
La tarea estratégica del próximo periodo —un periodo prerrevolucionario de agitación, propaganda y organización— consiste en superar la contradicción entre la madurez de las condiciones revolucionarias objetivas y la inmadurez del proletariado y su vanguardia (la confusión y desmoralización de la generación madura y la inexperiencia de los jóvenes). Es necesario ayudar a las masas a que en sus luchas cotidianas hallen el puente que una sus reivindicaciones actuales con el programa de la revolución socialista. Este puente debe componerse de un conjunto de reivindicaciones transicionales, surgidas de las condiciones y la conciencia actual de amplios sectores de la clase obrera, y que conduzcan hacia una única conclusión final: la toma del poder por el proletariado.
León Trotsky escribió El programa de transición en 1938 como documento programático para la conferencia fundacional de la Cuarta Internacional, celebrada el 3 de septiembre de ese año en París.
El llamamiento a crear una nueva Internacional había partido de la Oposición de Izquierda Internacional justo después de que Hitler alcanzase el poder en enero de 1933. Aquella derrota histórica del proletariado alemán, el más fuerte y el mejor organizado de toda Europa, puso en evidencia la bancarrota política de la socialdemocracia, sostén de la república de Weimar y de numerosos Gobiernos de coalición con la burguesía, pero también la nefasta estrategia de la dirección del Partido Comunista de Alemania (KPD) dictada por Stalin, y que en aquella coyuntura se concretó en la línea ultraizquierdista del «socialfascismo».
El ascenso del fascismo en Europa
El triunfo de los bolcheviques en octubre de 1917 desató una oleada de levantamientos e insurrecciones obreras en Alemania, Italia, Hungría, Francia, los Balcanes… y permitió la constitución de la Internacional Comunista como una fuerza revolucionaria de masas. Pero el fracaso de todas estas intentonas por la acción combinada de la socialdemocracia gubernamental y la intervención militar de la burguesía, y también por los errores políticos de los jóvenes partidos comunistas, creó un panorama muy complicado.
La URSS, que sufrió una agresión imperialista despiadada durante los años de guerra civil, se vio sometida a un largo periodo de penuria económica y aislamiento. La base material y las relaciones internas en la sociedad soviética derivadas de aquellos acontecimientos no eran favorables para construir el socialismo.
El fracaso de la revolución europea tampoco significó una recuperación vigorosa del orden capitalista. Por el contrario, la crisis irrumpió nuevamente en Alemania y otros países, y alcanzó su grado máximo con el crac de 1929. Fue en este periodo de revolución y contrarrevolución cuando el fascismo europeo, en sus diferentes variantes, conquistó posiciones decisivas hasta hacerse con el poder en naciones clave.

El primer lugar fue Italia, donde Mussolini y su partido fascista se hicieron con el control del Estado gracias al respaldo de la burguesía industrial y los terratenientes, el apoyo activo de la derecha conservadora y la monarquía y los graves errores de los socialistas del momento. Trotsky analizó así aquella victoria:
«El fascismo italiano ha surgido directamente del levantamiento del proletariado italiano, traicionado por los reformistas. Después del final de la guerra, el movimiento revolucionario en Italia continuó acentuándose y, en septiembre de 1920, desembocó en la toma de las fábricas y los talleres por los obreros. La dictadura del proletariado era una realidad, solo faltaba organizarla y ser consecuente hasta el final. La socialdemocracia tuvo miedo y dio marcha atrás. Después de esfuerzos audaces y heroicos, el proletariado se encontró ante el vacío. El hundimiento del movimiento revolucionario fue la condición previa más importante del crecimiento del fascismo (…)
«A decir verdad, después de la catástrofe de septiembre, el proletariado era todavía capaz de llevar a cabo luchas defensivas. Pero la socialdemocracia solo tenía una preocupación: retirar a los obreros de la batalla al precio de continuas concesiones. Los socialdemócratas confiaban en que una actitud sumisa por parte de los obreros dirigiría a la “opinión pública” burguesa contra los fascistas. Además, los reformistas contaban incluso con la ayuda del rey Víctor Manuel. Hasta el último momento disuadieron con todas sus fuerzas a los obreros de luchar contra las bandas de Mussolini. Pero todo esto no sirvió para nada.
