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Si el socialismo, internacional, revolucionario, no se mantiene firme, inquebrantable e intransigente para la clase obrera y para las masas explotadas y oprimidas de todas las tierras, entonces no representa a ninguna y su afirmación es una falsa pretensión y su profesión una ilusión y una trampa.

Carta de Eugene V. Debs1 a George Brewer, 1910.

Al igual que en otros periodos de crisis económica y de gran polarización social y política, estamos asistiendo a una maniobra de gran envergadura por parte de la clase dominante para azuzar los prejuicios nacionales, de género y de raza con el fin estratégico de dividir a la clase trabajadora.

Esta ofensiva, que es liderada por organizaciones reaccionarias, populistas y de extrema derecha, se apoya sin embargo en la legislación y las medidas políticas que durante años se han consensuado entre las formaciones tradicionales de la derecha conservadora y la socialdemocracia. En Europa y en todo el mundo, el discurso oficial y las leyes contra los inmigrantes, en todas sus variantes conocidas, cumple una doble función: introduce el virus de la xenofobia ligado a la competencia que los inmigrantes supuestamente provocan sobre los empleos y los “escasos” recursos públicos y asistenciales; por otro lado, permite aumentar la sobreexplotación del conjunto de la clase obrera que, gracias a la pasividad y la falta de respuesta de las direcciones sindicales burocratizadas, se extiende como una lacra.

¿Nos roban el trabajo?

Uno de los argumentos más utilizados no solo por la derecha y la reacción, sino también por una parte importante de dirigentes reformistas de la izquierda en todo el mundo, es que “los que vienen de fuera nos roban el trabajo” o “amenazan nuestros derechos laborales y salariales”. Cínica y conscientemente se pretende culpar del alto nivel de paro y de la precariedad del empleo a nuestros hermanos de clase inmigrantes, echando arena sobre los ojos de los trabajadores y protegiendo al verdadero responsable: el “libre mercado” capitalista y las instituciones políticas que lo protegen.

Es casi una perogrullada tener que recordar que son precisamente los terratenientes —que en países como el Estado español siguen parasitando la propiedad de la tierra— y  los empresarios (grandes, medianos y pequeños) ligados al sector agroalimentario, la construcción y la hostelería especialmente, los que aprovechándose del alto nivel de desempleo recurren a la brutal explotación de una mano de obra inmigrante, vulnerable, desesperada y sin derechos, para disparar su tasa de ganancia.

Defender a este sector de la clase obrera para que logre plenos derechos sociales, económicos y políticos se ha convertido en una tarea fallida para la izquierda política y sindical que acepta las reglas del sistema. A pesar de los discursos oficiales y los sermones bienintencionados, la socialdemocracia y las nuevas formaciones de la izquierda reformista surgida en estos años, se han plegado constantemente a las presiones de la burguesía. Su incapacidad orgánica para levantar un frente de lucha consecuente contra el racismo y la xenofobia, ha quedado demostrada.

Crisis migratoria sin precedentes

En los últimos años el funcionamiento criminal del sistema capitalista ha provocado una crisis de refugiados sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial. La recesión económica, las políticas de recortes y austeridad, la destrucción medioambiental y el cambio climático, el saqueo de materias primas, las guerras e intervenciones imperialistas que han reducido a escombros numerosos países… Todos estos factores han obligado a millones de personas de diferentes territorios del mundo a desplazarse a otras regiones para poder sobrevivir.

Es difícil conocer las cifras reales de este fenómeno, aunque existe un acuerdo general entre los estudios más rigurosos de que no son menos de 250 millones los migrantes internacionales que en estos momentos se han desplazado a un país diferente al de su nacimiento. Estos datos excluyen a los que se mueven a otras regiones dentro de su mismo país. Por otro lado, las cifras de muertos en el éxodo migratorio se cuentan anualmente por decenas de miles, aunque no existen ni existirán, por razones obvias, estadísticas oficiales.

Dos de las rutas más peligrosas y por las que más migrantes pasan son el Mar Mediterráneo y la frontera entre México y EEUU. Centenares de miles de centroamericanos provenientes de Honduras, Guatemala, Nicaragua y El Salvador, que huyen de la pobreza, el narcotráfico y la violencia han tratado de cruzar la frontera hacia EEUU. Miles han muerto en el intento tratando de atravesar el Río ­Bravo para sortear la frontera y escapar a los controles. Pero los que logran alcanzar el otro lado tampoco tienen nada asegurado: en su mayoría son apresados y encerrados en centros de detención en condiciones inhumanas, los menores son separados de sus padres o familiares, y la mayor parte finalmente es deportada.

