Crítica de libros

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La Fundación Federico Engels reedita, agrupándolas en un solo volumen, cuatro obras fundamentales de Paul Lafargue: El derecho a la pereza, La jornada laboral de 8 horas, ¿Por qué cree en Dios la burguesía? y La caridad cristiana.

Socialista francés nacido en 1842 en Cuba, en sus años de estudiante de Medicina en París Lafargue participó activamente en los movimientos de oposición a Napoleón III y en 1865 se vio obligado a exiliarse en Inglaterra. Allí conoció a Karl Marx y se unió al movimiento socialista. Tres años después de su llegada a Londres, Lafargue se casó con Laura Marx y durante más de 43 años dedicaron su vida a la causa de la emancipación de la clase obrera.

Responsable de seguir las actividades de la Primera Internacional en el Estado español entre 1866 y 1868, en 1871 tomó parte en la Comuna de París y, tras su derrota, se exilió en Madrid trabajando estrechamente con el comité de redacción del periódico La Emancipación, integrado por Pablo Iglesias y otros futuros fundadores del PSOE y la UGT. Desde Madrid participó activamente en el debate de la Internacional entre Marx y Bakunin, defendiendo las posiciones marxistas y la necesidad de la lucha política y del partido obrero.

En 1872 asistió como delegado al congreso de La Haya de la Primera Internacional, donde se produjo la ruptura definitiva entre marxistas y anarquistas. A finales de esa década retomó nuevamente el contacto con el movimiento socialista francés y en 1880 participa en la elaboración de los documentos del congreso de Le Havre del Partido Obrero francés, del que desde 1882 será su teórico más respeta­do. Lafargue será también el primer diputado socialista francés. A ca­ballo entre los siglos XIX y XX, combatió las posturas reformistas de Jean Jaurès y sus partidarios, defendiendo firmemente las ideas del marxismo revolucionario.

Cuando estaban cerca de cumplir los 70 años, constatando que sus fuerzas físicas e intelectuales se agotaban y para evitar convertirse en una carga para sus allegados, Paul Lafargue y Laura Marx decidieron poner fin a sus vidas. Su carta de despedida termina con estas palabras: «Muero con la alegría suprema de tener la certeza de que, en un futuro próximo, la causa por la que he luchado durante 45 años triunfará. ¡Viva el comunismo! ¡Viva el socialismo internacional!».

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La más conocida de las obras de Lafargue es, con gran diferencia, El derecho a la pereza, cuya versión definitiva ultimó en 1883, durante los seis meses que estuvo encarcelado en la prisión de Sainte-Pélagie.

Escrita en un tono satírico, esta obra desmonta las supuestas virtudes de la dedicación en cuerpo y alma al trabajo, que con tanto ardor predica la ideología burguesa, y reclama el derecho al pleno disfrute de los dones que la vida pone a nuestra disposición. Demostrando un profundo conocimiento de la obra económica de Marx, especialmente de El Capital, Lafargue explica, en un lenguaje sencillo y cargado de ironía, el mecanismo de la acumulación capitalista, que exige al obrero jornadas interminables de trabajo y que acaba desembocando en crisis de sobreproducción y en la extensión de la pobreza. La contradicción, cada vez más aguda, entre el enorme potencial que ofrece el desarrollo de las fuerzas productivas para asegurar una vida satisfactoria para todos y las limitaciones impuestas por la propiedad privada de los medios de producción, que exigen la subordinación de todo tipo de trabajo a la obtención del máximo beneficio para el capitalista, queda expuesta en toda su crudeza.

No podrá extrañar al lector que desde el momento mismo de su publicación El derecho a la pereza tuviese una acogida entusiasta y que fuese traducido a múltiples idiomas y reeditado numerosas veces. La perspectiva de una sociedad sin explotadores ni explotados, donde el conjunto de la sociedad disfrutase en igualdad y libertad de los bienes necesario para vivir plenamente, siempre ha inspirado el ansia de liberación de los oprimidos.

La jornada laboral de ocho horas, un artículo escrito en 1882 y publicado por partes en tres números del periódico socialista L’Égalité, fundado por el propio Lafargue y por Jules Guesde, nos presenta de forma sintética los argumentos utilizados por el movimiento obrero de la época en su lucha por la imposición de un límite legal a la jornada de trabajo, cuya duración dependía, en aquel tiempo, de la vo­luntad del capitalista que podía extenderla a su conveniencia.

Lafargue dedicó numerosos escritos al combate ideológico contra el pensamiento religioso y contra la Iglesia católica, bastión de la más sombría reacción y soporte fundamental del orden establecido. Aquí ofrecemos dos de ellos: ¿Por qué cree en Dios la burguesía? y La caridad cristiana. El primero es, en realidad, un capítulo de una obra más amplia que empezó a ser editada por separado a raíz de la lucha ideológica contra la Iglesia Católica desencadenada por la publicación de la encíclica papal Rerum novarum, un ataque frontal contra el marxismo y el pensamiento materialista en general. El segundo texto desmitifica la supuesta bondad del cristianismo, tanto moderno como primitivo.

Lafargue explica cómo la burguesía, la clase dominante de la sociedad, usa la religión en beneficio propio, presentando la injusticia social como un designio divino inevitable, ante el que los explotados deben resignarse.

Pero este papel político de la religión no es algo del pasado. Al contrario, la crisis del capitalismo está haciendo resurgir toda esta vieja letanía de sumisión y oprobio.

En el momento álgido de las grandes movilizaciones sociales desencadenadas a raíz de la crisis capitalista en 2008, uno de los obis­pos españoles, tras calificar de inmorales los sueldos blindados de los altos ejecutivos y de escandalosos los beneficios de los bancos, declaró: «No se trata solamente de mirar hacia arriba, pensando que la situación presente es solo responsabilidad de quienes han llevado las riendas de la economía. Estamos ante un pecado del que todos hemos sido cómplices. (...) Salir de esta situación va a suponer una catarsis muy grande. (...) Las políticas de ahorro se nos imponen de forma imperiosa y pecan de hipocresía quienes se resisten a reconocer esta realidad. La situación requiere de un sacrificio colectivo para su sanación». El obispo no defraudó y, conforme a las mejores tradiciones de la Iglesia católica, echó a los ricos una mano haciendo también a los pobres responsables de la crisis «por haber vivido por encima de sus posibilidades». Todos hemos pecado y debemos aceptar la penitencia.

También recientemente, en medio de la crisis del coronavirus, cuando más de 800.000 trabajadores perdieron de forma fulminante sus puestos de trabajo, varios millones más se vieron incluidos en ERTE y en los barrios de muchas ciudades se formaban las ­llamadas «colas del hambre», la Conferencia Episcopal Española tuvo la desfa­chatez de posicionarse en contra de una renta mínima para las personas necesitadas, no fuera a ser que ese ingreso «retirase del horizonte de las personas el poder ejercer un trabajo, el desarrollar tus capacidades, el poner en juego lo que el trabajo significa de relación con otros».

Con la publicación de estos dos textos de Paul Lafargue queremos ayudar a demostrar que la religión no está al margen de la lucha de clases, sino que es un instrumento ideológico de la dominación de la burguesía. Una buena forma de contribuir a la difusión de un ateísmo militante y revolucionario.

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