«Siguiendo a la capa superior de la burguesía, la corona se puso del lado de los fascistas. Al llegar a convencerse en el último momento de que era imposible detener al fascismo por medio de la docilidad, los socialdemócratas llamaron a los obreros a la huelga general. Pero este llamamiento fue un fiasco. Los reformistas habían regado durante tanto tiempo la pólvora, temiendo que se incendiase, que, cuando por fin acercaron con mano temblorosa una cerilla encendida, la pólvora no prendió.
«Dos años después de su aparición, el fascismo estaba en el poder. Reforzó sus posiciones gracias al hecho de que los dos primeros años de su dominación coincidieron con una coyuntura económica favorable, que siguió a la depresión de los años 1921-1922.
«Los fascistas utilizaron la fuerza ofensiva de la pequeña burguesía contra el proletariado que estaba retrocediendo. Pero esto no se produjo inmediatamente. Una vez instalado en el poder, Mussolini avanzó por su camino con cierta prudencia: no tenía todavía un modelo preparado. En los dos primeros años ni siquiera fue modificada la constitución. El gobierno fascista era una coalición. Las bandas fascistas, durante este período, manejaban el bastón, el cuchillo y el revólver. Solo progresivamente fue creándose el Estado fascista, lo que implicó el estrangulamiento total de todas las organizaciones de masas independientes» (León Trotsky, ¿Y ahora? Problemas vitales del proletariado alemán, enero de 1932).
Después de Italia el turno recayó sobre Alemania. La República de Weimar —nacida de la traición de la socialdemocracia (SPD), del aplastamiento de revolución de los consejos obreros de 1918-19 y los asesinatos de Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y de miles de comunistas—, no logró estabilizar la sociedad alemana, atenazada por el saqueo imperialista del Tratado de Versalles y la ofensiva del capital nacional.
Numerosas intentonas golpistas de la reacción fracasaron por la determinación de las huelgas obreras, y nuevas crisis revolucionarias estallaron atizadas por la hiperinflación y el desempleo, que se extendió entre millones de trabajadores. El empobrecimiento y la ruina también se apoderaron de una parte significativa de las capas medias, que dieron un bandazo violento a la derecha y formaron detrás de las banderas del nazismo. En una sociedad en descomposición, la demagogia anticomunista, racista y populista de Hitler consiguió penetrar considerablemente entre ellas y en el lumpemproletariado que poblaba las ciudades.
En las elecciones de septiembre de 1930, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) obtuvo 8.577.700 votos, el Partido Comunista (KPD) 4.592.100 y el partido nazi (NSDAP) 6.409.600. Si el KPD incrementó su apoyo respecto a las elecciones de 1928 en un 40%, los nazis lo hicieron en un 700%. La crisis política y económica del capitalismo alemán pudrió las bases de la democracia parlamentaria acelerando la salida hitleriana:
«El régimen fascista —escribió Trotsky— ve llegar su turno porque los medios “normales” militares y policiales de la dictadura burguesa, con su cobertura parlamentaria, no son suficientes para mantener a la sociedad en equilibrio. A través de los agentes del fascismo, el capital pone en movimiento a las masas de la pequeña burguesía irritada y a las bandas del lumpemproletariado, desclasadas y desmoralizadas, a todos esos innumerables seres humanos, a los que el capital financiero ha empujado a la rabia, a la desesperación.
«La burguesía exige al fascismo un trabajo completo: puesto que ha aceptado los métodos de la guerra civil, quiere lograr calma para varios años (...) la victoria del fascismo conduce a que el capital financiero coja directamente en sus tenazas de acero todos los órganos e instrumentos de dominación, dirección y de educación: el aparato del Estado con el ejército, los municipios, las escuelas, las universidades, la prensa, las organizaciones sindicales, las cooperativas (...) y demanda, sobre cualquier otra cosa, el aplastamiento de las organizaciones obreras» (León Trotsky, ¿Y ahora? Problemas vitales del proletariado alemán).
En las elecciones de noviembre de 1932 los nazis lograron la increíble cifra de 11.737.000 votos, aunque todavía la suma de lo logrado por el SPD, 7.248.000 votos, y por el KPD, 5.980.000, superaba al partido de Hitler. Pero estos resultados confirmaban que el respaldo de millones en las urnas no vale de mucho si no se cuenta con una política revolucionaria consecuente.
En enero de 1933, Hitler fue nombrado canciller y la burguesía le dio luz verde para aplicar su programa. El nazismo se hizo con el control del Estado utilizando la institucionalidad «democrática» de la República de Weimar. No necesitó de un golpe militar para imponer su dictadura.