Los migrantes que tratan de llegar a Europa a través del Mar Mediterráneo lo tienen aún más difícil. Esta es la ruta más transitada y una de las que más vidas se cobra. Cifras oficiales que, ni mucho menos son fiables, señalan que solo en 2018 murieron ahogados en él 2.300 personas.

Durante décadas, la propaganda de la burguesía y la socialdemocracia nos ha presentado a los países del norte y centro de Europa como el ejemplo de un capitalismo modélico, capaz de garantizar el progreso y donde los derechos humanos y sociales estaban asegurados para todos y todas. Pero con el estallido de la crisis económica y el horror que las potencias occidentales han generado en Oriente Medio y el norte de África, la UE ha desvelado su auténtica naturaleza.

Los Gobiernos europeos han tejido una operación mediática a gran escala y aprobado numerosas leyes para “enfrentar” la lucha contra el terrorismo yihadista. Pero en realidad han sido estos mismos Gobiernos los que han financiado y armado en abundancia a regímenes (Turquía, Arabia Saudí…) que amparan a estos grupos, como en el caso del Estado Islámico (EI), con el fin de proteger los intereses de las multinacionales europeas y occidentales en la región.2

La Unión Europea no solo ha alimentado la masacre y la barbarie en los países de origen de los refugiados sino que, además, cuando miles de personas se han visto obligadas a abandonar sus territorios para escapar de ese horror, ha respondido con el cierre de sus fronteras y desde el año 2012 ha dado una nueva vuelta de tuerca en su política hacia los inmigrantes y refugiados. En este marco se han creado cerca de 420 centros de detención en territorio europeo y numerosos campos de refugiados que en poco se diferencian de campos de concentración.

El más poblado de Europa es el campo de Moria, en la isla de Lesbos, a tan sólo 24 kilómetros de Turquía. A pesar de que sus instalaciones están concebidas para 2.800 personas ahora alberga a unas 15.000, entre ellos 1.100 menores que están completamente solos. Las condiciones en este campo son infrahumanas: hay una ducha por cada 506 personas y un retrete por cada 210; cientos caen enfermos por el hambre, el frío y la suciedad y, mientras las marañas burocráticas les impiden salir de la isla, son custodiados por un muro y verjas coronadas con concertinas.

Una situación igual de degradante se repite en los CIEs del Estado español y en numerosos campos de refugiados situados en otros países europeos. Otras medidas muestran las graves violaciones a los derechos de los inmigrantes y refugiados. Dinamarca aprobó la confiscación de bienes y recursos a partir de los 1.400 euros y el endurecimiento de las condiciones para el reagrupamiento familiar, obligando a los refugiados a esperar un plazo de tres años para poder traer a su familia. Legislaciones semejantes han sido aprobadas en Austria, Alemania, Polonia, Hungría y muchos otros. 

Mientras se aplican estas políticas y se dice que no hay dinero para mantener a los refugiados, la UE entrega miles de millones de euros a los Gobiernos de Turquía y Marruecos para que hagan de guardias fronterizos de Europa. En el caso de Turquía se firmó un acuerdo por 3.000 millones de euros que permite enviar a este país a miles de refugiados que han logrado cruzar las fronteras europeas, para que el régimen dictatorial de Erdogan los mantenga retenidos o los devuelva a sus países de origen. Y en la misma línea va el acuerdo alcanzado entre el Estado español (bajo mandato del Gobierno de Pedro Sánchez) y Marruecos, que ha permitido aumentar las devoluciones en caliente negando cualquier derecho a los refugiados.

Estos miles de millones de euros que podrían dedicarse a asegurar condiciones dignas a los migrantes y a ofrecerles una alternativa de vida, se están dedicando a financiar regímenes donde los derechos humanos brillan por su ausencia y donde cientos de miles de personas son retenidos en condiciones lamentables en el mejor de los casos, y en el peor recibiendo palizas, abusos sexuales e incluso la muerte. Los acuerdos de la UE con el Estado libio o, mejor dicho, con una de las fracciones de señores de la guerra que se disputan el control del país, por citar otro ejemplo, solo ha servido para poner en evidencia el sistema de esclavitud y muerte al que son sometidos miles de seres humanos con la complicidad de la democrática Europa.

