trotsky, Historia de la Revolución rusa, Fundación Federico Engels
[26] Lenin, 1917. Escritos en revolución. Fundación Federico Engels, Madrid, 2022. Tres volúmenes.