Mientras que el SPD aceptaba la victoria nazi como resultado inapelable de la «legalidad electoral» y advertía a sus militantes de abstenerse de ninguna acción de protesta, los líderes estalinistas alemanes, atrincherados en la teoría sectaria del socialfascismo y aconsejados desde Moscú, seguían sin reconocer la gravedad de la situación contentándose con afirmar que el triunfo fascista sería el preludio de la victoria comunista.
No hubo lucha armada a pesar de que el SPD y el KPD contaban con milicias que encuadraban a medio millón de obreros. Los dirigentes socialistas y estalinistas paralizaron políticamente al proletariado alemán, el más fuerte de Europa, y los nazis completaron el trabajo aniquilando las organizaciones obreras. En febrero de 1933, Hitler disolvió el Reichstag después de incendiarlo y culpar a los comunistas, suspendió todas las garantías constitucionales, ilegalizó el KPD y encarceló a miles de sus militantes. La dictadura se consolidó, apoyándose en la mecánica parlamentaria de la república de Weimar.

En el caso del Estado español las cosas fueron diferentes. El Gobierno del Bienio Negro entre 1933 y 1935 intentó llevar a cabo un golpe de Estado totalitario desde la legalidad republicana. Pero las aspiraciones de Gil Robles, el líder de la CEDA, de convertirse en el Mussolini hispano se vieron frustradas por el movimiento revolucionario de Octubre de 1934. La acción del proletariado asturiano fue decisiva para impedir un escenario semejante al de Alemania o Italia. Y esto convenció a la burguesía, a los terratenientes y a la Iglesia, de que la única opción para contener la revolución era el golpe militar.
Poco después, el 18 de julio de 1936, el general Franco y la inmensa mayoría de los mandos que integraban el Estado Mayor del Ejército —designados por los gobernantes republicanos a pesar de conocer perfectamente sus inclinaciones fascistas— se sublevaron. Pero no tuvieron el éxito esperado y fracasaron en las principales ciudades: la clase obrera y los campesinos se armaron para frenar el fascismo iniciando la revolución socialista por todo el territorio republicano.
El proletariado español no solo disputó el poder a la oligarquía industrial y terrateniente, amenazaba directamente a las potencias fascistas europeas y puso en cuestión los intereses imperialistas de las burguesías francesa, británica y estadounidense. Estas últimas dejaron muy claro que, antes de una revolución obrera como en la Rusia de 1917, apoyarían a Franco.
El generoso respaldo militar y financiero desde la Alemania nazi y la Italia fascista, la traición de las potencias capitalistas «democráticas» con su «No intervención» y la estrategia frentepopulista de los sucesivos Gobiernos republicanos saboteando la revolución social en marcha fueron claves para aplastar a los obreros en armas e instaurar la dictadura de Franco.
Tras casi una década de depresión económica, paro masivo y crisis revolucionarias fracasadas, el ascenso del fascismo preparaba una nueva carnicería imperialista.
Es importante señalar que amplios sectores de las burguesías francesa, británica y estadounidense miraban con admiración a Hitler y Mussolini. Las alabanzas de Winston Churchill hacia el jefe del fascio italiano o los elogios de los grandes capitalistas norteamericanos al régimen nazi no eran anécdotas.
Las clases dominantes de las «democracias parlamentarias» querían conservar en sus manos la baza de la dictadura fascista por miedo a una crisis revolucionaria. Pero al mismo tiempo que la tensión se agudizaba en su interior, el conflicto interimperialista se recrudecía también. Alemania, convertida en una potencia industrial de primer orden, se preparaba para rediseñar el orden mundial vigente desde el siglo XIX y hacerse con una gran parte de los inmensos imperios coloniales de Francia y Gran Bretaña. En su órbita se situaban Italia, Japón —la potencia ascendente en el Oriente asiático— y otros pequeños países del Este de Europa.
Las burguesías estadounidense y británica entendieron a fuerza de bombazos la amenaza que representaba Hitler para sus intereses. Igual que ocurrió en 1914, el mundo era un botín demasiado pequeño y no existía reparto capaz de satisfacer a ambos grupos de bandidos. La Segunda Guerra Mundial irrumpió en la escena con una nueva carnicería de millones de trabajadores, provocando un holocausto judío terrible y destruyendo masivamente las fuerzas productivas. La URSS, a pesar de los intentos desesperados de Stalin, no puedo escapar a la matanza y fue víctima de la agresión militar nazi en junio de 1941.