La UE también ha dado un paso al frente en su esfuerzo por disuadir cualquier gesto humanitario que pueda poner en entredicho y desnudar su política racista y criminal. En los últimos años han cargado penalmente contra las personas y organizaciones que tratan de rescatar a los migrantes en el mar, en su mayoría ONGs ya que los gobiernos están dejando morir a miles de personas ahogadas. En junio de 2019 la capitana del Sea Wach 3 fue detenida por trasladar al puerto de Lampedusa a 40 inmigrantes que habían sido rescatados frente a la costa de Libia y que llevaban 17 días en la embarcación. En el Estado español el supuesto Gobierno progresista del PSOE amenazó a los responsables del buque Open Arms con posibles multas de hasta 901.000 euros si continuaban realizando rescates, y durante días también bloquearon el desembarco de migrantes en un puerto seguro. Casos menos llamativos y mediáticos que estos dos llenarían páginas.

El auge de la extrema derecha y el discurso xenófobo

Son precisamente estas medidas xenófobas, represivas y criminales por parte de la burguesía europea —apoyadas por la socialdemocracia de estos países— las que permiten el avance de la extrema derecha.

Los obreros inmigrantes no solo han sido utilizados como factor económico de primer orden para llenar los bolsillos de los capitalistas, sino también como factor ideológico de división entre obreros nativos y foráneos. La emigración ha jugado —en la acumulación de capital— un papel clave para mantener un ejército de reserva y presionar negativamente sobre los salarios, asegurando una masa de fuerza de trabajo dispuesta a trabajar en cualquier momento y bajo cualquier condición debido a la desesperación y la falta de derechos. Pero con el estallido de la Gran Recesión en 2008,  el nivel de paro aumentó drásticamente y ese ejército de reserva se amplió significativamente, abarcando también a amplias capas de trabajadores autóctonos en cada país, por lo que la burguesía ya no necesita un nivel de inmigración tan elevado para cubrir los trabajos peor remunerados y en condiciones más precarias.

Pese a que en los últimos años el número de inmigrantes que tratan de llegar al continente europeo se ha reducido, las formaciones reaccionarias de derechas, en todas sus variantes, han utilizado la crisis para azuzar el miedo y los prejuicios nacionalistas entre la clase trabajadora.

En este nuevo periodo histórico se han producido grandes cambios políticos y sociales que han dado lugar a la formación de Gobiernos reaccionarios y nacionalistas en numerosos países como EEUU, Brasil, Hungría, Italia…, y a su avance en otros muchos como Francia, Alemania o el Estado español. El estallido de la recesión  ha empujado a duros conflictos entre las potencias imperialistas, la adopción de medidas proteccionistas (nacionalismo económico) y el recrudecimiento de la guerra comercial —especialmente entre EEUU y China—, ayudando a germinar el chovinismo nacional.

La crisis global del capitalismo y la estrategia de la burguesía a la hora de afrontarla han provocado un enorme crecimiento del desempleo y la destrucción de los derechos sociales y laborales que han empobrecido a amplias capas de la clase trabajadora y de la pequeña burguesía, alimentando la polarización social. Las políticas antiobreras de la socialdemocracia tradicional han demostrado nuevamente que estas organizaciones son las mejores defensoras de la burguesía y de su sistema. Y las traiciones de las organizaciones a la izquierda de la socialdemocracia, como Syriza, que capituló completamente frente a la Troika y sus políticas de austeridad, frustraron las expectativas de cambio de las masas.

Las organizaciones ultraderechistas aprovechan esta crisis del reformismo utilizando los prejuicios reaccionarios, anteriormente introducidos y normalizados, para conectar con la desesperación de sectores de la población que no encuentran una alternativa a la crisis del sistema. Se basan en sectores de las clases medias golpeados por la crisis y en capas atrasadas de la clase obrera especialmente desmovilizadas y desmoralizadas.

La burguesía siempre ha alimentado el racismo, la opresión de la mujer y la opresión nacional. Pero en este contexto de crisis y polarización social, con el sistema cuestionado por millones de jóvenes y trabajadores en lucha, y con el parlamentarismo burgués y su entramado institucional sufriendo un descrédito creciente,  los capitalistas necesitan más que nunca mantener dividida a la clase trabajadora y desviar la atención de la cuestión de fondo: que nuestros explotadores son los mismos.

Por eso no dudan en utilizar el discurso del odio racial y nacional y alimentar el miedo, para evitar que se repitan escenas como la oleada de movilizaciones en solidaridad con los refugiados que se desarrolló en Europa. Tampoco dudan en utilizar a la extrema derecha y a las bandas fascistas para elevar el tono del discurso racista, machista y nacionalista, aunque eso suponga eliminar el barniz democrático con el que envuelven sus instituciones. Por eso no es de extrañar que estas bandas campen a sus anchas y que las agresiones de estos grupos a refugiados y centros de acogida queden completamente impunes.

Los principios socialistas y el programa antirracista

El debate sobre la inmigración y el racismo afecta de lleno a las organizaciones obreras y al conjunto de la izquierda. Las tendencias reformistas y oportunistas no hacen más que hacerse eco de las presiones ideológicas de la burguesía, renuncian a enfrentar la campaña de la reacción con un programa de clase y adaptan su programa a los prejuicios de las capas más atrasadas de la clase obrera. Por contra, los marxistas revolucionarios nos apoyarnos en los sectores más avanzados de nuestra clase para combatir esos prejuicios racistas, explicando que la inmigración no es la causa del desempleo y los bajos salarios sino que es el propio funcionamiento del sistema capitalista el que provoca esta situación para aumentar así la tasa de plusvalía.

Pero este debate no es nuevo. Son muchas las ocasiones en las que el movimiento obrero y socialista ha tenido que enfrentar la cuestión de la inmigración y desde el principio siempre afloraron dos tendencias: una posición de clase consecuente e internacionalista y otra reformista que amplificaba en el seno de las organizaciones obreras las posturas de la burguesía imperialista. El ejemplo del congreso de la Segunda Internacional celebrado en Stuttgart en agosto de 1907 es bastante ilustrativo.

En este congreso los oportunistas de derechas, que lideraban los partidos socialistas de las naciones imperialistas, se escudaron en el supuesto atraso político e incapacidad para organizarse de determinadas razas para oponerse a la inmigración, especialmente de trabajadores asiáticos. “Los trabajadores blancos entrantes se organizan rápidamente y no lastran las condiciones de los australianos. El Partido Laborista de Australia, por lo tanto, desea excluir a ciertos trabajadores de los que no se espera que adopten las condiciones de los blancos. Esto quiere decir los asiáticos.[…] Por supuesto, todos queremos una hermandad general de los pueblos, pero hasta que logremos esto debemos cuidar a los trabajadores de nuestro propio país, para que no se ofrezcan a los capitalistas sin resistencia”. Esto alegaba Trömer, delegado del Partido Laborista Australiano.

El representante de los Estados Unidos, Hillquit, intervino en una línea semejante: “Los capitalistas importan tales fuerzas de trabajo que por naturaleza deben ser más baratas y, en general, sirven como rompehuelgas involuntarias, y son una competencia peligrosa para los trabajadores nativos. Hoy en día estas plantillas son chinas y japonesas, la raza amarilla en general. No tenemos absolutamente ningún prejuicio racial contra los chinos, pero debemos afirmar que son completamente inorganizables”. Otro sector de la derecha en el congreso solo quería poner límites a las deportaciones, proponiendo la siguiente enmienda: “Regulación de la expulsión de extranjeros, que no debe ser ordenada por razones políticas y tampoco por medios administrativos, sino solo por orden judicial”.

Amparándose en el supuesto interés de hacer avanzar la lucha de clases, abogaban por negar derechos a un grupo esencial de trabajadores. En este sentido, los delegados estadounidenses y australianos aceptaban y reproducían las ideas y los prejuicios de la clase dominante y destruían cualquier principio de solidaridad internacional. Pero el ala izquierda se opuso firmemente a estos argumentos, entre ellos los delegados del Partido Socialista Laborista de América (dirigido por Daniel DeLeon) y los delegados italianos. La posición del ala izquierda se refleja muy bien en este fragmento de la respuesta de los italianos: “Uno no puede luchar contra los migrantes, solo contra los abusos que surgen de la emigración. El partido italiano y los sindicatos son siempre conscientes de esto. Estamos en contra de los controles sobre la migración, porque sabemos que el látigo del hambre que se agrieta detrás de los migrantes es más fuerte que cualquier ley hecha por los Gobiernos”.