Reagrupando las fuerzas en una coyuntura muy desfavorable
La experiencia histórica de los años treinta, que no podemos analizar en profundidad en el espacio limitado de esta introducción, confirmó el nefasto papel de los dirigentes socialdemócratas. Actuando como abogados «democráticos» del capital, su defensa incondicional de la institucionalidad burguesa, de su Estado, y su completa renuncia a la revolución, allanó el camino a la peste parda. Desgraciadamente, la traición socialdemócrata no se compensó a su izquierda.
El sectarismo de la Internacional Comunista (IC) bajo el control de Stalin, que impidió levantar un frente único antifascista y ganar a millones de obreros socialistas desplegando una estrategia revolucionaria para tomar el poder, sembró la desmoralización y la parálisis en Alemania.
Después del triunfo de Hitler se cometieron errores aún más graves. El ultraizquierdismo no fue rectificado con una vuelta al programa del leninismo. En un nuevo giro de 180 grados, los dirigentes estalinistas de la IC pasaron del «socialfascismo» a la política menchevique de los Frentes Populares, es decir, a la colaboración directa con la burguesía, supuestamente «progresista», para frenar al fascismo.
En estos años de ascenso contrarrevolucionario, las fuerzas del genuino leninismo sufrieron una persecución salvaje. Desde finales de la década de los veinte, la burocracia estalinista se lanzó a una purga de miles de militantes del PCUS que enfrentaron la deriva de la cúpula dirigente, purga que se replicó en los partidos comunistas de todo el mundo. Pero la persecución no se detuvo, todo lo contrario, se amplió afectando incluso a los que se habían mantenido fieles a las primeras decisiones de Stalin. Finalmente, la represión interna dio un salto de cantidad y calidad: los juicios farsa de Moscú entre 1936 y 1938 culminaron en la masacre de toda una generación de comunistas, empezando por la vieja guardia leninista que protagonizó la Revolución de Octubre.
La Oposición de Izquierda del PCUS liderada por León Trotsky quedó prácticamente aniquilada. Miles de oposicionistas perecieron fusilados o muertos por las condiciones inhumanas de su reclusión en los campos de concentración de Vorkutá y Kolimá, en el círculo polar ártico.
Tras la expulsión de Trotsky de la URSS en 1929, la Oposición de Izquierda logró estructurarse como una corriente política internacional con secciones en países de Europa, en los EEUU, en China y América Latina. Tras el triunfo del nazismo alemán —una catástrofe política comparable a la traición de la socialdemocracia durante la Primera Guerra Mundial—, adoptó el nombre de Liga Comunista Internacional (LCI) y realizó un llamamiento para la fundación de una nueva Internacional revolucionaria, la Cuarta.
En el contexto político que hemos descrito, marcado por las derrotas y la traición de las direcciones obreras, las fuerzas limitadas de la LCI estaban sometidas a una represión implacable tanto por las potencias imperialistas y fascistas como por el estalinismo.
Tras años de intensos debates, de polémicas internas e intentos de acercamientos a otras corrientes comunistas contrarias al estalinismo, la conferencia fundacional de la Cuarta Internacional se reunió el 3 de agosto de 1938 en una casona a las afueras de París. En aquella histórica cita participaron 26 delegados representando a 11 secciones nacionales de las 26 con las que contaba la LCI, y aunque estaba prevista una extensa agenda de discusiones, la conferencia solo pudo celebrarse ese día.
El hostigamiento de la policía francesa y de los provocadores estalinistas hacía muy complicadas las medidas de seguridad. El principal organizador de este congreso, Rudolf Klement, había sido asesinado en París por un comando estalinista en el mes de julio, lo mismo que otros dos miembros destacados del Secretariado Internacional de la Liga: Erwin Wolf, secuestrado en 1937 por la GPU en España, y León Sedov, hijo de Trotsky y principal dirigente en Europa, cuya vida fue segada en febrero de 1938.

Un programa de lucha para construir el partido de la revolución
Este es el contexto histórico en que León Trotsky escribió El programa de transición con el objetivo de armar ideológicamente a sus partidarios, pero también a una vanguardia obrera claramente desorientada y en muchos casos desmoralizada por las graves derrotas sufridas.