Finalmente el congreso adoptó una resolución oponiéndose a cualquier tipo de control sobre la inmigración y en favor de equiparar los derechos de los trabajadores migrantes a los de los trabajadores del país receptor. Sin embargo, este debate no estaba zanjado y así lo advirtió Karl Liebknecht durante el congreso del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) un mes después del de Stutt­gart y en referencia a este: “¡Abajo la espada de Damocles de la deportación! Esta es la primera condición para que los extranjeros dejen de ser predestinados a reducir los salarios y romper las huelgas. Las discusiones con la cuestión de la migración es un capítulo glorioso del Congreso Internacional. El problema, sin embargo, aún no se ha decidido. La Resolución de Stuttgart es solo un primer paso...”.

Efectivamente, como Liebknecht planteó, la lucha en defensa de los principios del marxismo y de la solidaridad internacional en este terreno aún se estaba desarrollando dentro de la Internacional y estaba lejos de haber concluido. Durante el congreso del Partido Socialista de América celebrado en Chicago en mayo de 1910, el ala de derechas del partido se opuso de nuevo a la inmigración asiática. Este fragmento de la carta que escribió Eugene V. Debs —secretario general del partido— para que fuera leída en el congreso en respuesta a esas posiciones reaccionarias sintetiza la postura consecuente del socialismo internacionalista:

“Si el socialismo, internacional, revolucionario no se mantiene firme, inquebrantable e intransigente para la clase obrera y para las masas explotadas y oprimidas de todas las tierras, entonces no representa a ninguna y su afirmación es una falsa pretensión y su profesión una ilusión y una trampa.

“Dejemos que nos abandonen por negarnos a cerrar la puerta internacional en los rostros de sus propios hermanos; no seremos más débiles con su marcha sino más fuertes, ya que evidentemente no tienen una concepción clara de la solidaridad internacional, carecen totalmente del espíritu revolucionario y no tienen un lugar adecuado en el movimiento socialista mientras se entretengan con nociones aristocráticas de su auto asumida superioridad.

“Mantengámonos firmes en nuestros principios revolucionarios, de la clase trabajadora y hagamos nuestra lucha abierta e intransigente contra todos nuestros enemigos, sin adoptar tácticas cobardes y sin tener falsas esperanzas y nuestro movimiento inspirará la fe, despertará el espíritu y desarrollará la fibra que prevalecerá contra el mundo”.

Es realmente llamativo que estos mismos debates golpeen ahora, en pleno siglo XXI, a las organizaciones de la izquierda. Porque no es solo la socialdemocracia internacional, entregada de lleno a la política migratoria de la burguesía imperialista, la que ha capitulado. Las nuevas formaciones de la izquierda reformista también están cediendo vergonzosamente en esta cuestión a los prejuicios reaccionarios y a las presiones políticas e ideológicas de la clase dominante.

En Die Linke, la corriente dirigida por Oskar Lafontaine y Sahra Wagenknecht, Aufstehen (En pie), aboga a favor de los mismos planteamientos defendidos por el ala de derechas en el Congreso de Stutt­gart. Lafontaine ha declarado sin rubor que para frenar el crecimiento de AfD (Alternativa por Alemania, extrema derecha nacionalista) es necesario reforzar los controles migratorios: “El Estado debe decidir a quién acoge. Es la base de su orden (…) A cualquiera que cruce la frontera ilegalmente se le debe ofrecer retornar voluntariamente. Si no lo acepta, solo queda la deportación”. Por su parte, Wagenknecht ha criticado la “apertura incontrolada de fronteras”, la “cultura de la bienvenida sin límites” y ha señalado la necesidad de repensar el “derecho de hospitalidad” hacia determinados inmigrantes. En el manifiesto fundacional de la plataforma se puede leer: “la política de asilo ha provocado una inseguridad adicional (…) Muchos ven en la inmigración sobre todo una mayor competición por los trabajos mal pagados”.3

Con este programa solo se tenderá una alfombra roja para el avance de la extrema derecha en Alemania y en toda Europa.

Fronteras abiertas y controles migratorios. Una posición marxista

Hay que reconocer que la política que han mantenido también las nuevas organizaciones de la izquierda reformista —como Tsipras y Syriza en Grecia o Podemos en el Estado español— no ha supuesto tomar medidas decisivas para cambiar el actual estado de cosas, a pesar de haber gobernado un país europeo clave o ayuntamientos con una población inmigrante muy numerosa.

Incluso organizaciones que se declaran marxistas han encallado en esta cuestión, considerando que la supuesta “baja conciencia” de los trabajadores implica que no se puede defender una política contraria a los controles migratorios o a favor de fronteras abiertas, ya que los trabajadores lo verían como una amenaza a sus empleos, salarios y condiciones de vida. Esta es una posición aún más lamentable, ya que la tarea de las organizaciones revolucionarias es precisamente luchar contra los prejuicios y la propaganda capitalista, no adaptar el programa a los mismos.

Lo que estas organizaciones no ven es que, aunque la inmigración forzada bajo el sistema capitalista es un proceso traumático y trágico para quién se ve obligado a hacerlo, ha desempeñado y desempeña un papel históricamente progresivo. Lenin ya planteó en su artículo Capitalismo y la inmigración de trabajadores,  escrito en  1913, este carácter progresista: “No cabe duda de que la pobreza obliga a la gente a abandonar su tierra natal y que los capitalistas explotan a los trabajadores inmigrantes de la manera más desvergonzada. Pero solo los reaccionarios pueden cerrar los ojos ante el significado progresivo de esta migración moderna de las naciones. La emancipación del yugo del capital es imposible sin el desarrollo posterior del capitalismo y sin la lucha de clases que se basa en él. Y es en esta lucha que el capitalismo está atrayendo a las masas de los trabajadores de todo el mundo, rompiendo los hábitos de la vida local, rompiendo las barreras y prejuicios nacionales, uniendo a los trabajadores de todos los países en enormes fábricas y minas en América, Alemania y más allá”.

Los capitalistas no son contrarios a la inmigración; muy al contrario, es una necesidad y a la vez consecuencia del surgimiento y del desarrollo desigual del capitalismo. EEUU y Europa se configuraron a base de oleadas de inmigrantes. Más de cinco millones de británicos emigraron a EEUU, Australia y Canadá. A finales del siglo XIX y principios del XX más de tres millones de españoles emigraron a América, y después se sumaron los exiliados de la guerra civil. Después de la Segunda Guerra Mundial, españoles, griegos, italianos, portugueses, turcos, etc., ­emigraron a la Alemania Federal, Bélgica, Suiza, ­Francia y Holanda, contribuyendo al gran desarrollo industrial y económico de esos países. Sin la fuerza de trabajo extranjera la expansión del capitalismo europeo y de EEUU hubiera sido imposible.

Es habitual que la burguesía y sus portavoces, en una situación de crisis económica, recurran al inmigrante como chivo expiatorio al que cargar la culpa de todos los males del capitalismo: el paro, la pobreza, etc. Pero la burguesía, como norma general, nunca se ha opuesto a la inmigración, sino que se opone a que los trabajadores extranjeros tengan las mismas condiciones y derechos laborales, salariales y sociales que los trabajadores nativos porque entonces ya no son rentables.

Los marxistas nos posicionamos radicalmente en contra de los controles migratorios que impone la clase dominante y de su demagogia reaccionaria contra los refugiados y los inmigrantes —cuando ellos son los responsables de la opresión y las guerras imperialistas—; de su concepto de frontera que niega la libre circulación de los trabajadores que buscan una vida mejor (y los envía a una muerte segura en el Mediterráneo o en la frontera sur de EEUU) pero están a favor de la libre circulación de capitales y de la concesión de la nacionalidad automática a los ricos que llevan sus fortunas a las grandes metrópolis. Los únicos que no pueden circular libremente en el mundo son los pobres.

No son las “fronteras abiertas” lo que amenaza el empleo, los salarios o las condiciones de vida de los trabajadores nativos, sino las políticas capitalistas, de recortes y austeridad que aplican todos los Gobiernos que aceptan la lógica del sistema, desde los conservadores a los socialdemócratas. Este es el énfasis que los marxis­tas debemos poner para combatir el racismo y unir a los trabajadores y los oprimidos por encima de cualquier división nacional o de raza.

La obligación de las organizaciones de la izquierda y los sindicatos, lejos de respal­dar los controles de inmigración que —como la experiencia demuestra— no sirven para defender las condiciones de los obreros nacionales, debe ser combatir cualquier política que criminalice o restrinja los derechos de los inmigrantes, defendiendo la concesión de permisos de residencia independientemente de que tengan o no empleo e integrar a los trabajadores extranjeros en las organizaciones obreras. Esta es la única manera de vincular fraternalmente a trabajadores nativos y extranjeros y unirlos en la lucha por la transformación socialista de la sociedad.