En este importante documento, que previamente fue discutido en México con los dirigentes estadounidenses del Socialist Workers Party (SWP), Trotsky retoma el método de los grandes maestros del socialismo científico. Al fin y al cabo, El Manifiesto Comunista escrito por Marx y Engels en 1840, o el Proyecto de Plataforma del partido proletario. Las tareas del proletariado en nuestra revolución, redactado por Lenin en mayo de 1917, se enfocan de manera similar: analizando las tendencias fundamentales de un momento trascendental, exponiendo el programa del marxismo en coordenadas de espacio y tiempo y planteando consignas y demandas transitorias para el triunfo del socialismo.
Para ayudar a superar el aislamiento de las fuerzas revolucionarias, combatir la política de colaboración de clases de los socialdemócratas y estalinistas y construir un puente hacia los trabajadores más conscientes después de los duros golpes recibidos tras el triunfo del fascismo, Trotsky insiste en ideas que la experiencia histórica ha confirmado, empezando por señalar el fracaso de la socialdemocracia y su diferenciación entre programa mínimo y programa máximo.
Tanto en el terreno de las reformas que jamás llegan —porque «toda reivindicación importante del proletariado, y hasta las exigencias de la pequeña burguesía, desbordan los límites de la propiedad capitalista y el Estado burgués» — como en lo referido a la lucha por el socialismo —objetivo abandonado y traicionado hacía décadas por los jefes reformistas, y en todo caso reservado para los discursos de las grandes ocasiones—, la estrategia socialdemócrata ha confirmado su completa bancarrota.
Partiendo de que la tarea de los comunistas no es salvar el capitalismo sino derribarlo, la esencia de El programa de transición es ofrecer un conjunto de reivindicaciones y consignas para la lucha cotidiana frente a cuestiones vitales, como el paro masivo y la carestía de la vida, la reducción de la jornada laboral y la escala móvil de precios-salarios, el control obrero… y hacerlo como un medio para impulsar la organización revolucionaria de las amplias masas obreras:
«Si el capitalismo se muestra incapaz de satisfacer las exigencias que surgen de las calamidades que él mismo ha generado, dejémoslo perecer. La “posibilidad” o “imposibilidad” de realizar estas reivindicaciones depende en este momento de la relación de fuerzas y es una cuestión que solo puede resolverse con la lucha. Solo la lucha, con independencia de sus resultados concretos inmediatos, puede hacer que los trabajadores lleguen a comprender la necesidad de liquidar la esclavitud capitalista» (León Trotsky, El programa de transición).
El documento rechaza las políticas sectarias y ultraizquierdistas que aíslan a la vanguardia obrera del movimiento de masas, y a las tendencias oportunistas de esa «nueva izquierda» que, como consecuencia de la degeneración del estalinismo, califican el marxismo como una «pieza de museo» teórica incapaz de ofrecer soluciones «realistas» a los grandes problemas de la Historia.
Trotsky defiende el marxismo revolucionario para entender la realidad y elaborar una estrategia que prepare la victoria frente a la barbarie capitalista. Confiar solo en nuestras propias fuerzas, defender cada consigna como un medio para hacer avanzar la conciencia política de los trabajadores, y la mayor flexibilidad organizativa y táctica para dar cabida a las capas más jóvenes, más inexpertas sí, pero también más explotadas y sin la carga de las experiencias negativas de la generación anterior.
Trotsky confía en la juventud obrera y en su intervención para la regeneración de las fuerzas del comunismo internacional:
«Cuando un programa o una organización se agotan, también se agota con ellos la generación que lo cargó sobre sus hombros. Son los jóvenes, libres de responsabilidades por el pasado, quienes revitalizan el movimiento. La Cuarta Internacional dedica especial atención a la joven generación proletaria. Toda su política se dirige a hacer que los jóvenes confíen en sus propias fuerzas y en el futuro. Tan solo el fresco entusiasmo y el espíritu de combate de la juventud pueden garantizar los primeros éxitos en la lucha; y solo esos éxitos pueden volver a atraer a los mejores elementos de la vieja generación al camino de la revolución. Así ha sido siempre y así será».