La lucha contra el racismo y la xenofobia implica la lucha por el socialismo

Los recursos para proporcionar una vida digna para todos los habitantes del mundo existen pero se concentran en las ­garras de un puñado de multimillonarios y grandes capitalistas.

Los dirigentes reformistas de la izquierda política y sindical, con su política de paz social, su colaboración de clases y su capitulación ideológica, alimentan el racismo y dan alas a la extrema derecha. En lugar de emprender una lucha de masas contra los prejuicios racistas y defender una vida digna para todas las personas, independientemente de su origen; en lugar de explicar que ni los controles de fronteras, ni los muros y concertinas, ni las deportaciones o “devoluciones en caliente”, ni las leyes de extranjería o el endurecimiento de las políticas de asilo van a terminar con las políticas de austeridad, con los recortes sociales ni los ataques a los derechos democráticos que estamos sufriendo, se hacen eco en esencia del discurso de la derecha y utilizan los mismos métodos que esta, tratando a los inmigrantes como criminales peligrosos.

Esto no es casualidad. Estos dirigentes y organizaciones se han convertido en garantes del orden establecido y aceptan las reglas del juego capitalista renunciando a la lucha por su derrocamiento. Por tanto, tienen que aceptar sus consecuencias. En este terreno es donde mejor se aprecia la utopía reaccionaria que supone defender un “capitalismo de rostro humano”.

Pero las y los trabajadores y jóvenes que luchamos contra el paro, la explotación laboral, los recortes en educación, sanidad, servicios sociales o por no retroceder en nuestros derechos democráticos, sabemos muy bien que los inmigrantes no son los responsables de la privatización de los servicios públicos, del empleo basura, de los rescates a la banca ni mucho menos de las guerras imperialistas o el expolio que provoca el éxodo de millones de personas en el mundo.

La respuesta solidaria que se levantó en toda Europa en solidaridad con los refugiados, frente a los discursos xenófobos y las políticas criminales que los condenaban a la miseria y la muerte, las movilizaciones de miles jóvenes, trabajadores y trabajadoras en Alemania o en el Estado español que exigían la apertura de las fronteras y el fin de los campos de concentración donde se les retiene, las concentraciones exigiendo el cierre de los CIEs o el fin de la criminalización de los voluntarios que rescatan vidas en el mar… ha sido la respuesta de los sectores más avanzados de la población y ese es el camino a seguir.

Necesitamos pelear conjuntamente con nuestros hermanos de clase para asegurar los derechos democráticos de todas las personas, para acabar con las leyes antiinmigración y las leyes que los criminalizan. Necesitamos levantar un programa socialista que combata los ataques, los recortes y la precariedad, un programa que expropie a los grandes capitalistas para poner bajo el control de los trabajadores, nativos y extranjeros, toda la riqueza y que asegure una vida digna para todos y todas.

En este periodo decisivo para la lucha de clases internacional, no podemos hacer ninguna concesión a las tendencias reformistas y oportunistas en el movimiento obrero y juvenil. Defender una política internacionalista que unifique a los trabajadores de todo el mundo en la batalla por la transformación socialista de la sociedad es vital para asegurar la victoria sobre este sistema criminal. Como escribió Karl Marx en El Manifiesto Comunista: “Proletarios del mundo, uníos”.

Notas

  1. Eugene Victor Debs (1855-1926). Dirigente indiscutible del movimiento socialista en los EEUU, y fundador de la American Railway Union (ARU) y de los Industrial Workers of the World (IWW). Fue cinco veces candidato del Partido Socialista de América para presidente de los Estados Unidos. Encarcelado en numerosas ocasiones por su actividad sindical y por su oposición a la Primera Guerra Mundial.
  2. La guerra se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos junto con las drogas y la prostitución, y el Estado español es uno de los mayores beneficiarios de este negocio, siendo uno de los principales exportadores de armas de la UE. Solo en 2015 vendió a Arabia Saudí 556.664.815 euros en armamento y otros 170.363.324 euros a Turquía.
  3. Ver el artículo de Miriam Municio El avance de la extrema derecha y cómo combatirla, en MARXISMO HOY nº 27, enero de 2019.

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