Pero si tenemos que señalar un hilo conductor que define El programa de transición este es, sin duda, la construcción de una dirección revolucionaria:
«Toda la palabrería acerca de que las condiciones históricas para el socialismo no han “madurado” aún, son producto de la ignorancia o la mala fe. Las condiciones objetivas para la revolución proletaria no solo han “madurado”, sino que han empezado a pudrirse. Sin una revolución socialista en el próximo periodo histórico, toda la civilización humana se verá amenazada por una catástrofe. Es la hora del proletariado, es decir, ante todo de su vanguardia revolucionaria. La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de su dirección revolucionaria».

El programa de transición es una guía para la acción, y como cualquier obra del marxismo está escrita en un contexto determinado y cada consigna está formulada para unas tareas determinadas. Lo impactante de este texto, más allá del hecho de que buena parte de sus reivindicaciones se pueden defender hoy sin cambiar una coma, es el método que utiliza. Se basa en la valiosa experiencia del movimiento obrero, en la política y la acción de Lenin y los bolcheviques en la Revolución rusa, y en las aportaciones de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista.
Su actualidad es innegable por otras consideraciones. Vivimos una época con rasgos muy semejantes al periodo turbulento que Trotsky aborda: la sacudida global tras la Gran Recesión de 2008 y la agenda neoliberal impuesta durante décadas no ha desembocado en una fase de mayor equidad y estabilidad en la gobernanza capitalista. Todo lo contrario. El equilibrio interno del sistema se ha roto, y el viejo orden mundial bajo la batuta de EEUU hace aguas.
La crisis del parlamentarismo, la desigualdad y el empobrecimiento, la privatización masiva de los servicios públicos y la liquidación del estado del bienestar, conviven con una concentración obscena de la riqueza en manos de un puñado de grandes monopolios, bancos y multimillonarios. La lucha despiadada por los mercados, las materias primas y las áreas de importancia geoestratégicas entre los dos grandes bloques imperialistas son una realidad incuestionable. Las contradicciones no han dejado de crecer, y el intento de resolverlas mediante guerras atroces está en el orden del día.
Para asegurar esta forma de acumulación capitalista se necesita atacar con saña los derechos democráticos con leyes bonapartistas y autoritarias. Este proceso, que en su base material refleja la decadencia orgánica del sistema, en la superestructura se manifiesta en el crecimiento de los aparatos represivos a una escala desconocida en décadas, en la criminalización de la protesta social y, por supuesto, en el ascenso de la extrema derecha neofascista.
Los paralelismos actuales con el periodo en que Trotsky escribe son evidentes, incluyendo también la bancarrota de las direcciones del movimiento obrero, de los grandes sindicatos y de la socialdemocracia. Pero hay una diferencia fundamental con el momento en que El programa de transición fue concebido: la clase obrera mundial no ha soportado ninguna derrota comparable a la de los años treinta. La vitalidad y la fuerza del movimiento se están manifestando una y otra vez en huelgas masivas y movilizaciones multitudinarias contra la extrema derecha en EEUU, contra el genocidio sionista en Gaza, la guerra imperialista y el rearme, y en levantamientos que, aunque no han culminado en la toma del poder, sí demuestran las enormes posibilidades objetivas para la revolución socialista.
Muchas veces los comentaristas burgueses se han referido a Trotsky como un «soñador» o un «utópico», que vivía en un mundo de ilusiones revolucionarias. Como cualquiera puede comprobar leyendo su obra, esas opiniones carecen de fundamento.
En El programa de transición nos encontramos con un revolucionario que tiene sus pies firmemente asentados en la tierra. Trotsky mira de frente al panorama de horrores que se abren ante la humanidad en 1938 y plantea un conjunto de medidas para movilizar a la clase obrera y dirigirla hacia la victoria.
En nuestros días, la construcción un partido genuinamente revolucionario sigue siendo la primera tarea para cambiar el mundo de base y conjurar la barbarie que ya se ha instalado en el horizonte más inmediato. Para esto la buena voluntad no es suficiente. Hace falta comprender la realidad y actuar sobre ella con firmeza revolucionaria, por supuesto, pero también con un programa y una organización que nos acerquen a las puertas de nuestro objetivo final: la toma del poder por la clase trabajadora y la construcción de una sociedad socialista sin opresión de ningún tipo.
Los dos textos que incluimos en esta edición, El programa de transición. La agonía del capitalismo y las tareas de la Cuarta Internacional y el Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial, son una parte
destacada del arsenal teórico del socialismo científico. Estamos seguros de que la nueva generación de militantes revolucionarios los apreciará como se merecen.